martes, 30 de julio de 2013

Delicias dentro de un pan.





Don Polo.

Una de las características de la comida mexicana es la venta y consumo de todo tipo de bocadillos a lo largo del día; a los mexicanos nos gusta comer en cualquier momento, poco y muy variado. Hay platillos para todo gusto y hora; tamales y atole para desayunar o cenar, tacos sudados o de canasta para la mañana, camotes para el atardecer,  tacos de medianoche para los desvelados, menudo o panza de madrugada para los trasnochadores. Un alimento que se puede consumir donde sea y a casi toda hora, son las tortas, que como a tacos o tamales no se les hace justicia en singular pues hay gran variedad de ellos. Las tortas no son pasteles como se entiende en España, sino sandwiches o panini, pero en pan de dura corteza; bolillos, teleras o birotes. En algunas regiones de México se les conoce como lonches.  Aunque en años recientes se ha visto el auge de las tortas gigantes, en su origen este alimento era pequeño, fácil de comer y por su reducido tamaño nos daba la oportunidad de probar quizá dos o tres con diferentes rellenos. Se les encuentra por todo el territorio nacional y a casi toda hora del día o noche y es ante todo un alimento de precio muy módico (véase Acá las tortasssss! Febrero del 2008). La torta puede ser un rápido bocadillo para saciar más que el hambre, lo que llamamos los mexicanos un antojo; un deseo, un capricho.  No se necesitan más de 10 minutos para ordenarla y comerla, por su variedad de ingredientes con seguridad satisfacen cualquier gusto. Las hay  frías o calientes y también han cobrado popularidad por todo el país las tortas ahogadas (véase Ahogado de sabor, febrero de 2008).  La torta fue por décadas el alimento que los niños llevaban a la escuela primaria para comer a la hora del descanso de media mañana o recreo. De ahí aquel famoso dicho de “se comió la torta antes del recreo” que significaba se adelantó y que casi siempre se refería a tener sexo antes del matrimonio. Las tortas escolares eran de huevo, de cajeta (mi favorita), de frijoles, la muy extraña de plátano o de cualquier cosa que hubiera sobrado de los alimentos del día anterior y que se pudiera colocar entre las mitades de un pan. Recuerdo de mi época de estudiante que algunos de mis compañeros intercambiaban tortas o también las robaban del vecino, incluso algunos dejaban una nota al despojado, comentando la calidad de la torta robada. 
En Querétaro por alguna inexplicable razón muchas torterías llevan el mismo nombre, Filos (sin ser cadena), pero son también muy reconocidas las del Quality y las de la Güera. En la ciudad de México lo eran las del Capricho, las del Monje Loco, el Hipocampo y las de Don Polo. Hace algunas semanas visité este último lugar. Desde que lo recuerdo las tortas de Don Polo eran famosas y se encontraban frente al hospital 20 de Noviembre en la avenida Félix Cuevas, dentro de los terrenos del Centro Urbano Presidente Alemán. Al parecer fue en el año de 1956 que don Leopoldo Sánchez Preciado abrió un local para la venta de jugos y licuados (los siguen haciendo muy buenos). Al poco tiempo decidió probar suerte con la venta en el mismo lugar de tortas calientes. La calidad y variedad de sus tortas muy pronto hizo al establecimiento prosperar hasta convertirse en todo un restaurante con especialidad de tortas, jugos y licuados. Las había o hay de chorizo con huevmilanesa, jamón con queso, salchicha, bacalao, pollo, chile relleno, pierna, queso y la famosa cubana con queso, pierna guisada y jamón. Todas sus tortas llevan mantequilla, frijoles refritos, aguacate y chile. Siempre ha preparado sus tortas con la mejor calidad e higiene y a la vista de los clientes. Recuerdo lo interesante que era ver como los torteros preparaban diez o más tortas en apenas unos cuantos minutos. Don Polo fue tan famoso en el sur de la ciudad, que hace aproximadamente 20 años abrió algunas sucursales.
Recuerdo que a veces cuando mi familia salía a comer en fin de semana íbamos Don Polo, que estaba a unas cuantas cuadras de nuestro domicilio. A mi madre no le gustaba que comiéramos tortas y nos obligaba a comer “bien”, comida corrida; sopa, arroz, guisado y postre. Pocas, pero muy pocas veces nos permitía comer tortas, aunque fueran de Don Polo. Me viene a la memoria como en algunas ocasiones que mi madre se encontraba ausente, mi padre nos permitía comer tortas o incluso nos llevaba a otro establecimiento a unos pasos de Don Polo, que se llamaba Dr. Nic y que vendía sólo hot dogs y hamburguesas; eso sí que era felicidad. Es quizá por esta restricción infantil mi gran afición por las comidas callejeras; tortas, tacos y tamales. Pero la vida da vueltas, ahora una de mis hijas reclama lo mucho que vamos a comer tacos y manifiesta su deseo de ir a restaurantes con ”buena” comida. Buenas o malas como alimento (que me niego a pensar que sean malas), las tortas son deliciosas, variadas, omnipresentes y ante todo económicas.  Si ves por ahí una sucursal de Don Polo, no pierdas la oportunidad de probar sus magníficas tortas, la cubana es mi favorita, acompañada de un licuado de mamey. Además de sus tortas, en la casa matriz hay también magníficos desayunos y cenas.