martes, 20 de mayo de 2008

Tirando polilla






El Salto.
A principios del mes de marzo (2007) acepté acompañar a los estudiantes de 4º y 2º semestre del Bachillerato Internacional a un pequeño viaje de integración. Por más de 20 años me ha gustado salir de paseo los sábados o domingos con mis estudiantes, bueno, más que paseos, en recorridos culturales. También disfruté salir en viajes más largos con los estudiantes de Turismo de la Universidad Intercontinental por más de una década. Ha de ser la edad, pero estas salidas cada vez me emocionan menos y ya se me hacen algo cansadas. Más que cansancio físico es algo como estrés, pues desde días antes se deben hacer múltiples preparativos y ya en el viaje no deja uno de preocuparse por el itinerario, los tiempos, las comidas, las visitas al baño, que nadie falte, que todo salga bien y aunque parece sencillo, al final del día desgasta más la constante preocupación que el cansancio físico del recorrido. Pero aunque este semestre ha sido de mucho trabajo, acepté gustoso participar pues no iba como organizador y responsable y está mal que lo diga, pero disfruto mucho la compañía de mis estudiantes del Bachillerato Internacional. No consideró que sean mejores o diferentes (lo serán al final de sus tres años), pero el programa nos hace pasar mucho tiempo juntos, y por varios semestres (aquí en Querétaro, los seis semestres) y eso nos da tiempo de conocernos mucho mejor que con los estudiantes de otros programas. Además los cursos del BI no están tan atiborrados de contenidos por lo que tenemos tiempo abundante para ir a mayor profundidad en los temas y platicar, conversar o discutir. Sin duda es una relación más profunda y significativa. Al momento de escribir estas líneas, me doy cuenta que he sido muy afortunado de haber disfrutado de muy buenos amigos en vez de simples estudiantes.
El viaje fue de dos días, sábado y domingo, a un lugar llamado El Salto, muy cerca de San José Iturbide en el vecino estado de Guanajuato. Inicialmente se había pensado hacer el viaje de tres días hasta la frontera Morelos y Guerrero a recorrer un río subterráneo conocido como el Chonta, pero que tiene un nombre un poco más largo. Algunos padres pensaron que el recorrido era peligroso y se desechó esa idea. El plan B fue ir al Salto y hacer algunas de esas actividades conocidas hoy en día como extremas. El lugar es muy bonito y lo debe ser más en época de lluvias, pues aunque no estaba del todo seco, con más agua en el río y con el paisaje más verde ha de ser en verdad muy hermoso. La zona es una cañada flanqueada por grandes macizos de roca, aptos para practicar la escalada y casi al final hay un gran salto o caída de agua de casi 60 metros de altitud. La cascada la veré algún día que vuelva en época de lluvias, pues en esos días nada caía.
En una de las laderas de la cañada está el hotel, tiene cerca de una decena de cabañas con capacidad para seis u ocho personas cada una. Tiene también un restaurante de grandes ventanas y una magnífica vista a los alrededores. La principal característica de este lugar es que en cada mesa hay uno o dos grandes canastos con cacahuates todavía en su cáscara; la gente los puede comer en cualquier momento, tirando las cáscaras al suelo; así que a ciertas horas no se puede caminar sin hacer ruido por ir pisando una alfombra de cáscaras de cacahuates. Por lo que pude ver, el lugar es muy popular como restaurante familiar los fines de semana entre las personas de la región. La comida no es mala, es barato y la vista de primera. En una ladera posterior del hotel hay una pista desde la cual se lanzan personas en hang-gliders o en parapentes, para descender lentamente hasta un valle cientos de metros abajo y al final de la cañada o cañón. Anualmente celebran ahí un gran evento para aficionados a este tipo de actividades de vuelo o planeo.
El mismo sábado por la mañana iniciaron nuestras actividades; fuimos divididos en cinco equipos y teníamos que enfrentar una serie de pruebas a lo largo de los dos días: caminata, escalada en roca, tirolesa, descenso en rappel y una pista con diversos tipos de obstáculos. La idea era la de una competencia en donde se ganaban puntos por el número de recorridos que hacía cada equipo y su decisión al momento de enfrentarlos. Como en muchas actividades de este tipo, el inicio es aterrador, pues para poder participar debe uno firmar una carta en donde se libra de responsabilidad a los organizadores por cualquier accidente con lesiones o mortal y avisa uno dónde y a quién deben entregar el cadáver o los restos que se puedan rescatar. Ahí es como que el momento de más miedo, pues ya en los recorridos los guías explican como en todo hay doble seguridad y también se ve a todos haciendo las actividades sin pensarlo dos veces, asume uno que es seguro y se piensa en no ser uno el único cobarde en manifestar temor o preocupación. Dudar sería algo malo para cualquier estudiante, pero para un profesor sería peor y una mancha ante los ojos de los muchachos que ni Ariel Mejorado lavaría.
Mi equipo inició con una tranquila caminata de unos tres kilómetros por el cañón. El sendero no era muy difícil y ahí el mayor peligro era caer al agua del río (en ese momento arroyo), que lucia como el consomé de las diez enfermedades más contagiosas, pero hubo quien cayó (en otros equipos) y no murió. Nuestra segunda actividad fue la tirolesa, que consistía en deslizarse rápidamente colgado de una cuerda (pero con otra de refuerzo o seguridad) de un extremo del cañón al otro, en un viaje como de unos 30 metros de distancia pero en una parte, como a 70 metros de altura. Todos en el equipo lo hicimos tres veces. El viaje es muy breve y la peor parte es la espera. Frente a la tirolesa estaba el lugar desde el cual se iniciaba el descenso de 60 metros en rappel, justo a un lado de la caída de agua, en época de lluvia. Cuando vi la profundidad del cañón y me asomé a ver a un miembro de otro equipo descender, inmediatamente empecé a buscar mentalmente un pretexto que sonara creíble para no bajar. Tuve tiempo para encontrar uno bueno, pues nuestro turno en el rappel fue hasta el domingo por la mañana. Tras la tirolesa nos tocó hacer los recorridos en lo que llamaban la pista comando, el lugar con varios tipos de obstáculos que había que recorrer varias veces para acumular puntos en la competencia. Lo malo del asunto es que dicha pista estaba muy cerca del hotel y había que subir como 150 metros por la ladera desde el lugar donde estábamos, así que aún antes de iniciar el primer recorrido ya estaba yo muerto de cansancio por el ascenso. Prudentemente esperé el último turno de mi equipo para iniciar el primer recorrido y me sorprendí, pues pude hacerlo por completo, cuando algunos de los estudiantes no pudieron pasar por encima de un muro de cómo tres metros de altura o un pasamanos de cinco metros de largo. Eso sí, a la cuarta vuelta decidí no buscar heroicamente un infarto y dejé a los muchachos aumentar nuestro puntaje. Sobra decir que tenía 20 o 25 años de no estar tan, pero tan cansado. Me dolía hasta el pelo y además en la pista me había lastimado de nuevo la cintura, una lesión que padecí por años. Lo bueno del asunto es que las actividades del día siguiente no eran tan demandantes físicamente y la parte más difícil sería salir nuevamente desde el fondo del cañón. Me preocupaba también la amenaza de mis compañeros de cabaña, los muchachos más canijos del 4º semestre del BI, de no dejarme dormir esa noche; confiaba yo en que estuvieran tan cansados como yo y cayeran rendidos a eso de media noche. Más que no dormir, me preocupaba la dureza del colchón en mi cama, pues de ser muy blando amanecería, no sólo cansado, sino todo torcido como don Teofilito. Por suerte acompañaba al grupo un paramédico, al cual durante la cena pedí ayuda. Me dio un par de pastillas y un poco de ungüento que me puse de inmediato en la parte posterior de la cintura. La mayor parte de mis compañeros de cabaña cayeron dormidos antes de las 12 de la noche, pero un par me mantuvo despierto platicando en voz alta cada uno desde su cama, hasta las dos de la mañana. Dormí lo suficiente, pero lo mejor fue el estar completamente recuperado del dolor de cintura.
El domingo, después del desayuno bajamos al cañón para iniciar nuestro turno en el descenso en rappel. Me sentía algo adolorido de brazos y piernas pero bien de la cintura y después de ver a todos descender sin chistar, me hice a la idea de hacerlo, pero esta vez les pedía a mis compañeros me permitieran hacerlo casi al inicio del grupo para que pudiera subir desde el fondo del barranco con calma. Tuve el tercer turno y sólo sentí un poco de temor casi al momento de la salida, al ver el fondo del cañón 60 metros abajo, el resto de descenso fue emocionante y de una vista muy hermosa. Subir desde el fondo para reunirme con el resto del equipo, fue sin duda la parte más peligrosa del viaje, pues no hay vereda ancha y bien trazada, sino un como camino para chivos, empinado, mal marcado, en algunos puntos muy angosto, bordeado de muchas espinosas cactáceas y cerca, muy cerca del abismo. Además en esa parte no hay guía, ni cuerdas de seguridad. La última actividad debía ser la escalada en roca, pero de pronto se nubló, llovió un poco y empezaron a caer rayos en algunos lugares cercanos, por lo que los guías decidieron suspender las actividades. Regresamos al hotel, comimos e iniciamos el retorno al Tec y a un breve descanso antes de regresar al trabajo.
Lunes y martes no me sentí tan cansado, pero si tuve muy adoloridos los brazos y un poco las piernas. El viaje fue sin duda divertido, muy diferente al tipo de salida a la que estoy acostumbrado, pero más allá de sus actividades, está siempre el tiempo de calidad que puede uno pasar con los estudiantes, conocerlos y que lo conozcan a uno, más allá de la relación académica dentro del aula. No necesariamente los estudiantes mejorarán en su desempeño académico, pero probablemente disfrutaremos más nuestra constante relación, y pues no todo en esta vida es aprovechamiento y calificaciones.

martes, 13 de mayo de 2008

Zapatero a tus zapatos






Zapatos en León.
El pasado mes de marzo, en las vacaciones de Semana Santa, visité la cercana ciudad de León, Guanajuato. Desde que llegó mi familia a vivir a Querétaro tuve la intención de conocerla y quizá comprar en ella algunos pares de zapatos, pues esta población fue y todavía es la capital nacional del calzado. Esos días nos visitaban en casa dos sobrinas de mi esposa; así que con cinco mujeres ávidas de comprar zapatos, partí muy temprano desde Querétaro.
El viaje es de aproximadamente dos horas y a eso de las diez de la mañana llegamos a la ciudad. Hay una gran avenida que conduce desde los suburbios hasta unas cuantas cuadras del centro. Casi de inmediato encontramos tiendas de calzado aquí y allá, algunas todavía en ese ritual matutino de limpiar los pisos del local y la banqueta afuera, con agua y jabón. Poco puedo comentar sobre los zapatos, pues no necesitaba calzado y casi no entré a las zapaterías, me dediqué a ver la ciudad, su gente, calles y construcciones. Como en muchas otras ciudades del país, la plaza principal y algunas calles aledañas se han cerrado al tráfico de vehículos y son para uso exclusivo de peatones. Las calles están limpias, tienen algunas jardineras, postes de alumbrado, bancas y unas curiosas torres metálicas, que seguramente se diseñaron para que los turistas pudiéramos tomar fotografías desde una mayor altura. El esplendor y crecimiento de la ciudad debió iniciar en la época del Porfiriato; en las calles del centro se encuentran algunas construcciones con magníficas portadas de cantera o ladrillo, en estilos europeos, sobre todo francés. No todas estas construcciones se encuentran en buenas condiciones. Estas fachadas nos hablan de una época de prosperidad a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuya causa debió haber sido la naciente industria del calzado. A diferencia de otras ciudades de la región, León no cuidó mantener una homogeneidad arquitectónica con el paso del tiempo. En plena plaza principal, todo uno de sus costados es ocupado por un par de edificios con una arquitectura funcionalista que me hizo recordar los hoteles de Acapulco construidos en los años en que Miguel Alemán fue presidente de México (1946-1952). Estos edificios casi duplican en altura a las demás construcciones de la plaza y no se ve en ellos la menor voluntad de conciliarse con el entorno. La plaza principal tiene su típico quiosco y algunos laureles de la india, recortados en atractivas formas. A un par de cuadras de la plaza principal está la catedral de León con una ornamentación interior ecléctica. Sus altas torres son de un estilo que escapa definición; es seguramente una construcción del siglo XIX.
En el patio central del palacio municipal encontré una exposición de pintura muy interesante; se exhibían cerca de 20 cuadros sobre el pasado de la ciudad. Había algunos paisajes urbanos de León a inicios del siglo XIX y también otras obras que retrataban antiguos talleres de curtiduría y elaboración de calzado de la manera en que se hacía artesanalmente, antes de la aparición de las primeras fábricas modernas. Todas las obras eran del mismo autor, cuyo nombre no registré, pero que seguramente es considerado el cronista gráfico de pasado leonés.
En nuestro recorrido encontramos varias zapaterías, pero no en la cantidad y variedad que me esperaba; además eran como las que se pueden encontrar en cualquier otra parte del país, nada extraordinario. Luego de unas tres horas de acompañar a las compradoras y cargar sus bolsas, pasamos por un local dentro de un pasaje comercial que anunciaba “tacos al vapor”. Ya los había yo visto anunciados en otras ciudades del norte del país, pero nunca los había comido. Así que con más curiosidad que hambre, decidí probarlos. Tenía la vaga idea que serían parecidos a los tacos sudados o de canasta que se consumen por las mañanas en la Ciudad de México, pero no fue así. Los tacos sudados que pueden ser de papa, chicharrón, frijoles, adobo; se preparan por cientos y van compactamente acomodados dentro de una canasta forrada de papel, plástico y gruesa tela para mantener su calor durante la mañana. La tortilla de estos tacos va cubierta de una ligera capa de aceite aderezado con chile, lo cual le da brillo muy especial. Ahora entiendo que este aceite sirve para impedir que la tortilla absorba la humedad que hay dentro de la canasta y acabe por reblandecerse y deshacerse. Los tacos al vapor son en algo parecidos en cuanto a su relleno, tamaño y apariencia, pero la tortilla no va recubierta de aceite sino de una salsa de chile ancho o chile guajillo. Estos tacos coincidieron en los rellenos tradicionales de frijoles, chicharrón o papa, pero en León por primera vez vi tacos de queso. Los tacos al vapor no se preparan como los sudados, muy temprano para su venta a lo largo de todo la mañana, sino al parecer se van elaborando como avanza la mañana y para mantenerlos calientes se colocan cual tamales en una gran olla por la que circula constantemente vapor de agua. Como los tacos al vapor no llevan aceite en la tortilla, ésta se reblandece luego de un rato, por lo que cada taco va envuelto en una doble tortilla para darle más fortaleza y que no se desintegre a la hora de comerlo. Su precio es económico, hay una buena variedad de ingredientes y se pueden comer varios en apenas unos cinco minutos para aplacar el hambre matutina. La salsa que recubre las tortillas es espesa y de muy buen sabor, pero también se ofrecen otras salsas o chiles para aderezar más el relleno.
Alguien nos recomendó visitar las tiendas con saldos de las grandes compañías de calzado que se encuentran muy cerca de la estación de autobuses de León. Ya con zapatos suficientes, de salida y en camino a Querétaro, acordamos pasar a buscarlas, pero en el mismo lugar encontramos un gran centro comercial llamado la Plaza del Zapato y decidimos visitarlo. Es un gran edificio con decenas de locales y en ellos muchas marcas de calzado de todo tipo, botas, infantil, femenino o deportivo. Recorrimos el lugar en poco más de una hora, por supuesto que hubo más compras. Yo agradecía mi fortuito encuentro con los tacos al vapor y hasta me animé a ver algunas tiendas de botas. Desde que llegué a Querétaro he querido comprarme un par para empezar a calzar un poco como los habitantes de la región, pero no he encontrado las que me decidan a verme algo campirano.
A eso de las 3 de la tarde iniciamos el regreso a Querétaro. Por suerte no encontramos tráfico, pues en el viaje por la mañana hacia León, nos habíamos visto retrasados por miles de ciclistas que ocupaban la mitad de la carretera, en peregrinación al santuario de San Juan de los Lagos, Jalisco. León no fue el paraíso de las gangas, calidad y variedad en el calzado que me había imaginado. Parte del calzado que venden es barato, pero de baja calidad, mucho plástico en atractivos y brillantes colores; zapatos que se arruinarán antes de pasar de moda. Quizá ahorrando dinero y viajando una vez al año con la idea de adquirir varios pares para toda la familia, valga la pena el viaje. Mientras esperaba afuera de las tiendas, recordaba las noticias de los últimos años acerca de León; como los zapatos chinos y otros importados sin arancel alguno por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, han ido acabando con la industria del calzado leonés. Seguramente del total ahí vendido, el porcentaje de piezas importadas crece cada día más. La globalización es evidente en la capital del calzado. ¿Pero por cuánto tiempo más lo será de calzado nacional?

domingo, 11 de mayo de 2008

!Daaanzón dedicadooo!





Baile en Querétaro.
Una de las cosas más atractivas de Querétaro es su intensa actividad cultural. Los gobiernos estatal y municipal, así como algunas instituciones educativas constantemente organizan conferencias, conciertos, talleres infantiles, concursos, recitales, muestras artesanales y gastronómicas. El primer semestre que estuve aquí sin mi familia, iba muy seguido al centro de la ciudad y pude ver o asistir a varias conferencias y conciertos. El único pero al asunto, es que la propaganda para muchos de estos eventos se encuentra en carteles solamente por el centro de la ciudad y resulta difícil enterarse de ellos con anticipación; pero también a veces es bueno descubrirlos al pasear por ahí; tal como me ha pasado con diversos lugares donde se practican los bailes de salón. Me encanta ver bailar, siempre lamentaré el no haber aprendido a hacerlo, pero todavía puedo disfrutar mucho al ver tan armoniosa y estética manifestación artística. Lo he de llevar en la sangre pues supe que mi madre, así de seria o solemne que es hoy, fue una gran bailarina de mambo; ese ritmo cubano que estuvo de moda en todo el mundo a fines del los años cuarenta y principios de los cincuenta. Algún día mi padre me dijo que mi madre bailaba de forma tan graciosa que se hacía un circulo a su alrededor para verla y que incluso la invitaban a bailes en poblaciones cercanas a Cuernavaca, donde ella vivió su adolescencia. Recuerdo que en mi infancia, algunas tardes de sábado, vi en la televisión junto con mi madre y hermanos, aquel programa llamado Bailando con Vanart. El concurso era conducido por una pareja de baile, Josefina y Joaquín y me imagino que los premios no eran ni grandes cantidades de dinero, ni hacer un sueño posible, sino solamente algunas botellas de shampoo. También por muchos años disfruté las funciones de baile de la Semana de la Cultura en el Campus Ciudad de México. Ahí el atractivo era mayor al ver en el escenario no solamente buen baile, sino protagonizado por estudiantes y amigos.
Pues ya desde hace un año había visto al pasear por el centro, que los jueves en el jardín Zenea hay lo que llaman las autoridades municipales un concierto de piano, pero que en realidad es un baile. Junto al kiosco colocan un órgano electrónico con grandes bocinas, ahí toca diferentes melodías por casi dos horas el maestro Sergio Vázquez Bacconnier. Colocan también en un semicírculo casi un centenar de sillas plegables, donde la gente más que sentarse a escuchar el concierto, espera la música apropiada para levantarse a bailar u observa las evoluciones los bailarines. Son personas de sesenta años o más las que al parecer cada jueves se reúnen en el lugar para disfrutar de un par de horas de baile. La última vez que estuve ahí pude ver que muchos de los asistentes se saludan con gran familiaridad; incluso vi a una señorita con una canasta llena de bolsas con churros y al acercarme a comprar un par de bolsitas, la vendedora le decía a un señor en silla de ruedas el precio de su mercancía, pero le aclaraba que su hija le había advertido que no podía comer churros. Así que son todos, bailarines, observadores, músico y vendedores como una gran familia. Se baila danzón, paso doble, bossa nova, boleros y muchos otros ritmos. Me llamó la atención un señor de casi setenta años, quien no sólo bailaba constantemente sino que iba vestido como galán de música tropical de los años cincuenta, cadenas de oro al cuello, lentes oscuros, cachucha blanca y la camisa abierta casi hasta el ombligo, así sin inhibiciones. Por ahí había otro incasable bailarín con un elegante traje verde oscuro y un sombrero cordobés.
Otro día paseando por la ciudad, decidí visitar uno de mis lugares favoritos, la vieja estación del tren. El edificio, es pequeño, definitivamente porfiriano y situado no lejos del centro de la ciudad en un barrio hoy un poco oculto, lejos del tráfico y las grandes avenidas. Desde el 2002 no hay ya servicio de tren de pasajeros entre Querétaro y la ciudad de México, de hecho por unos años se hizo un esfuerzo por revivir el flujo de personas que ya prefería el autobús, con una ferrocarril turístico llamado El Constituyente, pero que después de un tiempo cerró. Siguen corriendo trenes de carga a diario, pero ninguno se detiene en la vieja estación. Yo sabía ya que el hermoso edificio de piedra era un centro cultural donde había funciones de teatro, curso de pintura, ajedrez y conferencias, pero descubrí que también los sábados por la tarde el antiguo andén se convierte en una gran pista de baile. Justo frente a las vías, en la parte posterior de la estación se instala un señor con un aparato de sonido y por varias horas toca música de diferentes ritmos. El día del descubrimiento, había casi un centenar de personas bailando. En este lugar los bailarines no eran de una edad tan avanzada como en el jardín Zenea, incluso por ahí vi parejas de veinte o veinticinco años de edad. No pude quedarme mucho tiempo a observar el baile ya que ese día iba acompañado de mis impacientes hijas. Pues si el lugar me gustaba ya mucho, ahora que lo conozco convertido en un gran salón de baile a la manera del legendario California Dancing Club, me gusta todavía más. También en el llamado Jardín del arte, en pleno centro de la ciudad y a espaldas de Museo Regional, un día a la semana hay clases de danzón. No recuerdo bien que día, pero también en un paseo vespertino vi a varias parejas vestidas de blanco aprendiendo este baile tan rítmico y elegante. Seguramente visitaba yo la tortería Nico, que con su especialidad de tortas de milanesa se encuentra justo frente a este jardín. Un trabajador del municipio me dijo que en la pequeña plaza a un costado del hermoso templo de Santa Rosa de Viterbo, hay también una tarde de baile semanalmente. No me ha tocado estar presente en este otro lugar en día de baile, pero me imagino que es muy parecido al del jardín Zenea. Bueno, pues si algún día me decido a aprender o bailo aunque no lo haga bien, no voy a tener pretexto alguno, pues hay suficientes y variados lugares donde hacerlo.

jueves, 17 de abril de 2008

Viaje relámpago.





La Sierra Gorda
En los dos últimos días de mis vacaciones de verano (2007) tuve la oportunidad de hacer una rápida visita a la afamada Sierra Gorda, región montañosa de Querétaro y uno de sus principales atractivos turísticos. No tenía planeada la visita, pero en esos días vinieron a la ciudad de Querétaro antiguos vecinos de San Bartolo Ameyalco y que ahora viven en Mc Allen, Texas (Claudia y Juan Carlos de la Garza). Ellos habían dejado a sus tres hijos en un campamento de verano en San Juan del Río y tenían un par de días para pasear por Querétaro y sus alrededores. La tarde del lunes nos reunimos y decidimos hacer una rápida visita a la Sierra Gorda, en el par de días de los que disponíamos, yo también, pues ese jueves volvía a la oficina, tras dos semanas de descanso. Hablamos al Hotel Misión en Jalpan y no había ya lugar para la noche del martes, pero encontramos un par de habitaciones en el hotel Misión Concá. Así que hicimos las reservaciones y partimos rumbo a la Sierra Gorda el martes por la mañana.
Aunque Jalpan, la primera misión y la entrada a la región se encuentra a casi 200 kilómetros de Querétaro el viaje toma cerca de tres horas y media por lo sinuoso del camino. No sólo hay que subir mucho, también circular despacio por las múltiples curvas y camiones que se encuentran y los cuales es a veces difícil rebasar. Por suerte todos nos fuimos en una gran camioneta que traían los De la Garza, la cual manejó Juan Carlos y así pude ver el magnífico panorama todo el viaje. Ya nosotros habíamos recorrido casi 120 kilómetros del camino hace como seis meses. Habíamos llegado hasta Peña Blanca y visto lo árido y triste del paisaje, pero esta vez fue diferente, los inicios de la sierra estaban de un inusual y tímido verde por la temporada de lluvias. Parecía una región completamente diferente a aquella que habíamos recorrido meses antes. Iniciamos el ascenso entre magníficas barrancas y montañas, pero llegó el punto donde los cerros, por ser ya un clima diferente, empezaron a cubrirse de bosque semitropical o templado. Vaya que cambió el panorama, recorríamos ahora un tupido bosque. Seguimos el ascenso y pronto el paisaje se llenó de neblina, temperatura más baja y un asombroso bosque de coníferas. Antes de llegar a Pinal de Amoles, población que se encuentra casi en la parte más alta del recorrido, la carretera pasa por el corte muy estrecho y alto hecho en un cerro y tras del cual se ve sólo neblina y parece que se acaba el camino, pues este desciende más allá de la vista. Al lugar le llaman La puerta del cielo y tal pareciera que la carretera entra directamente a los dominios de San Pedro. Unos cuantos kilómetros más adelante está la serrana, fría y nebulosa población de Pinal de Amoles. Es pequeña, rodeada de un asombroso bosque, montada en grandes desniveles y de clima algo frío. Más tarde averiguaríamos que en marzo de este mismo año había nevado ahí. Pasamos sin detenernos, tratando de llegar lo antes posible a Jalpan para comer, pues por aquello de las muchas curvas no nos habíamos alimentado lo suficiente. El descenso fue de nuevo interesante, vimos el cambio de clima templado a uno subtropical y sin llegar al semidesértico pues la Sierra Gorda está ya en la verde y exuberante Huasteca.
Llegamos a Jalpan, sede de una de las famosas misiones de la sierra y me sorprendió su tamaño, pensaba que sería un poco más pequeña o modesta, pero luego reflexioné que no podría serlo, encontrándose en un tan magnífico valle con agua abundante y clima caluroso. Buscamos un restaurante en el cual recuperarnos del hermoso pero hambriento viaje. Había yo leído que un platillo típico de la sierra era la cecina y ahí lo comprobamos, pues aunque el menú era muy variado, había huevos con cecina, chilaquiles con cecina, enfrijoladas con cecina, cecina como plato fuerte y enchiladas queretanas acompañadas de cecina. Tras la comida visitamos el conjunto arquitectónico de la misión. De nuevo me sorprendí, no tanto por su belleza sino por su tamaño y solidez. Yo conocía ya edificios misionales, tanto en Nuevo México, como en Baja California, Sinaloa y Sonora y todos aquellos son mucho más modestos pequeños que estos de la Sierra Gorda. Las misiones de la Sierra Gorda que visité no eran sencillas, tenían hermosas portadas barrocas y todos acompañados de una pequeña construcción anexa que me recordaron más a conventos del siglo XVI en centro y sur del país, que misiones de lugares remotos o aislados. Obviamente las hermosas portadas barrocas no eran de piedra como la de regiones menos aisladas y prósperas, sino de barro o yeso policromado. En su interior la decoración era más modesta y con aspiraciones neoclásicas, ya no barrocas. Altares o retablos de yeso o barro que pretendían ser clásicas columnas, frontones y cornisas de piedra. En la misión de Landa, todo el retablo principal estaba simulado no con yeso sino con una ingeniosa pintura en perspectiva sobre la pared. Pero lo modesto de los materiales le da a estas portadas una belleza muy original, llena de coloridos tonos rojos, amarillos y ocres que me recordaron la también modesta pero colorida portada de Santa María Tonantzintla en Puebla.
Luego de nuestra primera visita a una misión, nos trasladamos a Concá que debe estar a unos 30 kilómetros de Jalpan. Llegamos al hotel a registrarnos y descansar un rato. Las niñas ni tardas ni perezosas se cambiaron y se metieron a la alberca. El hotel Misión Concá está en lo que alguna vez fue la hacienda del lugar. Algunos de sus edificios se ven antiguos, casi coloniales, pero la mayoría son más recientes o incluso modernos. Más allá de su comodidad, se impone su belleza pues los edificios se encuentran dispersos entre grandes y viejos árboles y variada vegetación. Antes de caer la noche visitamos ya con poca luz la misión de Concá (pero se escribe con C, una broma) quizá la más modesta de las tres que visité, pero muy parecida a las demás. Cenamos y antes de dormir jugamos lotería por casi una hora. Esa noche descansamos a pesar del calor que se sentía en las habitaciones y que en poco aliviaba un gran ventilador en el techo o la ventana abierta.
A la mañana siguiente tras el desayuno, nos encaminamos a la misión de Landa de Matamoros que está a unos 20 kilómetros pasando Jalpan. Por el lugar en que se encuentra y lo bien conservada que está, ésta fue para mi la más hermosa. Tiene un perfecto atrio, también una especie de convento anexo, pero además estaba recién pintada. Su interior lleno de luz y decorado con grandes medallones de arcángeles. Estas misiones fueron fundadas en el siglo XVIII por el famoso fray Junípero Serra, quien luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, se marchó a la Baja California a suplir a los recién expulsados y desde ahí extendió el sistema misional fundando nuevos establecimientos franciscanos en la Alta California, ahora Estados Unidos. Tras esta visita iniciamos el regreso, ya no visitamos las dos misiones restantes Tancoyol y Tilaco. Unos kilómetros delante de Jalpan nos desviamos unos cuatro kilómetros de la carretera para visitar la cascada de Chuveje. Hay un angosto camino de casi tres kilómetros y la última parte del recorrido se tiene que hacer caminando por una vereda. El paseo fue magnífico, la vereda no tenía lodo a pesar de la temporada y serpenteaba a lado de una cañada, al final de la cual estaba la cascada. Aquello era todo sensual verdor, exhuberancia y belleza. El recorrido fue para mi más agradable que la misma cascada, por suerte había algo de nubes, con lo que el calor no fue tanto, no había mosquitos, ni lodo, por lo que la caminata resultó en extremo placentera. No es lo mismo ver la vegetación y el verdor desde la carretera o las poblaciones, que adentrase en ella.
En el camino de regreso nos detuvimos en Pinal de Amoles, pues habíamos leído en una guía de la revista México Desconocido que una señora de nombre doña Raquel elaboraba ahí licores de frutas, así como dulces típicos. Preguntamos en la pequeña población y rápido dimos con la casa en cuestión. Nos recibió doña Elisa, hija de doña Raquel en una hermosa casa con un patio cubierto a manera de invernadero lleno de coloridas flores. Ahí probamos vinos o licores no muy fuertes, de manzana, de canela, de “niebla”, el especial, de anís y otras combinaciones. También probamos algunos dulces o ates de manzana, membrillo y calabaza. Fue una visita muy interesante y agradable de la cual salimos con una provisión de dulces y licores. El regreso fue más tranquilo y sin sentir tanto ya lo sinuoso del camino. Recorrer bien la Sierra Gorda Queretana necesita de al menos tres o cuatro días, pero este viaje relámpago fue sin duda magnífico y una primera exploración que deja pendiente otro viaje.

lunes, 14 de abril de 2008

Intolerancia




Toquín.
El pasado mes de febrero asistí a un concierto de rock, tocada o toquín como comúnmente les llaman los jóvenes. Dos de mis estudiantes, Alejandro Rubio y Francisco Park son parte de un grupo que se llama los Polifacéticos, el primero toca la batería y el segundo es el vocalista y toca la guitarra. Ya hace cerca de un año me habían vendido un disco compacto con su música, pero esta vez me invitaron a verlos tocar en un lugar del centro de Querétaro llamado El Pixel. No podría decir que soy un fanático del rock, aunque me gustan bastantes rolas en este género. Asistí porque me gusta conocer todo aquello que hacen mis estudiantes fuera de la escuela, así que si me invitan a un concierto de música típica, una exhibición de baile, una competencia de judo o una obra de teatro; si tengo tiempo asisto.
A las 8 en punto decía la invitación y a esa hora llegué, no me debí haber sorprendido cuando vi que el lugar estaba vacío y apenas como que preparándose para el evento. El Píxel está a unas tres cuadras del Convento de la Cruz, así que decidí regresar de menos media hora después y me fui a la cantina Don Amado a tomarme una cerveza; ahí me enteré del fallecimiento de don Amado unos diez días antes. Después de una fría cerveza (sólo una, aunque estaban al dos por uno) retorné al Pixel. Ya en el camino me encontré a algunos estudiantes y el lugar empezándose a llenar. Casi cuarenta minutos después de la hora indicada llegaron los integrantes del grupo al lugar. Me imagine que como muchos otros músicos empezarían el concierto luego de unos veinte minutos de afinar y preparar todo, pero subieron al escenario y se bajaron casi de inmediato. Les pregunté la causa del retraso y me contestaron que hacía falta un soporte para micrófono y que sin éste no podrían iniciar. Casi cuarenta minutos más tarde, la música inició.
El pequeño lugar se llenó de jóvenes entre 15 y 20 años y un par de adultos, seguramente padres de los músicos. Había unas cuantas mesas, pero la mayoría del público estaba de pie. Mi curiosidad me mantuvo en el lugar a pesar del retraso, además que me sentía algo incómodo y fuera de lugar entre jovencitas con ropa algo estrafalaria y muchachos de largas cabelleras. Pensé que la mayoría de los asistentes serían estudiantes del ITESM, pero no fue así; quizá una tercera parte lo era. Reconocí a algunos estudiantes del Tec que tocan también rock en otros grupos. El total de la audiencia no era mayor a las 120 personas. La música sonaba fuerte, llena de energía y en ciertos momentos el público gritaba, pues era obvio que algunos conocían ya las canciones. El alto volumen y el poco sofisticado equipo de sonido no permitían apreciar bien la calidad de la música o la letra de las canciones, pero era obvio que eso no importaba. Antes de cada canción, Park, el vocalista, dedicaba el número, uno de ellos fue en mi honor, pero cuando todo el público dirigió sus miradas hacia mí, me sentí todavía más incómodo, de todas maneras lo agradecí. Me hubiera gustado llevar a mi hija Ana Violeta al concierto, pero no pudo asistir, aunque la invité. Nada hubo en el lugar que me sorprendiera o me causara rechazo y yo creo en unos dos o tres años mis hijas querrán quizá ir a este tipo de lugares y eventos. No esperé el final de la tocada, pues era ya muy noche, no llevaba teléfono celular y era ya casi la hora en que avisé que regresaría. La experiencia fue muy interesante, siempre lo es conocer aquellas actividades en la que participan los estudiantes; dejan de ser un ente que se sienta en el aula, escucha y trabaja y se va convirtiendo más en un ser humano con aficiones y sorprendentes habilidades. Regresé muy satisfecho a casa, la experiencia fue grata y siempre es bueno conocer y entre más ajeno o extraño mejor.
Encuentro placentero acercarse a algunas de las muchas cosas desconocidas. Ya desde muy joven leí mucho y busqué información sobre temas que me interesaban. Recuerdo haber escrito hasta Salt Lake City para solicitar información de lo Mormones, leer el Corán para tratar de entender más sobre el Islam, platicar varios domingos temprano con los testigos de Jehová e incluso comprarles un libro para tratar de comprender el libro del Apocalipsis que no entendía, ni comprendo todavía. En otra ocasión le pedí a mi metalero amigo Lutz que me quemara un CD con las que él considerara las mejoras rolas metaleras, para conocer un poco el género. Una de las cosas que más agradezco a mi madre es el hecho de que me enseñara a comer de todo y ahora voy por la vida probando cuanto esté a mi alcance y esa es una de las grandes aficiones en mi vida. El mundo es un lugar de placer interminable para el que busca conocer, la diversidad en todo es infinita y gracias a ella, un placer vivir conociendo. No escribo esto para hacerme el virtuoso, sino como reflexión de un hecho reciente que me sorprendió e indignó. Como muchos de ustedes saben, el pasado mes de marzo en la ciudad de Querétaro sucedió un hecho insólito y penoso. Atendiendo una convocatoria en el Internet, un grupo de jóvenes queretanos acudieron a la plaza de armas de la ciudad para golpear a un grupo de Emos, uno de los múltiples grupos alternativos, ideologías o tribus de la juventud de hoy. La convocatoria fue la siguiente:


°°PoR Un kErEtArO SiN EmOs°°
____________ATENTO AVISO ____________
TU ERES DE LAS PERSONAS Q YA ESTAN ARTAS DEANDAR POR LA CALLE Y VER EN CADA ESQUINA UN EMO, BUENO PUES CREO Q ESTE AVISO TE INTERESAEL DIA VIERNES 7 DE MARZO A LAS 8:00PM NOS DAREMOS CITA EN EL JARDIN CENEA PARA DE ALLI IR TODOS JUNTOS A ROMPERLES LA MADRE A LOS EMOS DE MIERDA Q SESITUAN EN PLAZA DE ARMAS DE VERDAD NESESITAMOS VER UNION NO PUEDE SER Q ESOS EMOS DE MIERDA NOS ESTEN INVADIENDO ESPERAMOS CONTAR CON TU PRESENCIA PUEDES LLEVAR FILEROS BOXERS SI SOMOS MUCHOS LES PODREMOS DAR EN LA MADRE A TODOS Y ASI LA GUARDIA MUNICIPAL DE QUERETARO NO PODRA ASER NADA.. POR UN QUERETARO SIN EMOSOJALA Y NOS ACOMPA˜NES•DISTRIBULLE ESTE MSJ A TODOS LOS Q CREAS Q LES INTERESE•PUEDES LLEVAR TU RESPECTIVA MONA•NO LLEVAR ARMAS DE FUEGO•POR UN QUERETARO SIN EMOS UN SANO COMPROMISO

GRAXIAS


La ignorancia, el desconocer la riqueza de la diversidad nos puede conducir a actitudes como las de este joven queretano. No voy a entrar en detalles sobre quienes son los Emos, su ideología o apariencia; sobre ellos hay ya mucha información en la red o en las publicaciones de los últimos días. Son uno más de los múltiples grupos juveniles de las últimas décadas. No sorprende el rechazo hacia ellos o cualquier otro grupo, lo serio o triste de este caso es que la animadversión y agresión provino de jóvenes. Pudiéramos esperar prejuicios, rechazo, incluso represión o violencia de adultos conservadores, más aquí en Querétaro; pero fue de los mismos jóvenes, lo cual lo hace algo muy preocupante. Reclaman de los Emos falta de originalidad, pero quién es completamente original en este mundo; mucho menos los jóvenes que tiene esta necesidad tan grande de identificarse con un grupo, de pertenecer y lo hacen pareciéndose. Todo alternativo en busca de originalidad se pinta los ojos, usa ropa extraña, se tatúa el cuerpo, oye música poco común, como otros miles de personas que también buscan esa elusiva originalidad. Los años sesenta del siglo pasado fueron la época de una muy fuerte crítica y rechazo al mundo de los adultos. Los jóvenes de aquellos años se proclamaron como la generación que cambiaría al mundo con desprendimiento de lo material, amor y paz. Muy pocos de aquellos rebeldes juveniles fueron fieles a sus creencias y ya adultos, la mayoría reprodujo o conservó todo eso que criticó. Desde el otro extremo del espectro ideológico los hippies y críticos sesenteros migraron a la derecha y a la intolerancia; qué podríamos esperar del futuro, si ya en su juventud las nuevas generaciones son intolerantes. Para hacer el incidente todavía más crítico, comenté el hecho con algunos de mis estudiantes de preparatoria y todavía más me preocupé al ver que algunos de ellos justificaban lo sucedido o lo veían como algo nada serio o preocupante. Algo muy malo estamos haciendo con nuestros jóvenes, que ya desde tan temprana edad están pensando de esa manera. Me pregunto si la campaña sucia de las pasadas elecciones y los ataques políticos muy directos en los medios, sobre todo en la televisión, tienen que ver algo en esto. No se habló de las virtudes del candidato propio, sino que se denostó al candidato rival, se atemorizó. Pienso en el miedo y odio al comunismo en los años cincuenta en los Estados Unidos y en toda América Latina en las siguientes dos décadas y las decenas de miles de muertos por esta causa en países como Chile, Argentina, El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Espero sinceramente que estemos muy a tiempo de hacer algo para revertir esta creciente intolerancia

miércoles, 2 de abril de 2008

San Luis Potosí





Retornos.
En los últimos días tuve la interesante oportunidad de volver a un par de lugares de mi pasado no tan remoto. A mediados de diciembre (2007) fui al campus Ciudad de México del ITESM, lugar en el que trabajé por doce años, a tomar un curso sobre historia del siglo XX. No había vuelto al lugar desde diciembre del 2005, aunque sí me he mantenido en contacto con mis amigos. Dos años no son mucho, pero aún así me sorprendí a mi llegada, al ver que los guardias de la entrada me recordaban y saludaban con gusto, mientras yo les trataba de explicar que venía del campus Querétaro a un curso. Observé algunos cambios físicos en los exteriores, pero lo importante fue el rencuentro con muchas personas que estimaba y sin importar el tiempo y la distancia, sigo estimando. Algunos estudiantes se acercaron para saludarme y también me sorprendí de sentir mucho, pero mucho gusto de verlos; en los jóvenes los cambios de dos años son más evidentes. El curso se canceló al segundo día, pero vaya que fue una experiencia muy agradable volver al pasado y darse cuenta cuan importante es, y no lo digo por ser historiador. No faltó quien me preguntara si volvería a la gran Tenochtitlán; pues es mi ciudad, mi origen, en ella viví muy feliz, pero definitivamente la calidad de vida de mi familia es superior en Querétaro.
En los últimos días del 2007 los López Rodríguez visitamos la ciudad de San Luis Potosí. Mis ancestros López son originarios de ese estado y tengo parientes algo lejanos en la capital y en Ciudad Valles; incluso conocí a algunos en visitas durante mi niñez. Pero recordaba sobre todo dos o tres visitas que hice solo y ya adulto hace cerca de 25 años. San Luis Potosí está a dos horas en automóvil desde Querétaro, por una buena carretera con cuatro carriles y con pocas curvas. La última vez que manejé ese tramo, apenas algunas partes eran a cuatro carriles. La ciudad siempre me pareció bonita, incluso alguna vez pensé que sería una buena opción para escapar del D.F. Recordaba sus angostas calles del centro y sobre todo sus múltiples edificios con hermosas fachadas en piedra. La ciudad ha crecido mucho, pienso que más en extensión que en población. La larga entrada a la ciudad se hace rápidamente a través de una gran vialidad cerrada que lo conduce a uno sin semáforos hasta los límites del centro histórico. Tanto la plaza principal como algunas de las calles cercanas han sido cerradas a los automóviles, de manera que además de tener una mayor tranquilidad, se pueden recorrer sus principales atractivos cómodamente a pie. Desayunamos en un hotel del centro que ofrecía un seductor buffet y ya con la barriga llena empezamos el paseo. A unos cuantos pasos visitamos la Catedral, su irregular fachada es hermosa, pero me agradó mucho más su interior. Limpio, iluminado, amplio y muy bien conservado. Tiene dorados en sus altares, muros, techos y columnas, pero no excesivos y el interior de su cúpula es muy hermoso a la luz del sol matutino. A unas cuantas cuadras está también el interesante templo de San Francisco, al igual que el resto de la ciudad destaca en el lugar su arquitectura en un magnífico tallado en piedra. Sus altares no son de madera o yesería sino de cantera gris muy oscura. En la calle del costado hay múltiples puestos con variadas artesanías, desgraciadamente la mayor parte de ellas no son potosinas y sí las mismas que se expenden por todo México. Mis hijas compraron algunas pulseras de listones multicolores y cuentas, al parecer hechas en la ciudad. Esta calle conduce al Museo Regional, que tiene un modesto contenido pero notable arquitectura y particular distribución. Visitamos también el barroco templo del Carmen y el neoclásico Teatro de la Paz.
El paseo no pudiera considerarse completo sin pasar a una de las renombradas dulcerías potosinas Costanzo. Compramos algunos dulces, chocolates y también un frasco de cabuches en salmuera. Los cabuches son los botones o flores tiernas de la bisnaga, del tamaño de un dedal. No son un ingrediente netamente potosino, más bien de todo el semidesierto mexicano. Había leído sobre ellos pero nunca los había encontrado. También tenía la idea de visitar uno de los mercados de la localidad para comprar una buena cantidad de las famosas enchiladas potosinas. Son pequeñas quesadillas donde la masa se mezcla con chile ancho y por ende la tortilla tiene su sabor (no pican) y un color anaranjado; se rellenan de queso y muy poca salsa verde. Las enchiladas son secas y sus ingredientes se mantienen comestibles por días o semanas sin refrigeración. Hoy en día se venden congeladas en muchos supermercados del país, pero prefiero las no congeladas y netamente potosinas. En visitas anteriores compré cientos de ellas y llenaba una gran caja de cartón, para distribuirlas entre mi familia y consumirlas por semanas. No tuve que ir al mercado, pues en una de las calles de nuestro recorrido encontramos una pequeña fábrica, donde se vendían sin congelar. Me pude dar el lujo de comprar un paquete grande de enchiladas con doble queso, no fue la gran caja de antes, pero dudo que mis hijas vieran con entusiasmo la posibilidad de comer, desayunar o cenar este platillo por las siguientes tres semanas. En casa estas enchiladas simplemente se freían y aderezaban de cebolla picada y crema al gusto.
Muy cerca del centro turístico, está también una zona netamente comercial, obviamente no tan hermosa, limpia o atractiva. Me recordó un poco la situación en la ciudad de México entre el Centro Histórico y la zona de la Merced. Hay grandes bodegas de todo tipo de mercancías, pequeñas tiendas e incluso como en la Merced, mujeres públicas en las calles. No me espanta, ni me ofende, por ahí pasó el recorrido familiar, pero se me hizo curioso que la zona de tolerancia se encontrara a escasas cuatro cuadras de la plaza principal y en plena actividad al empezar la tarde.
Al final del día, algo cansados y con nuestro preciado cargamento de dulces, artesanías y enchiladas, iniciamos el camino de regreso a Querétaro.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Todo lo que pueda comer!



La gula.
El pasado mes de junio (2007) estuvo a visitarme Armando, mi sobrino y padrino de mi hija mayor Ana Violeta. Venía a la fiesta del final de los estudios de primaria de Ana. Primero hubo una misa y luego un desayuno en un patio de la exhacienda de Juriquilla. La fiesta me gustó mucho pues no fue la elegante, acartonada y supuestamente solemne cena baile, sino algo sencillo, sobre todo atractivo y muy divertido para aquellos que debían celebrar. Al final del desayuno los niños podían hacer uso de la alberca del hotel y así lo hicieron por casi tres horas, divirtiéndose mucho, mientras los padres platicaban en una muy larga sobremesa.
Al día siguiente Armando, su esposa, hijo y otro sobrino debían regresar a la ciudad de México, pero antes desayunar sin perder la oportunidad de probar algo de lo mejor de la comida queretana. Por algunos minutos nos preguntamos qué lugar sería el mejor. Fue cuando vino a mi mente el restaurante Los Correa, que se encuentra a escasos 500 metros de nuestro hogar y que nunca habíamos visitado, pero del cual habíamos oído algunos comentarios. Es un restaurante de comida mexicana, que prepara muy variados platillos, pero cuyas especialidades son las carnitas y la barbacoa. Alguno de mis estudiantes me había comentado sobre los grandes cazos que ahí había para preparar carnitas y algunos otros mencionaban el lugar cuando comentábamos el tema de buenos tacos. El lugar me recordó un poco al restaurante del sur de la ciudad de México, Arroyo, claro mucho más pequeño pero también rústico. Tiene un amplio estacionamiento y en la parte posterior un espacio para almacenar leña, pencas de maguey y dos grandes hoyos para prepara la barbacoa. El restaurante es un gran salón, en el cual incluso hay un estrado para música o baile, pues seguramente se usa para fiestas y banquetes. Todas sus altas paredes están decoradas con más de un centenar de radios antiguos, aquellos radios superheterodinos o de bulbos, algunos del tamaño de un mueble, otros del tamaño de una caja de galletas. Hay también fotografías antiguas. Las mesas y asientos son de madera y cuero, del tipo llamados equipales, muy cómodos y atractivos. Al frente del establecimiento hay un salón de grandes ventanales, a través de los cuales se pueden ver tres gigantescos cazos donde se preparan las carnitas, ahí está también una caja y un mostrador, pues en esa parte se venden carnitas, barbacoa, consomé, arroz, frijoles, pollos y muchas otras cosas para llevar a casa. Al llegar al restaurante vi grandes letreros que anunciaban que ese día había buffet tanto para el desayuno como para la comida y que el primero de estos tenía un precio de 90 o 95 pesos por persona. Pensé que el costo para nuestro grupo sería muy alto y no del todo aprovechado, pues a veces mis hijas comen muy poco. Pero ya estando ahí entramos a conocer el lugar y sus especialidades. La sorpresa fue muy agradable, al centro del salón estaban las mesas y en los márgenes de mismo había muchos pequeños puestos, parecidos a los de una kermés o feria. En ellos se servían muy diversos platillos. En uno había fruta muy fresca y varios jugos naturales. En otro puesto había yogurt, cereales y pan de dulce. Más adelante había hot cakes y preparaban huevos al gusto. En un rincón estaban un par de señoras echando tortillas a mano y poniéndolas en tortilleros para que los comensales o meseros las tomaran. En una charola había distintos tipos de chiles, tomates, jitomates asados, ajos y cebollas y varios molcajetes; al iniciarse el desayuno de cada grupo un mesero hacía en uno de los molcajetes una salsa con los ingredientes que se desearan y la dejaba en la mesa. En otro puesto había pozole, panza, consomé de barbacoa o sopas. Más allá un pequeño cazo con carnitas del que se podía pedir lo que se deseara: oreja, buche, cuerito, maciza, hígado, que ahí mismo se picaba sobre un tronco de madera para hacer prepararse unos taquitos. En otro lugar había también diversas partes de barbacoa que se pedía al gusto y un muy rico guisado de carne de chamorro en una especie de adobo. Uno podía levantarse a revisar lo ofrecido o solicitarlo a los múltiples y atentos meseros. Había muchos otros platillos así como postres, pero no todo vi, ni puedo recordar.
Variedad, cantidad, aromas, sabores y servicio fueron abrumadores y empecé a pensar que 95 pesos por todo esto era una ganga. Todo lo que probé me gustó, tiene calidad, pero para nosotros los golosos tragones, la idea de abundante y variada comida a nuestro alcance, es en cierta forma en una especie de salsa que convierte a todos los platillos en algo todavía más delicioso. ¡Que lugar! El cielo en la tierra, efímero paraíso que dura apenas una hora o poco más, hasta que se llena uno. Pero ya he planeado mi estrategia para prolongar el placer en mi próxima visita, probar todo en muy pequeñas porciones y comer ante todo con mucha calma, masticando bien y disfrutando al máximo el momento.

viernes, 14 de marzo de 2008

Crónica chilanga





Inolvidable mascotazo.
Pues he estado escribiendo de la vida y costumbres de Querétaro, pero esta vez será de algo ocurrido en el corazón de la Ciudad de México y entre puros chilangos. El pasado sábado primero de septiembre (2007) asistí a una de las muchas reuniones que hemos tenido varios maestros y exmaestros del Departamento de Humanidades del Campus Ciudad de México; ese grupo conocido desde hace muchos años como El Club de Tobi. Asistimos Rodolfo López, Eduardo Reyes, Juan Carlos Olmedo, Roberto Rivadeneyra, Lutz Keferstein y un servidor. Periódicamente, en los últimos cinco o seis años, nos hemos reunido en el centro de la ciudad para ir a comer, beber un poco, platicar y sobre todo, divertirnos mucho. Esta reunión la habíamos concertado con más de dos meses de anticipación para mediados de agosto, pero se tuvo que posponer un par de semanas. Las reuniones comienzan por lo regular en sábado a eso de las once o doce de la mañana; nos citamos temprano para visitar algún museo, recorrer el tianguis de antigüedades de la colonia Doctores, revisar librerías o los muy diversos puestos del Centro Histórico. Incluso en una ocasión visitamos, con la guía de Lutz, el famoso tianguis del Chopo, refugio de los movimientos alternativos capitalinos. En este día recorrimos los puestos de los vendedores semi-fijos en el Eje Central, antes San Juan de Letrán. Venden libros, películas, novedades, ropa y muchas otras cosas más. Compré la serie completa de Magilla Gorilla para mis hijas. Son cuatro discos con caricaturas de este simpático y amable personaje, además incluyen otras caricaturas del comisario Ricochet Rabbit y su ayudante Droop-a-Long y también de Punkin’Puss y MushMouse, un gato y un ratón montañeses.
Antes de dirigirnos a la cantina pasamos por una tienda de puros que se encuentra en la calle de Uruguay y compramos un paquete de puritos de aroma maple, que ya son casi una tradición en nuestras reuniones y una cajetilla de cigarrillos con tabaco de pipa, que por cierto tuvieron mucho éxito y se acabaron demasiado rápido. Lo curioso es que la mayoría del grupo no fuma, pero todos lo hacemos en nuestras reuniones.
Tras algunas horas de comprar y caminar nos dirigimos a alguno de los buenos restaurantes o cantinas del Centro Histórico. Todos ahorramos para tales ocasiones pues aunque no son excesivamente caros los lugares que visitamos, comemos mucho o nos atrevemos a ordenar platos no muy económicos. No cabe duda alguna que el buen comer es uno de los grandes placeres de este mundo y se convierte en algo en verdad excepcional en compañía de buenos amigos. Luego de una buena comida nos dirigimos a alguna de las famosas cantinas del centro para tomar algunas copas y a veces ver algún partido de fútbol en la televisión. Pero esta vez no hubo comida en restaurante, sino que directamente iniciamos en una cantina. La Mascota es uno de esos lugares en el centro donde la botana es gratuita, y cuando digo botana no me refiero a cacahuates o algunas frituras, sino varios guisados (pero también dan cacahuates). El menú del día fue el siguiente:

SALÓN FAMILIAR
“La Mascota”
Mesones # 20 esquina Bolívar.
Centro Histórico
Reservaciones al 57-09-78-52
Sábado 1 de septiembre del 2007.
*Aquí la Botana es gratis
1. Frijoles “Charros”
2.- Quesadilla Chicharrón
3.- Carne Tártara
4.- Carnero en Salsa Verde
5.- Pollo en Morita
6. Carnitas o Chamorros
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PANTALLA DE PLASMA



Obviamente las bebidas son un poco más caras que en otras cantinas y la comida es buena, mas no exquisita, pero se come bien y vasto; mientras se puede disfrutar de una muy amplia variedad de bebidas. No todos pudieron asistir al recorrido previo, así que fue en la cantina donde se reunió el grupo completo. Una regla de estos eventos es que sin importar el consumo individual, al final todos pagamos una parte proporcional de la cuenta por igual. Algunos tienen un trago favorito, pero a otros nos gusta probar de la amplia variedad. Hay una bebida un poco cara pero que a varios nos gusta, es una piña colada con licor japonés Midori de melón. Bebemos bastante, pero nunca como para hacer desfiguros; siempre salimos caminando decorosamente del lugar. La botana cambia cada día de la semana, pero nosotros casi siempre vamos en sábado. Como en toda buena cantina, hay una rockola con música ranchera, norteña y romántica; cinco pesos cuesta cada selección. Nos gusta poner música de Javier Solís, Los Tigres del Norte o José Alfredo Jiménez. Después de comer los seis platillos del menú o la mayoría, empezamos a platicar más, oír música y fumar. Esta ocasión también vimos el partido de fútbol. Los sábados por la tarde juega el Cruz Azul; Roberto y Juan Carlos le van a la decaída Máquina Celeste. Por suerte esa tarde su equipo ganó al Veracruz y por amplio marcador.
La tarde avanzaba y casi al final del partido del Cruz Azul entró a La Mascota un trió para tocar música entre sus parroquianos, pero este trío fue una sorpresa muy agradable. No tocaban música romántica de los años cuarenta del siglo pasado, sino rock y se especializaban en música de los Beatles. Llevaban un bajo eléctrico, dos guitarras acústicas y uno de los guitarristas tocaba también la armónica. Además la persona que tocaba el bajo era todo un personaje, con una pinta como si fuera amigo de Lutz. Tan pronto tocaron la primera canción el ambiente se encendió y la siguiente hora transcurrió con inolvidable música de nuestras no tan remotas juventudes (Beatles, Clapton, Eagles, El Tri). Incluso Juan Carlos y Lutz se animaron a cantar con ellos. Fue una magnífica forma de acabar la tarde. Ya oscureciendo salimos del lugar y nos dirigimos al zócalo para tomarnos una fotografía teniendo como fondo al águila republicana juarista y lopezobradorista que decora la plaza mayor para las fiestas de septiembre. Casi nunca manejamos al centro, comúnmente vamos y regresamos en metro. Esta vez tuvimos que caminar hasta la estación Pino Suárez, la estación Zócalo estaba cerrada por un concierto que terminó poco antes de nuestra llegada. A punto de entrar al tren subterráneo, Lalo y Roberto culminaron la tarde con varios tacos de suadero, en un puesto que por ahí encontraron. Ya en el metro nos despedimos y nos congratulamos de la extraordinaria jornada que pudimos compartir.

¡Santos platillos!





Semana Santa.
Hasta este año (2007) pude estar parte de la Semana Santa en Querétaro. Hace un año no me quedé aquí y me fui a ver a mi familia a México. Este año aunque de nuevo visité a mi madre unos días, regresé desde el jueves santo. En Querétaro se conservan todavía mucho más las tradiciones religiosas, para empezar las iglesias se ven muy concurridas, sobre todo aquellas en el centro de la ciudad. Al igual que en las fiestas de días de muertos y navidad, dos calles a extremos opuestos del jardín Zenea se cierran y se instalan ahí puestos de comida: tacos, elotes, esquites, enchiladas, tostadas, pozole, buñuelos y pambazos o guajolotes, como aquí les llaman. Es cierto que aunque el centro de la ciudad recibe a muchas personas, el resto de la ciudad aparece sin tráfico y medio vació a todas horas. A un par de cuadras del jardín Zenea y justo en el andador frente al templo de Santa Clara, se instalan puestos de dulces típicos. Venden charamuscas de variados sabores, trompadas, alegrías, frutas cristalizadas, pepitorias, palanquetas de cacahuate, cajeta, jamoncillos, cocadas, obleas y muchos otros tipos de dulces. También venden empanadas, la tradicional capirotada y un postre típico de Querétaro en Semana Santa, son los famosos rellenos, de los cuales había ya leído en las Viñetas Queretanas de Luis Vega y Monroy y otros libros, pero que pensé ya no se elaboraban. Son panes parecidos a una cemita y se rellenan de dulce de chilacayote, esa fruto de la familia de las calabazas en cuyo interior hay delgadas fibras, que hacen que al dulce que se elabora con ellas en algunos lugares le llamen cabellos de ángel, por su brillo rubio platino. Aquí el chilacayote lo han de hacer con piloncillo y no con azúcar pues el dulce está algo prieto, bueno estoy seguro que también hay angelitos castaños, así como negros. Ya una vez relleno el pan con chilacayote, el conjunto es capeado en huevo batido y luego freído a manera de un chile relleno. Al momento de servirse, el pan es remojado con miel de piloncillo, muy parecida a la que se usa en los buñuelos; también se le decora con algunas semillas de ajonjolí. Por lo remojado que queda el platillo final, sería muy incómodo comerlo directamente con la mano, así que se pone sobre un plato y se come con un tenedor. Llama la atención que el pan se envuelva en huevo batido, no considero que se aumente mucho sabor o apariencia con este paso. Quizá el capeado le agrega al platillo sofisticación o una aire de lujo o exceso, recordemos aquel dicho popular que dice que alguien presumido se siente “la divina envuelta en huevo”. También vi en varios puestos otros panes como de pasta de hojaldre dispuesta en una espiral que se rellena. Pregunté y me dijeron que también son típicos de la temporada pero no averigüe el nombre.
Son miles las personas que el jueves santo hacen la tradicional visita de las siete casas en las muchas iglesias que hay en el centro. La caminata no debe ser muy grande y hay muchos lugares donde comer durante las siete visitas. Entre los diversos templos hay también infinidad de plazas y bancas para sentarse a descansar y a ver pasar a los muchos otros paseantes. He de confesar que cuando voy solo al centro, disfruto cada vez más este tan simple entretenimiento. El viernes santo ya cerca de las ocho de la noche, se hace la solemne procesión del silencio, que también lleva miles de personas al centro entre participantes y espectadores. A espaldas del templo de Santa Clara se encuentra el jardín Guerrero, ahí se instalan muchos puestos de artesanías y de los tradicionales judas que se han de quemar o más bien tronar el sábado de gloria. Venden textiles cerámica, juguetes de madera y cartón. No faltan las tradicionales matracas, de todos tamaños, yo compre una de casi cuarenta centímetros de largo, para llevar a los eventos deportivos del Tec. No adquirí un judas, pues donde vivo no hay un espacio suficientemente grande como para tronarlo con seguridad. Había diablos, esqueletos, chivas, pero ya no encontré algún Salinas de Gortari con sus billetes en la mano. Me llamó la atención ver un judas con barba y con un gorro como de musulmán, que me imagino representaba a Osama Bin Laden. Me niego a pensar que ese personaje preocupe mucho a los mexicanos o lo consideren un gran traidor, pero unos días después leí una nota en ABC News en la que se decía que de miles de personas entrevistadas sobre la posibilidad de aplicar la pena de muerte a Osama, sólo en México y en Estados Unidos más de la mitad de los entrevistados aprobaron la pena capital. Yo siento que Bush Jr. llena más el perfil para ser considerado un gran traidor contra toda la humanidad. Además, no podemos empezar a sentir animadversión por los enemigos de nuestros primos o pronto estaremos odiando a muchos.
En una de las esquinas del jardín Guerrero, rumbo al convento de capuchinas, hay un negocio que vende los llamados gaspachos. No es la sopa fría de la cocina española sino una especie de cocktail de frutas muy condimentado. Yo lo había probado hace casi 20 años en Morelia y me imagino que su origen es michoacano, como muchos platillos aquí en Querétaro. Lo probé justo en el jardín a un lado de la catedral de Morelia; ahí eran jícama y mango picados a los que se les agregaba un poco de vinagre, chile, limón y queso rallado. En este negocio de Querétaro pican en pequeños cubos melón, sandía, piña, jícama, pepino y mango, le agregan vinagre muy rebajado, jugo de naranja, limón, sal, queso y un chile molido que llaman negro, que explican que no pica pero pone sabor. Al final el cliente puede agregar chile picante al gusto. En estos días calurosos los gazpachos son una buena opción para los tragones, su sabor es muy bueno, son frescos y con uno grande queda uno satisfecho. Los hay de 10, 15 y 30 pesos, siendo este último un recipiente con capacidad de un litro. Atinadamente la propaganda del lugar anuncia “si quieres verte bien, come gaspachos”. A mi me gustan por su exótico sabor, aunque su bajo contenido calórico tampoco me cae mal, pues he subido unos kilos desde mi llegada a esta ciudad. Mis investigaciones culinarias han tenido este efecto, pero no por eso dejaré de hacerlas (declaración de un mártir del conocimiento). Ahora viene la larga espera hasta las fiestas de días de muertos, donde espero disfrutar nuevamente los puestos de comida y descubrir otras costumbres gastronómicas locales.

domingo, 2 de marzo de 2008

Otra cantina



Don Amado.
Los mejores años de mi vida están por llegar a su fin, mis hijas están muy cerca de convertirse en adolescentes (aborrecentes como dice mi comadre). Terminan esos años en que Ana Violeta y Daniela eran inmensamente felices escuchando por horas cuentos o relatos, cuando salir de paseo era siempre emocionante y su padre era Chicho López, superhombre que todo lo sabía y podía. Esos días en que al llegar a la casa me recibían con inmenso gusto y los besos y abrazos nunca parecieron cansarles o molestarles; momentos de interminables sonrisas provocadas por apenas una caricia, un dulce, un sencillo juguete o un paseo sobre mis pies o mis hombros.
A medida que ellas crecen, mis supuestas gracia, amenidad, sabiduría y fuerza disminuyen ante sus ojos. Cada vez soy menos divertido, más irascible, más aburrido y ojala nunca llegue el día en que me convierta en alguien al que quieran evitar por completo. Esa es la ley de la vida y la acepto, pero no me hace feliz. Su creciente independencia por otro lado, ha traído otros cambios a mi vida. Ahora nos es posible dejarlas en casa solas por un par de horas y salir a cenar o quizá a ver una película no infantil. Por casi ocho años hemos visto casi todas las películas para niños en cartelera. También las fiestas a las que ambas asisten son cada día más tarde y nuestra presencia menos requerida o esperada. Su nueva autonomía es al mismo tiempo recobrada independencia temporal para sus padres, hasta cierto punto agradable, pero signo de una nueva etapa que me hace añorar y llorar aquello que ya jamás volverá.
El sábado pasado llevé a mis hijas a una fiesta de disfraces que inició a las ocho de la noche. Estrella y yo no regresamos a casa, ni fuimos al cine, sino a un breve paseo por el centro de la ciudad. Había algo de tráfico en la zona del Convento de la Cruz, pero pudimos encontrar un lugar donde estacionar el automóvil y desafiar el helado viento en una breve caminata. Por fin pude visitar una cantina que tenía meses de querer conocer; un estudiante de Programas Internacionales me habló de ella hace casi un semestre, pero nunca me animé a ir solo.
El lugar se llama Cantina Don Amado y se encuentra en la esquina de Gutiérrez Nájera y Cinco de Mayo, a una cuadra del Convento de la Cruz y a unos cuantos metros de la Cenaduría Blas. Desde la primera vez que lo identifiqué, el lugar me atrajo por su rusticidad. Se encuentra en un pequeño local justo en una esquina. La construcción está bellamente deteriorada, como si fuera una construcción al menos del siglo XIX y probablemente lo sea, pues sus muros tienen casi 80 centímetros de espesor y está hecha de una mampostería muy irregular. Tiene puertas a ambas calles y no hay letrero alguno que la identifique.
En su interior hay los elementos indispensables para considerarla una buena cantina. Hay apenas cuatro mesas, una de ellas doble, como para dar acomodo a un grupo de seis u ocho parroquianos. Las mesas y sillas son de plástico blanco con el logotipo de una cerveza. Tiene una pequeña barra, frente a la que debe haber unos cuatro o cinco bancos. Tras este modesto mueble característico de este tipo de lugares, hay en un extremo una pequeña estufa y un refrigerador, seguramente para la preparación de la botana. Al otro extremo está una muy raquítica repisa, con un minúsculo espejo, como para cumplir con el estereotipo y unas cuantas botellas de bebidas alcohólicas. El surtido es limitado pero no podría ser de otra manera, a riesgo de romper con la modestia del establecimiento. Casi cerrando el acceso a la parte posterior de la barra hay un gran refrigerador de una cervecería. Hay en el otro extremo frente a la barra la indispensable sinfonola o rockola, sencilla, poco vistosa, pero equipada con una pantalla para hacer la selección de la música a través de unos cuantos botones; dos canciones por cinco pesos. Arriba de la sinfonola, en una repisa, hay una modesta televisión con una pantalla de no más de 10 o 12 pulgadas. No veían el fútbol a pesar de ser sábado por la noche, sino una película de Cantinflas. Las paredes son blancas y en ellas cuelgan algunas fotografías de artistas nacionales, de viejas cantinas o pulquerías y un par de recortes de periódicos que han descrito este peculiar lugar. Fue en ellos donde me enteré que el establecimiento tiene cerca de setenta años de antigüedad y que fue fundado por don Amado en otro sitio de la ciudad. Se explicaba que por muchos años la cantina funcionó en la que en esos años fue la zona de tolerancia del Querétaro, pero cuando el sitio fue desarticulado, este establecimiento emigró a otra parte de ciudad.
Estrella comúnmente no bebe, pero aceptó acompañarme. Cuando llegamos había apenas una mesa ocupada, pero momentos después llegarían más clientes a mesas y barra. Yo pedí una cuba de Ron Castillo y me la sirvieron acompañada de un caldo de camarón y unos cacahuates. Después de un rato, al ver que nadie atendía a la televisión, me levanté para seleccionar algo de música. Lo que se ofrecía era muy moderno y como que poco común para una cantina, así que ignorando a José José , Luis Miguel y grupos de música Pop me senté algo molesto porque ni Javier Solís, ni José Alfredo Jiménez, ni Los Tigres del Norte se encontraban en la máquina. Tras unos minutos pedí una segunda cuba y me ofrecieron tacos de botana, pero no los acepté, pues tenía planeado comer en otro lugar más tarde. Ya casi para retirarnos pregunté qué licores tenían, pues me gusta cerrar con algo dulce. No había ni Kaluha, ni Anís Las Cadenas, tan sólo Anís del Mico (del Mico, no del Mono); pensando que Estrella quisiera una probadita para soportar con más ánimo el frío afuera, pedí el anís. Sabía como a licor adulterado, pero le dimos un par de probaditas antes de irnos. La cuenta no fue de más de ochenta pesos, lo cual hizo que el lugar me gustara todavía más. Al salir de la cantina me dirigí a un establecimiento que se encuentra justo en otra esquina de la misma cuadra, rumbo a Convento de la Cruz. En esa cenaduría, que creo lleva el nombre de Jalisco, venden un pozole que todavía no he probado, pero que genera largas filas de espera. En un rincón del lugar venden unos notables tacos de buche, es más bien un surtido de cerdo, pero son al vapor, no cocinados en manteca, por lo que son ligeros y de magnifico sabor. Estos tacos fueron el justo remate para una placentera e inolvidable velada, pero que con gusto cambiaría por un minuto del efímero y ahora menguante afecto incondicional que alguna vez me tuvieron mis hijas (el 29 de febrero de 2008, estuve en Don Amado a tomarme una cerveza y me enteré que el señor Amado había muerto 10 días antes, su hijo atendía ya el negocio y junto a él aparezco en la foto).

Una cantina


La Selva Taurina
Ana Violeta mi hija mayor inició la secundaria hace un par de meses y afortunadamente hasta ahora el cambio no le ha significado mayor problema. La escuela a la que asiste le pide que participe en algún tipo de actividad extracurricular, artística o deportiva, ya sea de las que ahí mismo se ofrecen o en cualquier otra institución. Hace unas tres semanas empezó a tomar clases de baile en la Casa de la Juventud del Instituto del Deporte y la Recreación del Estado de Querétaro (INDEREQ).
Esta institución se encuentra a espaldas de famoso Convento de la Santa Cruz de Querétaro, de hecho todas las instalaciones se encuentran dentro de un viejo muro de piedra, por lo que seguramente era el huerto del mismo convento. La construcción franciscana seguramente apareció desde el siglo XVI, segunda en importancia al Convento Grande de San Francisco, hoy museo regional de Querétaro en la parte más céntrica de la ciudad. A mediados del siglo XVII la Santa Cruz se convirtió en El Colegio Apostólico de Propaganda Fide, institución en la que prepararían cientos de misioneros franciscanos que participaron en la conquista espiritual de numerosos territorios de la Nueva España y otras partes del Imperio Español. Pero más allá de su significativo papel en la empresa misionera, el convento es conocido por encontrarse ahí el famoso árbol o arbusto que tiene grandes espinas en forma de cruz, además de minúsculas espinas justo en los lugares que colocaron los clavos de la crucifixión. Según la leyenda el arbusto creció del bastón que clavara en la tierra fray Antonio Margil de Jesús, uno de los misioneros más destacados del convento. De hecho, en uno de los patios interiores se encuentran varios arbustos de espinas en forma de cruz y por la cantidad de espinas que se venden a manera de souvenir por todo Querétaro, estoy seguro que algunos emprendedores queretanos deben tener su propio árbol en algún otro lugar.



La Casa de la Juventud tiene un campo de fútbol, pista de atletismo, auditorio, alberca techada, gimnasio, vestidores y jardines. El conjunto fue construido durante la presidencia de Adolfo López Mateos (1958-1964), pues hay ahí una gran placa con su nombre y rostro en bajo relieve, además de un maltratado mural que presenta un pujante y moderno México posrevolucionario y en el que también aparece el mandatario entre un grupo de jóvenes deportistas. El lugar se encuentra en buenas condiciones, considerando su edad; seguramente el gobierno estatal le ha dado constante o reciente mantenimiento. La única parte que luce deteriorada es un gran boquete en la parte norte del muro de piedra, pero una gran placa identifica esa brecha como el lugar por el cual entraron las tropas de Mariano Escobedo el 15 de mayo de 1867, para poner fin al sitio de Querétaro y al Imperio de Maximiliano.
Un día jueves por la tarde llevé a mi hija a sus clases de baile y nos acompaño Daniela su hermana menor, pensábamos dar un corto paseo por los alrededores de la Casa de la Juventud en lo que terminaba la clase, pues muy cerca se encuentran varios sitios de interés, como la Rotonda de los Queretanos Ilustres, lugar donde reposan los restos de ínclitos personajes de esta tierra, encabezados por la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez. Caminamos hacia la Plaza de los Fundadores, que se encuentra justo frente Convento de la Cruz y contiene esculturas de algunos habitantes de los primeros tiempos de Querétaro, donde por cierto el gobierno municipal recientemente concentró a las indígenas, que comúnmente conocemos como Marías y que antes vendían sus artesanías textiles por las calles del centro histórico. Visitamos la cercana librería Kulturunea, comercio en el que toda la familia ha adquirido libros anteriormente y siempre ofrece algo barato e interesante. Durante el paseo advertí a un costado del Convento de la Cruz una cantina con el nombre de La Selva Taurina, llamó mi atención el nombre y su apariencia, por lo que me asomé a su interior desde la puerta; no entré pues iba acompañado de Daniela. El lugar se veía limpio, con clientela e interesante. Así que ni tardo ni perezoso, fui a dejar a Daniela al auditorio donde toma clase Ana Violeta, con instrucciones de no salir de ahí hasta que volviera unos 25 minutos más tarde. Regresé a conocer el lugar mientras que me tomaba una cerveza, pues aunque eran ya casi las siete de la tarde, hacia calor y estaba algo sediento.
Un letrero sobre la puerta de entrada informa que el establecimiento fue abierto en 1942 por el señor Pedro González Matehuala. Ya en el interior pude leer en un recorte de periódico que se exhibía enmarcado sobre una pared, que el señor González fue un habitante del barrio de la Cruz, fundador de la cantina y promotor del pequeño comercio en la zona. La cantina no es muy grande, serán unos 65 metros cuadrados, en la parte que se puede ver, sin contar la cocina o bodega si la hay. Al centro del local está la barra, todo el mobiliario es de madera casi roja incluso el piso y el techo. Hay como seis o siete bancos en forma de equipal en la barra y debe haber unas diez o doce mesas en todo el lugar; cuatro o cinco estaban ocupadas durante mi visita. Decoran las paredes nueve grandes cabezas disecadas de toros de lidia, así como muchos carteles taurinos, hierros para marcar reses de diferentes ganaderías y listones multicolores; distintivos que identifican la ganadería del toro que sale al ruedo. Sobre la puerta se exhibe dentro de una vitrina un hermoso capote de paseo. Las entradas a los sanitarios y a la cocina semejan las tablas de un burladero. Me llamó mucho la atención el hecho de que en el establecimiento hay seis televisiones montadas en soportes en lo alto de las paredes, demasiadas pensé. En un rincón está la indispensable sinfonola y a punto estuve de poner una canción de Javier Solís, pero la cerveza se terminó mucho más rápido de lo que hubiera deseado. Platiqué con el cantinero que me dijo que el lugar funciona de doce a dos y que como tradicional cantina sirve botana mientras se consuman bebidas. Al parecer la especialidad es la carne asada en tacos, incluso me dijo que ya en uno minutos empezaban a servirla, pero no pude quedarme pues un par de niñas me esperaban, además así solo, como que no se disfrutan este tipo de lugares. Poco a poco y de manera fortuita voy descubriendo Querétaro, que como todo México, esconde interesantes tesoros aquí y allá.