lunes, 23 de noviembre de 2015

¿A cómo estamos?

El Museo del Calendario en Querétaro.
Cada vez que en clase de español alguien preguntaba ¿a cómo estamos? la maestra de mi secundaria de apellido Chavez casi de inmediato replicaba,  a dos por uno y luego aclaraba que la forma correcta para preguntar era ¿cuál es la fecha del día de hoy? Pues sí, en cada salón hacía falta un calendario no sólo para conocer la fecha, también para planear futuras labores o conocer al santo que se celebraba cada día. Inclusive hoy que tenemos relojes, computadores y teléfonos que dan la hora con precisión y tienen los días  y meses de muchos años, los calendarios siguen siendo de gran utilidad en el hogar, el taller, la oficina y también la escuela. Desde haces miles de años el calendario se convirtió en un elemento indispensable y de gran utilidad en toda sociedad compleja; muy importante en la agricultura, la planeación política o económica, la ritualística y las festividades. Toda gran civilización tuvo que desarrollar uno y los hay muy variados alrededor del mundo.
Los calendarios impresos en pequeños libros y a la venta del público existen desde la época colonial, pero fue hasta el siglo XIX que se empezaron a imprimir en grandes hojas e ilustrarse con muy diversos motivos, el calendario artístico o de pared, que se convertiría en el siglo XX en un objeto no sólo de gran utilidad, también en algo deseado y a veces muy hermoso. A medida que el siglo avanzaba y la publicidad se desarrollaba, el calendario de pared se convirtió en un magnífico vehículo para promover todo tipo de establecimientos o productos. En México la llamada época de oro del calendario inició en los años treinta y se prolongó por casi tres décadas. La calidad y variedad de las ilustraciones creció, y entre todos destacaron aquellas con temas costumbristas o nacionalistas. El más conocido de los pintores de calendario fue sin duda Jesús Helguera y sus múltiples obras son el arquetipo del género.  Cada mes de enero, las tiendas de abarrotes, farmacias, tlapalerías, papelerías y todo tipo de establecimientos comerciales, entregaban a su clientela estos calendarios, que como en todo, se producían en muy diversos tamaños y calidades. Todo cliente que obtuviera un calendario de lujo con una obra de Helguera, sin duda pensaba que el año iniciaba maravillosamente. El éxito de ciertas pinturas era tal, que muchas personas enmarcaban el cromo al final del año para seguir gozando de su belleza por muchos años más.




Personas de más de sesenta años de edad son aquellas que conocieron y recuerdan esas magníficas pinturas de calendario, la fotografía a color desplazó a la pintura en los calendarios de pared y la época de oro terminó. La obra de Helguera se ha seguido reproduciendo aquí y allá, pero la mayoría de las personas no conocen este tan gustado género. Lo mejor del pasado no se pierde del todo, sobrevive y puede ser conocido por las nuevas generaciones en libros o museos. La época de oro del calendario y sus magníficas pinturas pueden ser conocidas y apreciadas en el nuevo Museo del Calendario o Mucal.  El museo se encuentra en la ciudad de Querétaro, en el número 91 de la calle de Madero, a unos cuantos metros del Jardín Guerrero. Este magnífico recinto cultural abrió sus puertas apenas en mayo del 2015 y pronto deberá convertirse en uno de los principales atractivos de la ya muy visitada ciudad. Es una institución privada, creada por la compañía queretana Calendarios Landín.



Desde hace ya varios años don Roberto Landín compró una antigua casa en pleno centro de la ciudad para albergar el museo que anhelaba abrir, con información sobre la industria del calendario, sus artistas, compañías y para exhibir la gran colección que ya reunía al respecto. Tomó algunos años restaurar el inmueble, pero el resultado valió mucho la pena, un recinto cuya belleza y buen estado es motivo suficiente para visitarlo. Tomó unos años más preparar la colección y diseñar la museografía, pero el resultado es magnífico. El trabajo de restauración ha dejado la casa mucho mejor de lo que ha de haber lucido nunca antes, incluso se han puesto a la vista tras gruesos pisos de vidrio antiguas estructuras. Al fondo del predio hay un hermoso jardín de majestuosa flora. Llaman la atención un par de altas palmas que sostienen una especie de enredadera o planta parásita que las cubre casi por completo y cuyo follaje las hace parecer coníferas navideñas. El techo del museo es una hermosa y amplia terraza con inigualable vista hacia la catedral o el templo de Santa Rosa Viterbo.






El museo está dispuesto en 19 salas, que como en casa antigua son cuartos dispuestos alrededor de hermosos patios. Al inicio hay información sobre el universo, el tiempo, los calendarios en diversas culturas del mundo y las principales compañías mexicanas en la industria del calendario, desde el siglo XIX hasta el XXI. En una de estas salas hay una impresionante reproducción en madera de cedro rojo de la piedra del sol, mejor conocida como el calendario azteca. Tan sólo el tamaño los hace imponente y luego el color y brillo de la madera bien pulida lo convierten en una pieza única.







Más adelante se exhiben pinturas e información sobre algunos pintores de calendarios. Están las sensuales mujeres de Santiago Sadurní, las realistas obras de A. Gómez R. y hay un gran salón dedicado por completo a Jesús Helguera el non plus ultra del grupo.  En ese amplio espacio se exhiben objetos personales del pintor, así como reproducciones de sus más conocidas pinturas. En una tercera parte muestran en varias salas y en orden cronológico algunos de los mejores calendarios de la colección del museo. Las pinturas son hermosas pero también es muy interesante ver los  tamaños, materiales, publicidad de los calendarios.










Hay al final una parte con información de la industria de los impresos, algunas piedras litográficas y maquinaria. Me gustó mucho ver las piedras para imprimir publicidad de la infame Emulsión de Scott, terrible brebaje temido y odiado por varias generaciones de niños. En una de las salas hay información sobre Calendarios Landín, la compañía que construyó y mantiene el museo. En la tienda hay a la venta una variedad de calendarios, reproducciones de pinturas, así como diversas artesanías. En el jardín al fondo del museo se encuentra una hermosa cafetería; da servicio regular de martes a sábado y los domingos ofrece un magnífico brunch buffet.






Me congratulo de saber que Querétaro tiene ya un nuevo museo, hermoso, céntrico, muy bien montado, con todos los servicios y ante todo muy interesante. En los tiempos de la globalización le hace falta a las nuevas generaciones conocer cuando México era un país muy nacionalista, orgulloso de sus costumbres y pasado. Más allá del museo, el lugar deberá convertirse en un centro de cultura queretana, pues no sólo cuenta con una sala de exposiciones temporales, también tiene espacio de sobra para otras actividades. Visita el Mucal, entra por esa puerta mágica al pasado de nuestro país, tanto por la arquitectura del lugar como por ese hermoso y único México pintado en sus calendarios.