miércoles, 6 de agosto de 2008

Ay! Jalisco no te rajes.






La provincia jalisciense I.

A inicios del mes de julio visitamos a nuestros compadres Muciño Flores en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Ambas familias tenemos un origen chilango, fugados a la provincia, pero ellos hace más de diez años. Alfredo, mi compadre, tiene una pequeña compañía de refrigeración industrial; Frioingeniería. De hecho los primeros dos días de nuestra visita lo acompañé a trabajar, pues montaba equipos de refrigeración en una planta de quesos en la vecina Tepatitlán, ciudad de los Altos de Jalisco, emporio lechero y avícola. El tercer día todos salimos de paseo a la vecina población de Tapalpa, que se encuentra a unas dos horas de Guadalajara, cerca de Sayula, en el camino hacia Colima o la costa. El día estaba algo nublado y llovía ligeramente a ratos y como Tapalpa se encuentra en las montañas entre un gran bosque de confieras, el clima le dio una atmósfera muy especial a nuestra visita. Muy cerca de Tapalpa, hay varios fraccionamientos de hermosas casa de verano o fin de semana de familias de la región. Me recordó mucho Valle de Bravo, pero con una mucha menor densidad de población. Esporádicamente nos envolvía la niebla, a ratos caía una ligera lluvia y el brumoso día fue el marco perfecto para la belleza de la región. Las lluvias de verano habían llenado el paisaje de verdor y cada lugar al que se mirara parecía una tarjeta postal. La población está llena de pequeños hoteles, cabañas que se rentan, restaurantes y tiendas de artesanías. El lugar debes ser muy concurrido los fines de semana pero nuestra visita a mediados de semana y en un día lluvioso nos permitió disfrutar Tapalpa casi en exclusiva. Al centro de la población hay una magnífica iglesia (San Antonio de Padua), construida toda de ladrillo rojo y sin recubrimiento alguno. Columnas, cornisas, bóvedas, nervaduras, arcos, nichos, muros, lucen muy hermosos de ladrillo y con una gruesa junta blanca, no había visto una iglesia así nunca, el modesto ladrillo luce simplemente majestuoso. En la plaza principal hay atractivas construcciones con portales en la planta baja y balcones de madera en la planta alta. Muy cerca de Tapalpa hay un sorprendente atractivo natural, Las Piedrotas, le llaman. En un amplio y verde valle se encuentra un conjunto de colosales rocas, algunas de cientos o miles de toneladas y con diez, quince o veinte metros de altura. Cuando se les ve a la distancia parecen grandes, pero al llegar junto a ellas, sorprende su gigantesco tamaño. Comimos en un acogedor restaurante y probamos dos especialidades de la región, los tamales de acelga y la Cuachala (carne de cerdo deshebrada en una espesa salsa de jitomate y chile), pero no probamos otro platillo local, el borrego al pastor, que al parecer se prepara más como se hace en el Medio Oriente, que como la barbacoa. Las artesanías de la población son licores, rompope, queso, frutas en conserva, dulces típicos, artículos de lana y diversos objetos de madera tallada. Tapalpa recibió al igual que Bernal, Querétaro, la denominación de Pueblo Mágico y en realidad no es un grupo de atractivos, sino la población entera es hermosa, un ambiente rústico y natural muy agradable.

martes, 1 de julio de 2008

Paraiso tropical

Lugar para interactuar con los delfines

Criadero de tortugas


Paraiso tropical






Cancún II.
El lugar del espectáculo nocturno del parque X-caret es un gran auditorio techado con una capacidad que estimo será de unas tres o cuatro mil personas. La función inicia a las siete de la tarde y tiene una duración de cerca de dos horas. Tengo que confesar que este magnífico espectáculo fue una de las cosas que más me gustó de todo el viaje. Tres de los cuatro lados del auditorio son gradería con asientos, como la de cualquier gimnasio o estadio, pero la cuarta, en una cabecera, tiene pequeñas mesas, se puede cenar mientras se ve la función. La primera parte es histórica; se presenta un desfile de personajes ataviados a la manera de los mayas prehispánicos. Su ropa, collares de cuentas, calzado y penachos seguramente reproducen aquellos de innumerables figuras que se encuentran en murales, cerámica y esculturas originales mayas. El desfile es impresionante por su solemnidad y calidad del vestuario. Después de algunos minutos dos grupos se separan e inician un juego de pelota de cadera. En Mesoamérica se jugó la pelota de muchas maneras: con una pelota pequeña, que se golpeaba con el brazo, la mano o un bastón; otra con una pelota un poco más grande, que por su tamaño y peso sólo se puede golpear con la cadera. El juego de pelota de cadera es sin duda más espectacular; el único lugar donde todavía se jugaba en el país era Sinaloa, lo llaman Ulama y precisamente de esa región tuvieron que importar a los primeros jugadores las personas del parque que pensaron en recrear este juego. Los jugadores inician jugando a mantener el bote de la bola de un lado a otro de la parte central de la cancha, luego de un rato suben a los inclinados laterales de la cancha para tratar de pasar la bola por el centro de los anillos que se encuentran a los costados. Habría que aclarar que aunque la mayor parte del público desconoce el juego o lo ve por primera vez, muy pronto aplauden las buenas jugadas, se emocionan y ovacionan con entusiasmo. Más adelante se presenta una leyenda purépecha, al final de la cual hay otro juego de pelota, pero esta vez el juego es en la oscuridad, la pelota está cubierta de algún líquido inflamable, está encendida y la golpean de un extremo a otro de la cancha con unos bastones. De nuevo el público se emociona y ovaciona las mejores jugadas. El espectáculo va mejorando y el público parece admirar cada vez más esta recreación de las culturas prehispánicas, cuando por un extremo de escenario, aparecen otros actores vestidos de españoles; el efecto es de gran sorpresa y quizá hasta de consternación. En una bien lograda coreografía se simula la conquista, tanto la militar como la espiritual, esta última cuando algunos sacerdotes acaban por imponer la cruz encima de monolitos indígenas derrumbados. Más adelante el público aplaude cuando un indígena con una flauta interpreta una melodía junto a un conquistador que tañe una guitarra. En algún momento de la parte de la conquista, no lo recuerdo bien, aparece un sacerdote de gran penacho y máscara de cráneo en una plataforma en lo alto de la gradería. En el brazo del personaje hay una gran águila, misma que emprende el vuelo, el ave hace un majestuoso recorrido circular por lo alto del auditorio. En ese instante experimenté algo que no había tenido en años, un sentimiento de gran gozo ante la belleza de momento y una extraña y placentera sensación que me recorrió todo el cuerpo. El momento fue breve, pues el águila hizo un solo giro por lo alto del auditorio, para luego abandonarlo por una esquina.
La segunda parte del espectáculo consiste en bailes típicos de las diferentes regiones del país. La producción es magnífica tanto por los vestidos, la música y la detallada escenografía. Como en muchos espectáculos de este tipo, los bailes de Veracruz y Jalisco se dejan para el final. Me gustó mucho el tradicional baile de los viejitos de la región de Michoacán. El baile es hermoso, rítmico y muy bien montado, pero causa gran sorpresa y admiración del público, cuando al final del número, los danzantes se quitan del rostro las máscaras y sombreros y se advierte que todos ellos son personas mayores de 60 años de pelo cano o casi calvos. El número de cierre es magnífico; salen al escenario algunos de los personajes que han estado en los diferentes cuadros o bailes del espectáculo, unos cuantos ondean las banderas de varios países del mundo. De pronto se empiezan a escuchar las primeras notas del Son de la negra, melodía que hace brotar el sentimiento nacionalista en el pecho de todo buen mexicano. Al mismo tiempo aparece en el extremo del escenario un jinete en hermoso caballo, ataviado con un elegante traje de charro y portando la bandera de México. Al momento que entra al escenario, inician el vuelo tras de él ocho o diez grandes guacamayas en una explosión multicolor. Sobra decir que aquello que sentí al ver volar el águila, se repitió en este momento, pero esta vez por más tiempo. Las guacamayas ascienden hasta lo más alto y dan varias vueltas al auditorio. Confieso que fue tanta la emoción que incluso un par de lágrimas asomaron a mis ojos. El nacionalismo es un dogma de fe completamente irracional, todo en él es sentimiento y emoción. Más adelante reflexioné que mi arranque sentimental fue casi como el comportamiento de un perro de Pavlov, pero vaya que se sintió muy bien. Fue un momento sublime, magnífica manera de poner fin a un día inolvidable.
A la mañana siguiente descansamos en la playa y recorrimos algunos centros comerciales de Cancún por la tarde. Desde mi visita anterior han abierto nuevos lugares, me sorprendió uno llamado La isla, pues por su arquitectura, clientes y tiendas, me hacía sentir más en la península de la Florida que en la de Yucatán. Poco compramos, pero comimos muy bien en un lugar de comida china. Al volver al hotel por la tarde abordamos un autobús y nos tocó presenciar un incidente con un grupo de carteristas; fui afortunado una vez más; una parada más tarde yo hubiera sido la víctima.
Otro día visitamos Isla Mujeres. Muy temprano nos embarcamos desde un muelle en el que días después, según vimos en la televisión, se hundió un barco con turistas al dañarse el fondo de la embarcación en un arrecife. Nuestra travesía fue tranquila y sin problemas. De nuevo con un paquete, habíamos reservado que Ana y Daniela nadaran con delfines. Nosotros las observamos desde la distancia, ellas disfrutaron mucho la experiencia. Hicimos también un recorrido por la isla donde vimos otro tortugario, un hermoso acantilado en un extremo de la isla, el exterior del Parque Garrafón, algunas casas muy hermosas, los increíbles colores del mar Caribe y la población principal de la isla. Caminamos cerca de una hora por sus calles, muy angostas por cierto. El lugar no me resultó atractivo, hay muchas tiendas con artesanías baratas, feas y de poca calidad. Pensé en Tijuana, la población más visitada de México y el mundo, pero no precisamente la más hermosa. Justo al otro extremo de nuestro país creí ver otra Tijuana. Quizá así me pareció la población, luego de visitar los lujosos y sofisticados centros comerciales de Cancún. Busqué también una marisquería, tenía el firme propósito de probar un cocktail de caracol, pues nunca lo había comido. En pleno malecón encontré un buen lugar y ordené uno grande. El sabor del caracol no es muy fuerte, predominan los ingredientes complementarios, pero sí es muy característica su consistencia, firme sin llegar a dura, parecida a las del callo de hacha o la pata de mula que había probado en Mazatlán. Ahora tengo que probar el abulón, no de lata sino fresco, pero este se encuentra en la otra península de nuestro país, la de Baja California. Nuestro regreso a la ciudad de México fue también sin contratiempos, vaya que disfrutaron el viaje mis hijas, me imagino que todavía más, al constantemente recordar que debían estar trabajando en la escuela, mientras nadaban en las tibias aguas del Caribe mexicano.

jueves, 26 de junio de 2008

Paraiso tropical






Paraiso tropical.





Cancún I.
A fines del pasado mes de mayo salí de vacaciones con la familia casi completa, Estrella, Ana Violeta y Daniela; pues la Nala (nuestra perra) esta vez no pudo acompañarnos. Nuestro destino fue la muy turística ciudad de Cancún, que cada que la visito me sorprende por su rápido crecimiento. Este famoso lugar turístico inició su desarrollo en la segunda mitad de los años setenta, a fines de la presidencia de Luis Echeverría y nada había entonces en el lugar, apenas algunas palapas de pescadores. Es ahora una ciudad con aeropuerto, cientos de hoteles, grandes avenidas, estadio, mercados, universidades, todo lo propio de una gran urbe y en poco más de treinta años. El viaje adelantó las vacaciones de mis hijas, pues ellas todavía no terminaban su año escolar, pero tenía que ser en esas fechas, pues yo debía impartir un curso de verano en junio y luego en julio ya sería temporada alta, con mayores precios y afluencia turística. Este viaje fue nuestra primera experiencia en turismo organizado; contratamos un paquete con transporte y hospedaje. No me gusta mucho este tipo de turismo, tan constreñido o planeado. Casi siempre salimos a pasear de forma independiente, cuando mucho reservamos hotel. Prefiero viajar en auto y visitar aquello que deseo y cuando lo deseo y si el lugar no nos gusta poder modificar lo planeado. Pero mis hijas querían conocer Cancún y también viajar por primera vez en avión. Por años espere que mis hijas tuvieran más de 10 años para hacer un viaje en automóvil hasta Cancún, pero pasando y conociendo Villahermosa, Palenque, Campeche, Mérida, varias zonas arqueológicas mayas y al final Cancún. Bueno todavía puedo hacerlo finalizando en la blanca y hermosa Mérida. Me gusta visitar los mercados, comprar artesanías, conocer pequeños poblados, observar sus habitantes y costumbres, comer la auténtica comida local y nada de esto pude hacer esta vez. Poco durante mi recorrido me recordó que me encontraba en la tierra del faisán y del venado.
Todo resultó muy bien y al final hasta afortunado me sentí. Contraté un paquete con una compañía llamada Magnicharters que tiene sus propios aviones y te aloja en el hotel que se desee. Una par de semanas luego de nuestro viaje, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes suspendió temporalmente los vuelos de Magnicharters. Un lunes muy temprano volamos sin problemas hasta Cancún, el clima era caluroso, pero no más que la temperatura que habíamos tenido en Querétaro por esos días. El hotel Presidente Intercontinental es de los más antiguos y ya existía cuando visité Cancún por primera vez, por ahí de 1980. Tiene una playa muy hermosa, con poco oleaje y que no alcanza gran profundidad por muchos metros. Contratamos para el segundo día un tour al parque de X-caret, un autobús pasó por nosotros al hotel a eso de las 8 de la mañana. Me sentí turista que recorre toda Europa en un mes y pasando por cada atractivo importante 25 minutos. Pero la verdad que los consejos del guía nos fueron de gran utilidad e incluso me vendió una cámara desechable y sumergible con la obtuve fotografías que serán insuperables recuerdos. El autobús iba casi lleno de recién casados, éramos solamente dos las familias con hijos. El viaje al lugar nos tomó casi una hora y media, esa mañana pude ver lo mucho que ha crecido la ciudad más allá de la zona hotelera. Había visitado X-caret casi 10 años antes y sus atractivos e instalaciones se han multiplicado. Al llegar hice una cita para ir a nadar con snorkel a un arrecife cercano. Tan pronto como nos fue posible nos cambiamos de ropa y fuimos a iniciar el paseo por el río subterráneo, el parque tiene ahora dos recorridos, uno por un río a cielo abierto, me imagino que para los claustrofóbicos o niños temerosos de la oscuridad; el otro bajo tierra, pero con entradas de luz a distancias regulares, por lo que se está siempre en penumbra. El recorrido es muy relajante e interesante, como se usan chalecos salvavidas no es necesario nadar; se flota lentamente con la corriente por casi una hora, una distancia de aproximadamente un kilómetro. Enseguida abordamos una lancha que nos condujo a un arrecife fuera del parque. La experiencia resultó única, al increíble color del mar Caribe se la agrega su transparencia. Para mi sorpresa, ningún miembro de la familia expresó dudas o temor. Obviamente la actividad se hace también con un chaleco salvavidas, visor, snorkel y aletas que dan seguridad y le permiten a uno observar el arrecife desde la superficie, para no dañarlo y sin agotarse. Al volver al parque nos cambiamos de ropa, pues ya no haríamos más actividades acuáticas. Enseguida recorrimos el acuario y el tortugario, ambos asombraron a mis hijas. Hicimos una pausa para comer en uno de los muchos restaurantes distribuidos en el parque, cada uno con una especialidad. La comida es buffet y está incluida en el costo de entrada. En el restaurant que comimos había gran variedad de platillos, todos de buen sabor, nada extraordinario, pero está siempre el atractivo al goloso, comer en abundancia. Con la barriga llena y el corazón contento nos dispusimos a caminar mucho para bajar la comida; recorrimos algunos de los múltiples atractivos de X-caret: zoológico, pueblo maya, zona arqueológica, mariposario y cementerio mexicano. El pueblo maya es un lugar muy bonito con varias chozas o jacales a la manera tradicional de los hogares mayas. En cada construcción del conjunto hay una o varias personas elaborando artesanías tradicionales mayas. Ese fue uno de los pocos momentos en que recordé que no estaba en otro país, sino en la península de Yucatán. Había piezas talladas en piedra caliza, dibujos mayas pirograbados, ropa bordada, hamacas, sobreros y bolsas de palma tejida. Un artesano indígena labraba maderas preciosas con diseños originales mayas. Compré un hermoso danzante en madera de cedro. Esta figura es muy conocida y reproducida, pues muestra la maestría de los dibujantes mayas al representar la figura humana bien proporcionada y en detallado movimiento. El dibujo original está en un vaso policromado que se encuentra en el Museo Peabody de la Universidad de Harvard. El cementerio mexicano es una especie de túmulo artificial que en sus faldas o costados tiene en círculos concéntricos cientos de tumbas simuladas, decoradas como seguramente lo hacen en diversas partes del país: pequeñas iglesias, fuentes, cruces y ornamentación en todos los estilos y materiales, un lugar muy hermoso, como son en realidad muchos cementerios. Ya no pudimos visitar otros atractivos del parque pues teníamos que dirigirnos al lugar del espectáculo nocturno que prácticamente cierra el día en X-caret.

lunes, 23 de junio de 2008

Viva México, hijos de la..... Patria!




Fiestas patrias.
Tenía tiempo que no escribía, ahora con la familia aquí en Querétaro, ya mis tardes están más ocupadas que cuando viví solo y me quedaba después de clases en la oficina a escribir. Ahora tengo más tiempo en sábado o domingo, pues ya no viajo a México cada fin de semana, este texto lo escribo en casa un sábado. En septiembre llueve fuerte por aquí en Querétaro, en este mes fueron las famosas inundaciones de hace tres o cuatro años. Sigue también haciendo calor, de día en la oficina o los salones no lo siento tanto; pero por las noches tengo que dormir con la ventana abierta. Me imagino que pronto la temperatura empezará a descender, pero no me preocupo pues ya estuve aquí el invierno pasado y el frío es moderado.
El pasado 15 de septiembre (2006) fui a la nueva escuela de mis hijas a ver bailar a Daniela. Ese día hubo ceremonia y le tocó a cuarto año conducir los honores a la bandera. Por suerte fue viernes, en ese día mis clases inician a las 9 de la mañana y la ceremonia era a las 8. Temprano me fui a la oficina, me gusta llegar a eso de las 6:15, prepararme un té con galletas y leer los periódicos antes de irme a las clases que inician a las 7:30. Esta vez, a esa hora me fui a la escuela de mis hijas que se encuentra al otro lado de la ciudad. Tardé unos quince minutos en llegar a mi destino y hasta tuve que esperar el arribo de la familia afuera de la escuela. Fue una suerte poder asistir a la conmemoración, pues además del evento, la visita me trajo gratos recuerdos de mis estudios primarios. En lo que esperaba pude ver a los estudiantes más jóvenes de la primaria llegar casi arrastrando sus grandes mochilas, buscar a sus amigos y esperar la hora de entrada platicando. Fue como volver a los lejanos y añorados años sesenta cuando yo estudié mi primaria. Ahora muchas mochilas tienen ruedas, pero la desproporción entre el tamaño de los niños y el peso que cargan o arrastran es la misma. Recordé también como a esa edad la ropa del uniforme es comúnmente un par de tallas más grande, para que se pueda seguir usando mientras se crece, además a los niños parece no importarles. Los estudiantes de los dos primeros grados, parecen más enanos de un circo, que niños en edad escolar, la desproporción de mochilas y ropa ayudan a dar esta impresión. Ya no recordaba que es necesario formarse para entrar al salón de clase, esta vez la formación fue para presenciar la ceremonia. Un par de minutos antes de las ocho dieron la orden de adoptar la posición de firmes y saludar a la bandera que conducía una irregular escolta, algunos elementos se adelantaban, otros se retrasaban pero todos tenían una cara de solemnidad que compensaba con creces su falta de coordinación. Inmediatamente después cantamos el Himno Nacional, me sorprendió el entusiasmo y volumen con el que los estudiantes lo cantaron; no lo murmuraron o apenas pronunciaron, como los adolescentes y adultos lo hacen comúnmente. Fue una especie de explosión patriótica muy agradable. Conducía la ceremonia un estudiante que leía en unas hojas de papel aquello que seguramente su maestra había escrito. Leía todo como si estuviera platicando con sus amigos, de forma poco solemne, muy tranquila y segura; además de que estaba siempre de pie, como diría mi maestra de español de la secundaria, como vago de barrio parado en la esquina. A mi me gustó mucho su naturalidad y desparpajo. Enseguida hubo una representación de los sucesos históricos del 15 de septiembre de 1810. Algunos estudiantes de cuarto año estaban vestidos para representar al Corregidor, Corregidora, Hidalgo, Allende y Aldama. Llamaba la atención Hidalgo, quien por la sotana, peluca con gran calva y pelo cano, parecía más cómico que patriótico actor. En la representación hubo algunas imprecisiones, como el hecho de que la Corregidora no mandara el aviso de la conspiración descubierta al capitán Allende, sino a Hidalgo en boca de Allende, pero sin duda se captó la atención e interés de los presentes. Terminó la representación con Hidalgo dando el Grito de Independencia y nosotros los espectadores coreando con entusiasmo vivas por México y su independencia. El remate a la ceremonia fueron los estudiantes del mismo cuarto año bailando el Son de la Negra, nuestro segundo himno nacional. Fue pues el gran momento de Daniela, agitando una gran falda color limón con más entusiasmo que ritmo o gracia. Me dio mucho gusto que me fuera posible presenciar la ceremonia, pues desde que se enteró que iba a bailar, Daniela me pidió con insistencia que buscara la manera de asistir. Además de darle gusto a mi hija, me resultó muy placentero redescubrir, la sencillez y naturalidad de la infancia. A eso de las 8:25 la ceremonia terminó y regresé al Tec para mi clase de nueve de la mañana.
Por la tarde tuve la intención de visitar el centro histórico de la ciudad, pero sin quedarme hasta la hora del grito frente al palacio de gobierno, pues varias personas me advirtieron la gran multitud que se congregaba. Así que a eso de las seis de la tarde nos encaminamos al centro. A mi me gusta buscar estacionamiento a unas cuadras de distancia y desde ahí caminar. Pues esta vez caía tan tremendo aguacero, que aunque encontramos un buen lugar, nos fue imposible siquiera descender de mi vocho. Esperamos casi 20 minutos y como la lluvia arreciaba, mejor emprendimos el regreso, pues luego de fuertes aguaceros, las calles de la ciudad se inundan y puede uno tardar en llegar. Estrella había preparado sopes, pozole y chiles en nogada para la cena y la idea de atorarme en una inundación y no llegar a cenar me preocupó. Al día siguiente pudimos ya visitar el centro y en uno de los costados del jardín Zenea cierran una calle donde se instalan muchos puestos de comida. Para mi pesar iniciamos la visita justo después de comer y no pude siquiera probar un platillo. Vendían enchiladas, gorditas, pozole, pambazos o guajolotas, como aquí les llaman. El próximo año tendré cuidado de administrar bien mi hambre para hacer los honores a la patriótica gastronomía del jardín Zenea. Pero el día 15 pudimos llegar a muy buena hora a casa. La cena resultó tan tentadora que no pudimos esperar el final del Grito para empezar. Pozole, sopes y chiles en nogada estuvieron muy buenos. No desperdicié espacio de mi estómago en los comunes sopes y cene un chile en nogada y dos platos de pozole. Por primera vez en muchos años no vi la ceremonia del Grito de Independencia en la televisión, Estrella y las niñas si lo hicieron, yo mejor me quedé en la cocina lavando platos y recogiendo. Sobra decir que tuvimos, chiles, sopes y pozole para seguir celebrando el resto del fin de semana. ¡Que viva México!

viernes, 20 de junio de 2008

Atractivos periféricos.





El Cimatario.
Diciembre ya (2006), cercanas las fiestas, pero también cercano el frío, el invierno ha estado enviando algunos avisos de su próxima llegada. Es época de enfermedades respiratorias, hay de cinco a seis estudiantes estornudando y limpiándose la nariz en cada grupo, pues ya unos días son de helada en la madrugada y otros soleados e incluso calurosos al mediodía. Estoy a punto de terminar con la labores del final del semestre, pero después tendré también mucho trabajo, hay mucho que hacer antes del inicio del próximo. Este fin de semana largo fue un respiro muy bueno entre tanto trabajo, mismo que aprovecho para escribir, pues no lo había hecho por varias semanas.
Hace casi un mes visité con la familia el Parque Ecológico del Cimatario, este espacio natural se encuentra precisamente en el cerro del mismo nombre y es la montaña más alta de aquellas que rodean la ciudad de Querétaro. Es fácil de identificar pues por su tamaño domina el horizonte sur y en la cima tiene casi una decena de antenas de todos tamaños. El parque es más una reserva ecológica, pues el acceso al mismo es limitado. Durante el día sólo lo pueden recorrer algunos ciclistas en bicicleta de montaña y corredores que se registran y obtiene un permiso especial ante el municipio. Los fines de semana hay recorridos para cualquier persona pero es necesario reservar con anticipación. Nosotros nos registramos para un recorrido general, pues hay otro en el que se visitan unas cuevas dentro del parque. Tienen una especie de microbús o camioneta grande en la que se hace el recorrido, hay un camino que llega hasta la cima haciendo una espiral alrededor del cerro. El parque tiene cerca de 400 hectáreas y hay una malla o cerca en todo su perímetro, dentro del mismo se encuentran aves de rapiña de varios tipos, serpientes, pequeños mamíferos y venados y de vez en cuando llegan a merodear por la zona algunos coyotes. Nuestra visita fue en los primeros días de noviembre y en esos días cruzaban por Querétaro miles o millones de mariposas monarcas, sin duda en ruta hacia sus santuarios en el estado de México y Michoacán. A pesar del fuerte viento se les veía avanzar lentamente, lo que hace a uno pensar en lo difícil y sorprendente que es su odisea desde Canadá. La camioneta acerca a los visitantes a la cima y a casi un kilómetro de ella se desciende del vehículo para seguir el recorrido a pie. Hay un sendero recubierto de adocreto, lo que hace más fácil y seguro el recorrido, pues en nuestro camino de ascenso, se cruzó frente al grupo una pequeña víbora de cascabel. Vimos también un par de esas aves llamadas correcaminos, de pequeño tamaño, gran cola y que no vuelan; pero corren muy rápido. Yo pensé que no los había en esta parte del país, pues los había visto en Sonora y Sinaloa, donde le llaman pitijuy. Desde la cima se domina todo el valle de Querétaro, por suerte el día de nuestra visita estaba soleado y muy claro. Pudimos ver toda la ciudad e incluso identificar a lo lejos el conjunto habitacional en el que vivimos al otro lado de la ciudad; pues las casas están pintadas en llamativos colores amarillo y blanco. Daniela estuvo muy emocionada de ver tanta vida silvestre y como acostumbra, empezó a preguntarle mucho a la guía del recorrido y a platicarle todo lo que pudo recordar de sus mascotas y su gusto por los animales. Visitamos el parque cuando caían todavía las últimas lluvias, así que todo el cerro conservaba algo del verdor del verano, el recorrido y el paisaje no han de ser tan agradables durante la época de secas.
Otro fin de semana visitamos un pequeño poblado muy cercano a Querétaro, en camino hacia San Luis Potosí. El lugar se llama Santa Rosa Jáuregui y aunque es pequeño y no muy bonito, tiene como atractivo muchos lugares que preparan carnitas. Sobre la calle principal hay a poca distancia uno de otro, grandes cazos para preparar este manjar, así como las vitrinas en las que se exhibe la carne ya lista para comerla ahí mismo o llevarla a casa. Habría que tener presente que Querétaro fue parte de la provincia de Michoacán durante toda la época colonial así que comparten muchos platillos en sus gastronomías. No todas las carnitas de Santa Rosa Jáuregui son en el más puro estilo michoacano, con su naranja y azúcar para darle ese color doradito y brillo acaramelado. En la misma población hay también puestos de tamales y dorados buñuelos con azúcar o miel de piloncillo.
También muy cerca de Querétaro hay otro singular poblado que se especializa en la venta de artículos de cuero. Se llama San Vicente Ferrer y no sólo es muy pequeño, sino hasta algo feo, pero cerca de su plaza principal se encuentran unas dos decenas de establecimientos en los que venden, bolsos femeninos, chamarras de cuero, carteras, cinturones, portafolios incluso calzado, sobre todo botas. Yo me imagino que la mayor parte de lo que ahí se vende no es producido en el lugar. Pero resulta interesante la especialización comercial de esta población y parece ser que la calidad no es mala y los precios bajos. Yo estuve a punto de comprarme un cinturón, pero mis hijas prácticamente querían todo lo que veían.
En días de muertos se instalan en varias calles del centro de la ciudad de Querétaro muchos puestos y acude a ellos bastante gente por las tardes. En algunos de ellos venden las tradicionales figuras de alfeñique, pasta hecha de azúcar. Otros puestos son de todo tipo de dulces casi todos con formas o decoración relativa a las festividades. También hay un gran número de puestos de comida típica, gorditas, enchiladas, tostadas y pozole. Ya iré con más tiempo y con la familia el próximo noviembre, pues esta vez recorrí rápidamente los puestos y solo.
Ahora el primero de diciembre se inauguró también la Feria ganadera de Querétaro, cierra el día 17. Además de una exhibición pecuaria, hay también puestos de comidas y chucherías, juegos mecánicos y espectáculos por la noche. Hace un año o dos hubo un accidente fatal en los juegos mecánicos y todo mundo te advierte no subirte a ellos. Como en toda feria hay palenque con peleas de gallos. No la he visitado, pero espero poder hacerlo el próximo fin de semana. Parece que esta feria es el máximo evento en Querétaro y toda la gente pregunta si ya se ha ido a ella.. Muy cerca del centro salen autobuses hacia la feria, pues además de estar en los suburbios de la ciudad, el espacio de estacionamiento parece ser insuficiente. Por atractivo que parezca, no me gustan las multitudes ni las aglomeraciones.

lunes, 16 de junio de 2008

Misteriosos tacos.






Chicharrón de res.
El sábado 14 de junio visité un tianguis con cierta fama aquí en la ciudad de Querétaro, el de la colonia Presidentes. Un colega en la escuela, así como algunos estudiantes me habían comentado sobre su tamaño y la variedad de artículos que ahí se venden cada sábado. Hubiera querido ir más temprano, pero me levanté tarde ese día. Ya a eso de las diez y media de la mañana me puse en camino. Me habían sugerido estacionar mi auto cerca del lugar y luego tomar un taxi, no porque el lugar sea inseguro, sino por lo complicado que es estacionarse en la cercanía; tal como lo comprobé al llegar en taxi. El tianguis se coloca en una especie de explanada de piso de tierra, frente al edificio de un pequeño mercado permanente. Encontré muchos puestos de cosas usadas: herramienta, ropa, calzado, artículos electrodomésticos, juguetes y todo tipo de artículos del hogar. No iba buscando algo en particular, sino conocer el lugar. Encontré en un puesto varias raquetas de tenis usadas y compré una de grafito y kevlar por sólo cincuenta pesos. Ahora que Ana Violeta está tomando clases de ese deporte pensé en tener una raqueta, para de vez en cuando practicar o jugar con ella. Mi vieja raqueta de madera, seguro me la confisca el Instituto Nacional de Antropología e Historia, si me atrevo a jugar con ella. Había varios puestos con grandes montones de ropa usada y muchas personas revisando las prendas. En la parte posterior del tianguis había también puestos de comida. Terminé mi recorrido en unos cuarenta minutos y antes de irme, entré a conocer el mercado permanente. Había puestos de fruta, verdura, abarrotes y muchos que ofrecían alimentos. Aquí en Querétaro es muy común en los mercados encontrar lugares que tienes diez o quince cazuelitas con guisados y con ellos preparan los tacos que se venden: pollo, nopales, moronga, verdolagas, huevo, calabacitas, chicharrón, picadillo, rajas, tortitas de carne deshebrada, chiles rellenos y otros más. Pero en un puesto con una gran concurrencia vi que servían tacos de algo intrigante y que no alcanzaba a identificar. De un gran cazo como de carnitas sacaban algo que parecía panza, lo picaban y con eso hacían tacos. Más por curiosidad que por hambre, pedí dos con una seña y de inmediato los prepararon con doble tortilla. Los ingredientes eran variados, pero sin duda alguna, todos vísceras de res; algo de panza, hígado, y algunas otros órganos que escaparon la identificación. Me llamó la atención que los trozos de panza que vi eran blancos en su exterior y negros en su interior (o viceversa). También me sorprendió el sabor tan moderado que tenía, pues por lo regular mucha gente rechaza comer vísceras por su fuerte gusto. Su sabor y apariencia no era de algo muy grasoso, a pesar de que seguramente se fríen en sebo o grasa de res, quizá no lo suficiente como para hacerlos crocantes. Pregunté por el nombre de este tipo de tacos y me contestaron que eran de chicharrón de res. El chicharrón de cerdo es la piel del mismo animal frita, pero está también el llamado chicharrón prensado que son los restos o residuos que quedan de la preparación de la carne del cerdo. Me imagino que en este caso también se le da el término de chicharrón por ser un subproducto de la res frito. Los tacos sabían bien, pero esperaba algo con un sabor más definido o característico. Otro sábado volveré al lugar para probar algunas cosas más que vi durante la breve visita.

martes, 20 de mayo de 2008

Tirando polilla






El Salto.
A principios del mes de marzo (2007) acepté acompañar a los estudiantes de 4º y 2º semestre del Bachillerato Internacional a un pequeño viaje de integración. Por más de 20 años me ha gustado salir de paseo los sábados o domingos con mis estudiantes, bueno, más que paseos, en recorridos culturales. También disfruté salir en viajes más largos con los estudiantes de Turismo de la Universidad Intercontinental por más de una década. Ha de ser la edad, pero estas salidas cada vez me emocionan menos y ya se me hacen algo cansadas. Más que cansancio físico es algo como estrés, pues desde días antes se deben hacer múltiples preparativos y ya en el viaje no deja uno de preocuparse por el itinerario, los tiempos, las comidas, las visitas al baño, que nadie falte, que todo salga bien y aunque parece sencillo, al final del día desgasta más la constante preocupación que el cansancio físico del recorrido. Pero aunque este semestre ha sido de mucho trabajo, acepté gustoso participar pues no iba como organizador y responsable y está mal que lo diga, pero disfruto mucho la compañía de mis estudiantes del Bachillerato Internacional. No consideró que sean mejores o diferentes (lo serán al final de sus tres años), pero el programa nos hace pasar mucho tiempo juntos, y por varios semestres (aquí en Querétaro, los seis semestres) y eso nos da tiempo de conocernos mucho mejor que con los estudiantes de otros programas. Además los cursos del BI no están tan atiborrados de contenidos por lo que tenemos tiempo abundante para ir a mayor profundidad en los temas y platicar, conversar o discutir. Sin duda es una relación más profunda y significativa. Al momento de escribir estas líneas, me doy cuenta que he sido muy afortunado de haber disfrutado de muy buenos amigos en vez de simples estudiantes.
El viaje fue de dos días, sábado y domingo, a un lugar llamado El Salto, muy cerca de San José Iturbide en el vecino estado de Guanajuato. Inicialmente se había pensado hacer el viaje de tres días hasta la frontera Morelos y Guerrero a recorrer un río subterráneo conocido como el Chonta, pero que tiene un nombre un poco más largo. Algunos padres pensaron que el recorrido era peligroso y se desechó esa idea. El plan B fue ir al Salto y hacer algunas de esas actividades conocidas hoy en día como extremas. El lugar es muy bonito y lo debe ser más en época de lluvias, pues aunque no estaba del todo seco, con más agua en el río y con el paisaje más verde ha de ser en verdad muy hermoso. La zona es una cañada flanqueada por grandes macizos de roca, aptos para practicar la escalada y casi al final hay un gran salto o caída de agua de casi 60 metros de altitud. La cascada la veré algún día que vuelva en época de lluvias, pues en esos días nada caía.
En una de las laderas de la cañada está el hotel, tiene cerca de una decena de cabañas con capacidad para seis u ocho personas cada una. Tiene también un restaurante de grandes ventanas y una magnífica vista a los alrededores. La principal característica de este lugar es que en cada mesa hay uno o dos grandes canastos con cacahuates todavía en su cáscara; la gente los puede comer en cualquier momento, tirando las cáscaras al suelo; así que a ciertas horas no se puede caminar sin hacer ruido por ir pisando una alfombra de cáscaras de cacahuates. Por lo que pude ver, el lugar es muy popular como restaurante familiar los fines de semana entre las personas de la región. La comida no es mala, es barato y la vista de primera. En una ladera posterior del hotel hay una pista desde la cual se lanzan personas en hang-gliders o en parapentes, para descender lentamente hasta un valle cientos de metros abajo y al final de la cañada o cañón. Anualmente celebran ahí un gran evento para aficionados a este tipo de actividades de vuelo o planeo.
El mismo sábado por la mañana iniciaron nuestras actividades; fuimos divididos en cinco equipos y teníamos que enfrentar una serie de pruebas a lo largo de los dos días: caminata, escalada en roca, tirolesa, descenso en rappel y una pista con diversos tipos de obstáculos. La idea era la de una competencia en donde se ganaban puntos por el número de recorridos que hacía cada equipo y su decisión al momento de enfrentarlos. Como en muchas actividades de este tipo, el inicio es aterrador, pues para poder participar debe uno firmar una carta en donde se libra de responsabilidad a los organizadores por cualquier accidente con lesiones o mortal y avisa uno dónde y a quién deben entregar el cadáver o los restos que se puedan rescatar. Ahí es como que el momento de más miedo, pues ya en los recorridos los guías explican como en todo hay doble seguridad y también se ve a todos haciendo las actividades sin pensarlo dos veces, asume uno que es seguro y se piensa en no ser uno el único cobarde en manifestar temor o preocupación. Dudar sería algo malo para cualquier estudiante, pero para un profesor sería peor y una mancha ante los ojos de los muchachos que ni Ariel Mejorado lavaría.
Mi equipo inició con una tranquila caminata de unos tres kilómetros por el cañón. El sendero no era muy difícil y ahí el mayor peligro era caer al agua del río (en ese momento arroyo), que lucia como el consomé de las diez enfermedades más contagiosas, pero hubo quien cayó (en otros equipos) y no murió. Nuestra segunda actividad fue la tirolesa, que consistía en deslizarse rápidamente colgado de una cuerda (pero con otra de refuerzo o seguridad) de un extremo del cañón al otro, en un viaje como de unos 30 metros de distancia pero en una parte, como a 70 metros de altura. Todos en el equipo lo hicimos tres veces. El viaje es muy breve y la peor parte es la espera. Frente a la tirolesa estaba el lugar desde el cual se iniciaba el descenso de 60 metros en rappel, justo a un lado de la caída de agua, en época de lluvia. Cuando vi la profundidad del cañón y me asomé a ver a un miembro de otro equipo descender, inmediatamente empecé a buscar mentalmente un pretexto que sonara creíble para no bajar. Tuve tiempo para encontrar uno bueno, pues nuestro turno en el rappel fue hasta el domingo por la mañana. Tras la tirolesa nos tocó hacer los recorridos en lo que llamaban la pista comando, el lugar con varios tipos de obstáculos que había que recorrer varias veces para acumular puntos en la competencia. Lo malo del asunto es que dicha pista estaba muy cerca del hotel y había que subir como 150 metros por la ladera desde el lugar donde estábamos, así que aún antes de iniciar el primer recorrido ya estaba yo muerto de cansancio por el ascenso. Prudentemente esperé el último turno de mi equipo para iniciar el primer recorrido y me sorprendí, pues pude hacerlo por completo, cuando algunos de los estudiantes no pudieron pasar por encima de un muro de cómo tres metros de altura o un pasamanos de cinco metros de largo. Eso sí, a la cuarta vuelta decidí no buscar heroicamente un infarto y dejé a los muchachos aumentar nuestro puntaje. Sobra decir que tenía 20 o 25 años de no estar tan, pero tan cansado. Me dolía hasta el pelo y además en la pista me había lastimado de nuevo la cintura, una lesión que padecí por años. Lo bueno del asunto es que las actividades del día siguiente no eran tan demandantes físicamente y la parte más difícil sería salir nuevamente desde el fondo del cañón. Me preocupaba también la amenaza de mis compañeros de cabaña, los muchachos más canijos del 4º semestre del BI, de no dejarme dormir esa noche; confiaba yo en que estuvieran tan cansados como yo y cayeran rendidos a eso de media noche. Más que no dormir, me preocupaba la dureza del colchón en mi cama, pues de ser muy blando amanecería, no sólo cansado, sino todo torcido como don Teofilito. Por suerte acompañaba al grupo un paramédico, al cual durante la cena pedí ayuda. Me dio un par de pastillas y un poco de ungüento que me puse de inmediato en la parte posterior de la cintura. La mayor parte de mis compañeros de cabaña cayeron dormidos antes de las 12 de la noche, pero un par me mantuvo despierto platicando en voz alta cada uno desde su cama, hasta las dos de la mañana. Dormí lo suficiente, pero lo mejor fue el estar completamente recuperado del dolor de cintura.
El domingo, después del desayuno bajamos al cañón para iniciar nuestro turno en el descenso en rappel. Me sentía algo adolorido de brazos y piernas pero bien de la cintura y después de ver a todos descender sin chistar, me hice a la idea de hacerlo, pero esta vez les pedía a mis compañeros me permitieran hacerlo casi al inicio del grupo para que pudiera subir desde el fondo del barranco con calma. Tuve el tercer turno y sólo sentí un poco de temor casi al momento de la salida, al ver el fondo del cañón 60 metros abajo, el resto de descenso fue emocionante y de una vista muy hermosa. Subir desde el fondo para reunirme con el resto del equipo, fue sin duda la parte más peligrosa del viaje, pues no hay vereda ancha y bien trazada, sino un como camino para chivos, empinado, mal marcado, en algunos puntos muy angosto, bordeado de muchas espinosas cactáceas y cerca, muy cerca del abismo. Además en esa parte no hay guía, ni cuerdas de seguridad. La última actividad debía ser la escalada en roca, pero de pronto se nubló, llovió un poco y empezaron a caer rayos en algunos lugares cercanos, por lo que los guías decidieron suspender las actividades. Regresamos al hotel, comimos e iniciamos el retorno al Tec y a un breve descanso antes de regresar al trabajo.
Lunes y martes no me sentí tan cansado, pero si tuve muy adoloridos los brazos y un poco las piernas. El viaje fue sin duda divertido, muy diferente al tipo de salida a la que estoy acostumbrado, pero más allá de sus actividades, está siempre el tiempo de calidad que puede uno pasar con los estudiantes, conocerlos y que lo conozcan a uno, más allá de la relación académica dentro del aula. No necesariamente los estudiantes mejorarán en su desempeño académico, pero probablemente disfrutaremos más nuestra constante relación, y pues no todo en esta vida es aprovechamiento y calificaciones.

martes, 13 de mayo de 2008

Zapatero a tus zapatos






Zapatos en León.
El pasado mes de marzo, en las vacaciones de Semana Santa, visité la cercana ciudad de León, Guanajuato. Desde que llegó mi familia a vivir a Querétaro tuve la intención de conocerla y quizá comprar en ella algunos pares de zapatos, pues esta población fue y todavía es la capital nacional del calzado. Esos días nos visitaban en casa dos sobrinas de mi esposa; así que con cinco mujeres ávidas de comprar zapatos, partí muy temprano desde Querétaro.
El viaje es de aproximadamente dos horas y a eso de las diez de la mañana llegamos a la ciudad. Hay una gran avenida que conduce desde los suburbios hasta unas cuantas cuadras del centro. Casi de inmediato encontramos tiendas de calzado aquí y allá, algunas todavía en ese ritual matutino de limpiar los pisos del local y la banqueta afuera, con agua y jabón. Poco puedo comentar sobre los zapatos, pues no necesitaba calzado y casi no entré a las zapaterías, me dediqué a ver la ciudad, su gente, calles y construcciones. Como en muchas otras ciudades del país, la plaza principal y algunas calles aledañas se han cerrado al tráfico de vehículos y son para uso exclusivo de peatones. Las calles están limpias, tienen algunas jardineras, postes de alumbrado, bancas y unas curiosas torres metálicas, que seguramente se diseñaron para que los turistas pudiéramos tomar fotografías desde una mayor altura. El esplendor y crecimiento de la ciudad debió iniciar en la época del Porfiriato; en las calles del centro se encuentran algunas construcciones con magníficas portadas de cantera o ladrillo, en estilos europeos, sobre todo francés. No todas estas construcciones se encuentran en buenas condiciones. Estas fachadas nos hablan de una época de prosperidad a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuya causa debió haber sido la naciente industria del calzado. A diferencia de otras ciudades de la región, León no cuidó mantener una homogeneidad arquitectónica con el paso del tiempo. En plena plaza principal, todo uno de sus costados es ocupado por un par de edificios con una arquitectura funcionalista que me hizo recordar los hoteles de Acapulco construidos en los años en que Miguel Alemán fue presidente de México (1946-1952). Estos edificios casi duplican en altura a las demás construcciones de la plaza y no se ve en ellos la menor voluntad de conciliarse con el entorno. La plaza principal tiene su típico quiosco y algunos laureles de la india, recortados en atractivas formas. A un par de cuadras de la plaza principal está la catedral de León con una ornamentación interior ecléctica. Sus altas torres son de un estilo que escapa definición; es seguramente una construcción del siglo XIX.
En el patio central del palacio municipal encontré una exposición de pintura muy interesante; se exhibían cerca de 20 cuadros sobre el pasado de la ciudad. Había algunos paisajes urbanos de León a inicios del siglo XIX y también otras obras que retrataban antiguos talleres de curtiduría y elaboración de calzado de la manera en que se hacía artesanalmente, antes de la aparición de las primeras fábricas modernas. Todas las obras eran del mismo autor, cuyo nombre no registré, pero que seguramente es considerado el cronista gráfico de pasado leonés.
En nuestro recorrido encontramos varias zapaterías, pero no en la cantidad y variedad que me esperaba; además eran como las que se pueden encontrar en cualquier otra parte del país, nada extraordinario. Luego de unas tres horas de acompañar a las compradoras y cargar sus bolsas, pasamos por un local dentro de un pasaje comercial que anunciaba “tacos al vapor”. Ya los había yo visto anunciados en otras ciudades del norte del país, pero nunca los había comido. Así que con más curiosidad que hambre, decidí probarlos. Tenía la vaga idea que serían parecidos a los tacos sudados o de canasta que se consumen por las mañanas en la Ciudad de México, pero no fue así. Los tacos sudados que pueden ser de papa, chicharrón, frijoles, adobo; se preparan por cientos y van compactamente acomodados dentro de una canasta forrada de papel, plástico y gruesa tela para mantener su calor durante la mañana. La tortilla de estos tacos va cubierta de una ligera capa de aceite aderezado con chile, lo cual le da brillo muy especial. Ahora entiendo que este aceite sirve para impedir que la tortilla absorba la humedad que hay dentro de la canasta y acabe por reblandecerse y deshacerse. Los tacos al vapor son en algo parecidos en cuanto a su relleno, tamaño y apariencia, pero la tortilla no va recubierta de aceite sino de una salsa de chile ancho o chile guajillo. Estos tacos coincidieron en los rellenos tradicionales de frijoles, chicharrón o papa, pero en León por primera vez vi tacos de queso. Los tacos al vapor no se preparan como los sudados, muy temprano para su venta a lo largo de todo la mañana, sino al parecer se van elaborando como avanza la mañana y para mantenerlos calientes se colocan cual tamales en una gran olla por la que circula constantemente vapor de agua. Como los tacos al vapor no llevan aceite en la tortilla, ésta se reblandece luego de un rato, por lo que cada taco va envuelto en una doble tortilla para darle más fortaleza y que no se desintegre a la hora de comerlo. Su precio es económico, hay una buena variedad de ingredientes y se pueden comer varios en apenas unos cinco minutos para aplacar el hambre matutina. La salsa que recubre las tortillas es espesa y de muy buen sabor, pero también se ofrecen otras salsas o chiles para aderezar más el relleno.
Alguien nos recomendó visitar las tiendas con saldos de las grandes compañías de calzado que se encuentran muy cerca de la estación de autobuses de León. Ya con zapatos suficientes, de salida y en camino a Querétaro, acordamos pasar a buscarlas, pero en el mismo lugar encontramos un gran centro comercial llamado la Plaza del Zapato y decidimos visitarlo. Es un gran edificio con decenas de locales y en ellos muchas marcas de calzado de todo tipo, botas, infantil, femenino o deportivo. Recorrimos el lugar en poco más de una hora, por supuesto que hubo más compras. Yo agradecía mi fortuito encuentro con los tacos al vapor y hasta me animé a ver algunas tiendas de botas. Desde que llegué a Querétaro he querido comprarme un par para empezar a calzar un poco como los habitantes de la región, pero no he encontrado las que me decidan a verme algo campirano.
A eso de las 3 de la tarde iniciamos el regreso a Querétaro. Por suerte no encontramos tráfico, pues en el viaje por la mañana hacia León, nos habíamos visto retrasados por miles de ciclistas que ocupaban la mitad de la carretera, en peregrinación al santuario de San Juan de los Lagos, Jalisco. León no fue el paraíso de las gangas, calidad y variedad en el calzado que me había imaginado. Parte del calzado que venden es barato, pero de baja calidad, mucho plástico en atractivos y brillantes colores; zapatos que se arruinarán antes de pasar de moda. Quizá ahorrando dinero y viajando una vez al año con la idea de adquirir varios pares para toda la familia, valga la pena el viaje. Mientras esperaba afuera de las tiendas, recordaba las noticias de los últimos años acerca de León; como los zapatos chinos y otros importados sin arancel alguno por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, han ido acabando con la industria del calzado leonés. Seguramente del total ahí vendido, el porcentaje de piezas importadas crece cada día más. La globalización es evidente en la capital del calzado. ¿Pero por cuánto tiempo más lo será de calzado nacional?

domingo, 11 de mayo de 2008

!Daaanzón dedicadooo!





Baile en Querétaro.
Una de las cosas más atractivas de Querétaro es su intensa actividad cultural. Los gobiernos estatal y municipal, así como algunas instituciones educativas constantemente organizan conferencias, conciertos, talleres infantiles, concursos, recitales, muestras artesanales y gastronómicas. El primer semestre que estuve aquí sin mi familia, iba muy seguido al centro de la ciudad y pude ver o asistir a varias conferencias y conciertos. El único pero al asunto, es que la propaganda para muchos de estos eventos se encuentra en carteles solamente por el centro de la ciudad y resulta difícil enterarse de ellos con anticipación; pero también a veces es bueno descubrirlos al pasear por ahí; tal como me ha pasado con diversos lugares donde se practican los bailes de salón. Me encanta ver bailar, siempre lamentaré el no haber aprendido a hacerlo, pero todavía puedo disfrutar mucho al ver tan armoniosa y estética manifestación artística. Lo he de llevar en la sangre pues supe que mi madre, así de seria o solemne que es hoy, fue una gran bailarina de mambo; ese ritmo cubano que estuvo de moda en todo el mundo a fines del los años cuarenta y principios de los cincuenta. Algún día mi padre me dijo que mi madre bailaba de forma tan graciosa que se hacía un circulo a su alrededor para verla y que incluso la invitaban a bailes en poblaciones cercanas a Cuernavaca, donde ella vivió su adolescencia. Recuerdo que en mi infancia, algunas tardes de sábado, vi en la televisión junto con mi madre y hermanos, aquel programa llamado Bailando con Vanart. El concurso era conducido por una pareja de baile, Josefina y Joaquín y me imagino que los premios no eran ni grandes cantidades de dinero, ni hacer un sueño posible, sino solamente algunas botellas de shampoo. También por muchos años disfruté las funciones de baile de la Semana de la Cultura en el Campus Ciudad de México. Ahí el atractivo era mayor al ver en el escenario no solamente buen baile, sino protagonizado por estudiantes y amigos.
Pues ya desde hace un año había visto al pasear por el centro, que los jueves en el jardín Zenea hay lo que llaman las autoridades municipales un concierto de piano, pero que en realidad es un baile. Junto al kiosco colocan un órgano electrónico con grandes bocinas, ahí toca diferentes melodías por casi dos horas el maestro Sergio Vázquez Bacconnier. Colocan también en un semicírculo casi un centenar de sillas plegables, donde la gente más que sentarse a escuchar el concierto, espera la música apropiada para levantarse a bailar u observa las evoluciones los bailarines. Son personas de sesenta años o más las que al parecer cada jueves se reúnen en el lugar para disfrutar de un par de horas de baile. La última vez que estuve ahí pude ver que muchos de los asistentes se saludan con gran familiaridad; incluso vi a una señorita con una canasta llena de bolsas con churros y al acercarme a comprar un par de bolsitas, la vendedora le decía a un señor en silla de ruedas el precio de su mercancía, pero le aclaraba que su hija le había advertido que no podía comer churros. Así que son todos, bailarines, observadores, músico y vendedores como una gran familia. Se baila danzón, paso doble, bossa nova, boleros y muchos otros ritmos. Me llamó la atención un señor de casi setenta años, quien no sólo bailaba constantemente sino que iba vestido como galán de música tropical de los años cincuenta, cadenas de oro al cuello, lentes oscuros, cachucha blanca y la camisa abierta casi hasta el ombligo, así sin inhibiciones. Por ahí había otro incasable bailarín con un elegante traje verde oscuro y un sombrero cordobés.
Otro día paseando por la ciudad, decidí visitar uno de mis lugares favoritos, la vieja estación del tren. El edificio, es pequeño, definitivamente porfiriano y situado no lejos del centro de la ciudad en un barrio hoy un poco oculto, lejos del tráfico y las grandes avenidas. Desde el 2002 no hay ya servicio de tren de pasajeros entre Querétaro y la ciudad de México, de hecho por unos años se hizo un esfuerzo por revivir el flujo de personas que ya prefería el autobús, con una ferrocarril turístico llamado El Constituyente, pero que después de un tiempo cerró. Siguen corriendo trenes de carga a diario, pero ninguno se detiene en la vieja estación. Yo sabía ya que el hermoso edificio de piedra era un centro cultural donde había funciones de teatro, curso de pintura, ajedrez y conferencias, pero descubrí que también los sábados por la tarde el antiguo andén se convierte en una gran pista de baile. Justo frente a las vías, en la parte posterior de la estación se instala un señor con un aparato de sonido y por varias horas toca música de diferentes ritmos. El día del descubrimiento, había casi un centenar de personas bailando. En este lugar los bailarines no eran de una edad tan avanzada como en el jardín Zenea, incluso por ahí vi parejas de veinte o veinticinco años de edad. No pude quedarme mucho tiempo a observar el baile ya que ese día iba acompañado de mis impacientes hijas. Pues si el lugar me gustaba ya mucho, ahora que lo conozco convertido en un gran salón de baile a la manera del legendario California Dancing Club, me gusta todavía más. También en el llamado Jardín del arte, en pleno centro de la ciudad y a espaldas de Museo Regional, un día a la semana hay clases de danzón. No recuerdo bien que día, pero también en un paseo vespertino vi a varias parejas vestidas de blanco aprendiendo este baile tan rítmico y elegante. Seguramente visitaba yo la tortería Nico, que con su especialidad de tortas de milanesa se encuentra justo frente a este jardín. Un trabajador del municipio me dijo que en la pequeña plaza a un costado del hermoso templo de Santa Rosa de Viterbo, hay también una tarde de baile semanalmente. No me ha tocado estar presente en este otro lugar en día de baile, pero me imagino que es muy parecido al del jardín Zenea. Bueno, pues si algún día me decido a aprender o bailo aunque no lo haga bien, no voy a tener pretexto alguno, pues hay suficientes y variados lugares donde hacerlo.