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martes, 8 de junio de 2021

 Visita Durango

Pollyana Berrios Corrales


MUSEO ZONA ARQUEOLÓGICA LA FERRERÍA

La Ferrería es una zona arqueológica ubicada en un cerro a 7 kilómetros al sur del centro de la ciudad de Durango, a la orilla del Río del Tunal. En la zona abundan mezquites y sábila, en cuanto a la fauna encontrarás liebres, conejos, zorros, coyotes, ardillas y lagartijas. Los primeros habitantes de la zona hace 2 mil años fueron nahuas, nómadas procedentes del norte del continente. Esta ciudad mantuvo relaciones muy cercanas con Paquimé y fue habitada durante los años 875 y 1450 d.C. Los pobladores se subsistían básicamente de la recolección de maíz, frijol y calabaza, además de la caza de aves acuáticas y la pesca.



En la parte alta del cerro se encuentra la Acrópolis, donde hay construcciones de carácter ceremonial y algunas casas que probablemente fueron habitadas por familias de la alta alcurnia y por los sacerdotes. El edificio más notable es la Pirámide de La Ferrería, que se trata de dos cuerpos de baja altura construidos sobre una plataforma, en la parte superior se ve un área hundida que posiblemente estuvo techada. La Pirámide cuenta con escaleras y rampas, en una parte tiene lienzos en forma de zig zag, lo que la hace lucir de mejor manera. Las esquinas de las estructuras se alinean con el punto por donde sale el Sol el día del equinoccio de primavera, lo cual indica que los constructores tuvieron un claro interés por asociar de alguna manera el edificio con el universo. El área hundida mencionada anteriormente es un patio cuadrado con accesos escalonados en la mitad de cada uno de ellos.




El área hundida de la Pirámide en realidad es un patio cuadrado con accesos escalonados en la mitad de cada uno de los lados. Uno de ellos se encuentra asociado a una línea que parece partir del sur, de un abrigo conocido como Cueva Redonda; la línea cruza el acceso y se dirige hacia la Osa Mayor. Al parecer la cueva fue ocupada en la antigüedad y es evidente que su entrada fue redondeada intencionalmente, lo cual permite suponer que en su interior debió celebrarse algún tipo de ceremonias relacionadas con las deidades del Norte, posiblemente con Tezcatlipoca.


Finalmente cierro diciendo que fue declarado Patrimonio Cultural por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En esta zona habitaba lo que sería la población más grande e importante del Valle de Guadiana. Se han encontrado restos arquitectónicos que datan del año 600. Fue sin duda un centro ritual muy importante de su época y que vale la pena conocerlo.

MEXIQULLO

Mexiquillo es un parque natural que se encuentra en el municipio de Pueblo Nuevo en el estado de Durango, este parque cuenta con cascadas, bosques, túneles, ríos y formaciones rocosas, las cuales llegan a medir hasta 8 metros de altura hechas de roca ígnea extrusiva, riolita, basalto y roca plutónica. Las caídas de agua de dichas cascadas son de hasta más de 5o metros de altura.

Se pueden realizar variedad de actividades, tales como ecoturismo, senderismo, kayak, rapel, ciclismo de montaña e incluso alpinismo; además de que puedes rentar por determinado tiempo razers y cuatrimotos sino es que llegar con ellas, para poder recorrer de manera más fácil y cómoda el lugar.


En la entrada del parque cobran una pequeña cantidad de tarifa, y a sus alrededores se encuentran un sin fin de cabañas que rentas y que están muy bien equipadas, con chimenea, asador y cómodas. Para la renta de cabañas debes considerar el tiempo, ya que por lo general siempre están llenas todas las cabañas del municipio, ya que es muy visitado, así que la reserva se aconseja hacerla tiempo atrás con anticipación. Además de que en diciembre - enero llega a nevar en esa parte de la sierra por lo que con más razón todas las cabañas quedan llenas.


Un poco antes de llegar al parque de Mexiquillo se encuentran unos cuantos restaurantes de pizzas, alitas, gorditas y tienditas donde encontrarás lo necesario para tu estadía.

Finalmente diré que es un lugar muy bonito, natural y lleno de vida silvestre por lo que recomiendo 100% el ir a visitarlo, además de tener diversas actividades y no podrás aburrirte.


viernes, 26 de octubre de 2018

Los muertos que no provocan miedo



Días de muertos en México.
Dentro del calendario de fiestas populares mexicanas la de días de muertos es de las más importantes, junto con las celebraciones de Semana Santa y Navidad; pero sin duda alguna, es esta primera la que podemos considerar la más mexicana de las tres, pues contiene bastantes elementos diferentes a esas mismas fiestas en otros lugares del planeta. Precisamente el carácter distinto de esta celebración está dado por la fuerte influencia o presencia de elementos de la cultura prehispánica o indígena.

Escultura teotihuacana
La fiesta de días de muertos de México era conocida, estudiada y comentada en todo el mundo; incluso ya lo era aún antes de que la película Coco de Disney (2017) se ocupara y difundiera el tema. Llama la atención la importancia de la fiesta en el país, así como la familiaridad del mexicano con un tema que en otras partes es de mal gusto o tabú: la muerte. En México tal como lo dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad  “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino la del vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos” Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida” Todos conocen el pan de muerto, los dulces en forma de esqueleto o cráneo, los versos rimados que se burlan de la muerte; el fin de la vida es un tema cotidiano y no necesariamente solemne, incluso festivo.

La muerte divierte

Pan de muerto


El culto a los muertos en lo que ahora es el territorio mexicano tiene cerca de 4 000 años de antigüedad. Los pueblos mesoamericanos, como casi todos los grupos antiguos de agricultores, creían en algún tipo de existencia después de la muerte, pues de alguna manera asociaban la cíclica vida vegetal con la suya. En excavaciones realizadas en asentamientos del horizonte preclásico como Tlatilco, Cuicuilco, Zacatenco o Copilco de hace casi cuatro mil años, ya se aprecia la costumbre de inhumar a sus muertos en fosas y con algunos objetos personales o asociados que implican una creencia en algún tipo de existencia más allá de la muerte. Así posteriormente en todas las culturas mesoamericanas encontramos entierros con cerámica decorada en rojo, implementos de uso personal, comida, bebida, figuras de dioses, juguetes y a veces perros o personas sacrificadas como acompañantes. En algunas ocasiones estos entierros eran ricos en ofrendas como la famosa tumba 7 de Monte Albán, la tumbas de Pacal o la Reina Roja en Palenque o las numerosas tumbas en la isla de Jaina. Entre más compleja la cultura, mejor elaborados los sepulcros y ofrendas.

Reina Roja Palenque

Escultura funeraria maya isla de Jaina
Es evidente la importancia del culto a los muertos en las culturas mesoamericanas, si bien es cierto que la mayor parte del conocimiento sobre el tema es incompleta pues éste sólo puede ser supuesto o inferido de los restos arqueológicos. Solamente de algunas culturas, de las cuales quedan textos propios o testimonios españoles de la época de la conquista, se tiene un conocimiento mayor de sus creencias y ritos con respecto a la muerte. Tal es el caso de la cultura Mexica (o Azteca) de la cual tenemos bastante información, ésta seguramente compartió muchas creencias y ritos con el resto de los pueblos mesoamericanos.

Revisemos pues las costumbres funerarias mexicas. La religión regía la vida y muerte de este pueblo; sabemos que todos los aspectos de su existir individual y colectivo se encontraba supeditado a creencias y mandatos religiosos. Ellos creían que la muerte era el paso a otro tipo de vida y lugar. En sus creencias la determinación de su destino después de la muerte no obedecía a su conducta en esta vida, sino al tipo al tipo de muerte o la ocupación del difunto. Así por ejemplo, los que morían ahogados, por rayo o alguna enfermedad relacionada con el agua, iban al Tlalocan o paraíso de Tlaloc, situado al sur. Este era el lugar de la fertilidad, donde crecían toda clase de árboles frutales y en donde se gozaba de una vida de alegría entre juegos y cantos. Las mujeres muertas en el parto iban al paraíso occidental llamado Cincalco o casa del maíz, de ahí venían a la tierra como fantasmas de mal agüero. Los guerreros muertos en combate o en la piedra de los sacrificios iban a Tonatiuhchan o casa del sol, a acompañar al astro rey en jardines llenos de flores y a saludarlo golpeando sus escudos al amanecer. Después de cuatro años estos guerreros volvían a la tierra como colibríes o aves de rico plumaje. Las almas comunes y corrientes, las de la mayoría del pueblo, iban al Mictlán o inframundo situado al norte. Antes debían pasar una serie de pruebas para alcanzar el descanso definitivo. La primera era el cruce de un río, el cual se hacía con la ayuda o guía de un perro. Enseguida se tenía que pasar entre dos montañas que se cerraban. La siguiente prueba era pasar por una montaña de obsidiana. En el cuarto inframundo soplaba un viento helado que cortaba como navajas de obsidiana. El quinto era un lugar donde ondeaban las banderas. El siguiente era el lugar donde flechaban y en el séptimo estaban las fieras que devoraban los corazones. En el penúltimo se tenía que pasar por lugares estrechos llenos de piedras. El noveno era el lugar del eterno reposo de las almas.

Mural del Tlalocan Teotihuacán

Así al tener como base en estas creencias los mexicas para ayudar al difunto en el inframundo ponían junto al cadáver una serie de amuletos. Se depositaban alimentos y recipientes con agua, papeles amuleto que les servirían para atravesar las montañas y otras pruebas, se quemaban sus ropas para que no tuvieran frío al cruzar el viento helado, se sacrificaba un perro para que lo ayudara a cruzar el río, se le ponía en la boca una cuenta de precioso jade o chalchihuite para que la entregara a las fieras devoradoras de corazones, se le depositaban objetos preciosos o de gran valor para entregar como regalo a Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, dioses del inframundo.  Además les hacían ofrendas a los 80 días y cada año, hasta los cuatro años que duraba el viaje al Mictlán.

Mictlantecuhtli
El Viejo y Mictlantecuhtli


De acuerdo al calendario católico el día primero de noviembre está dedicado a todos los santos y el día dos a los fieles difuntos; sin embargo en la tradición popular el día primero se dedica a los muertos niños, infantes fallecidos (que por siglos debieron ser muchos) y el día dos a los muertos grandes o adultos. Esta división de las festividades en niños y adultos tienen también un origen prehispánico; en las costumbres mexicas existían dos fechas dedicadas a recordar y honrar a los muertos, el miccailhuitontli o fiesta de los muertecitos que conmemoraban el noveno mes de su calendario y la fiesta de los muertos adultos que se celebraba en el décimo mes del año. Así en la tradición popular vemos que se celebran muertos grandes y chicos, no todos los santos y fieles difuntos.

En los hogares mexicanos el día 31 de octubre se empieza a preparar la ofrenda para los “muertos chiquitos”, esta ofrenda se recoge en la noche del día primero de noviembre y en su lugar se coloca la segunda ofrenda, la de los muertos adultos que se mantiene hasta el día dos por la noche. Estos ofrecimientos nos recuerdan a los prehispánicos, tanto en su división, como en los elementos que las integran. Cabe decir que las costumbres aquí mencionadas se dan en la parte centro sur del país, lugares con una población indígena importante; en la región norte el culto a los muertos es sencillo o inexistente.

Altar en Querétaro





Las ofrendas de días de muertos se colocan en el hogar en pequeños altares improvisados en mesas de uso diario, éstas se cubren con manteles, papel picado o en algunas regiones con hoja de plátano o petates de tule. Toda ofrenda debe llevar flores, la más importante o tradicional es el cempasúchil o flor de muertos, pero también terciopelo, flor de obispo, mano de león, nube, gladiola, margarita o nardo. Además se colocan ceras, es decir velas, veladoras o cirios. Se ofrecen también alimentos que hayan sido del gusto del difunto, colocados en ollas y chiquihuites. Se ofrendan frutas diversas, al natural o preparadas. No falta el mole, calabaza en tacha, elotes, chayotes, chocolate, atole, gordas de maíz, tortillas, las calaveras de azúcar y el pan de muerto. Se debe colocar agua y sal. En ofrendas de adultos se incluyen a veces bebidas alcohólicas como aguardiente, tequila, mezcal, pulque o cerveza. Se ofrendan también cigarrillos o puros. En algunos lugares colocan imágenes de santos y las fotografías de los difuntos. En los altares de los muertitos del día primero debe predominar el color blanco, como símbolo de pureza de los angelitos y obviamente la cantidad de dulces será mayor, incluso se colocan juguetes en este tipo de ofrendas. En los altares se quema incienso o copal y hay quien recibe las almas de los difuntos con música. La variedad de elementos en las ofrendas es muy amplia; en cada región son diferentes las costumbres y sobre todo el contenido comestible, pues es de todos conocida la riqueza de la cocina mexicana. Hay muchos tipos de mole, pozole, tamales, tacos, guisados, empanadas, bebidas y dulces.

Orgullo mexicano

La alumbrada

Altar en museo

Altar en escuela

Sencillo altar
Como en la época prehispánica, la celebración de muertos coincide con la temporada de cosecha, así, en los altares se recuerda a los difuntos y se comparte con ellos los frutos del ciclo agrícola que termina.  Las ofrendas de días de muertos son apenas una parte de las tradiciones o ritos de esos dos días; también están la alumbrada, la visita al camposanto, el arreglo de las tumbas o la reunión familiar para consumir los alimentos de la ofrenda y recordar a los muertos. Nuestra fiesta de muertos no solo es muy compleja, sino también de origen milenario, de raíces muy profundas. No debemos permitir que este rico legado se olvide o desaparezca, ni mucho menos que se cambie por costumbres ajenas. Las ofrendas de muertos se hacen ya en las escuelas, en las plazas públicas, en los centros comerciales, pero su verdadero y legítimo lugar es en el hogar y dedicada a los difuntos familiares. Yo invito a los lectores a preservar esta tradición en casa, no importa que sencilla sea: un alimento, una vela y un retrato. Ayudemos a que nuestra rica y única cultura sobreviva estos tiempos de globalización.

viernes, 20 de mayo de 2011

¡Eso era antes joven!





















Zona arqueológica del Templo Mayor



Arqueología sustentable.
Uno de las cosas que más agradezco a mi difunto padre (Fernando López Tovar), es su esfuerzo y voluntad por llevarnos de viaje a algunas regiones de México. Con mucho o poco dinero visitamos como familia varias partes de nuestro vasto y hermoso país. Ya varios años antes de encaminar mi vida hacia la Historia tuve un gusto, más que un interés profundo, en las múltiples y atractivas zonas arqueológicas y la diversa geografía mexicana. Posteriormente ya como joven adulto, por mi cuenta o por mi trabajo, seguí enriqueciendo mi vida y alimentando mi nacionalismo en recorridos por algunas otras regiones. Muchas vueltas ha dado la tierra al sol desde que inicié mis paseos por México y vaya que las cosas han cambiado. Mucho recuerdo las angostas, lentas y peligrosas carreteras de antaño, los interminables minutos tras un lentísimo camión y la imposibilidad de rebasarlo por la cerrada neblina que impedía ver más allá de 10 metros y ocultaba profundos barrancos a un costado de la carretera. La época que no existían los libramientos y había que pasar lentamente por la mitad de cuanta población se encontraba en la ruta. El ganado de todo tipo que cruzaba las carreteras y ponía en peligro la vida de los viajeros a toda hora y por todo el país. Las pangas o chalanes que servían para cruzar con automóvil caudalosos ríos, trámite que podría tomar hasta más de una hora. Todo eso quedó atrás, por casi todo el país hay muy buenas y anchas carreteras, puentes en cada río, servicios de todo tipo y mucho más seguridad. En las principales zonas arqueológicas hay buenos estacionamientos, museos de sitio, magníficos sanitarios, tiendas y muchos otros servicios.
La visita a las zonas arqueológicas también es muy diferente, desde inicios de los años ochenta se inició lo que hoy se llamaría la arqueología sustentable (aprovechamiento de recursos sin comprometer los mismos para las generaciones futuras). No recuerdo si fue Cacaxtla en Tlaxcala o el Templo Mayor en la ciudad de México donde por primera vez vi pasillos metálicos que constreñían el recorrido de los visitantes a una determinada ruta y evitaban mayor daño a las estructuras. Anteriormente en el entendido que eran “ruinas” las personas subían, bajaban y deambulaban por doquier, incluso escribiendo o esgrafiando sus nombres por ahí. Alguna vez que recorría las zonas arqueológicas del sureste mexicano con el profesor Arturo Gómez Camacho, nos explicaba que cuando todavía no había ni carreteras cercanas y era necesario contratar guías y una recua de mulas para llegar a algunas zonas arqueológicas; se preguntaba si querían a llevarse “piedras” del lugar para incluir más bestias que las cargaran de regreso. Así se perdieron o dañaron estructuras, esculturas y murales. Me imagino que en menor grado y en lugares pequeños y aislados esto sigue sucediendo. Es bueno que los cuidados aumenten, pero ya los recorridos son controlados y quizá menos atractivos. En muchas zonas arqueológicas aunque no haya pasillos metálicos, los recorridos son delimitados. En Uxmal ya no se puede subir las empinadísimas escalinatas de la pirámide del Adivino. En Palenque no es posible descender hasta la tumba de Pakal, incluso ascender a la parte superior de la pirámide donde se encuentra. En Tajín no hay acceso a la escalinata de la Pirámide de los Nichos, ni a muchas de sus estructuras. En Chichén Itzá ya no se sube a la pirámide del Castillo, ni se puede entrar al Caracol. Subir a las pirámides fue una parte importante del atractivo de estos lugares, pero que bueno que ya va disminuyendo. No me imagino cuál será el efecto en las visitas el día que se prohíba el ascenso a la pirámide del Sol en Teotihuacán.
Reconozco que estas restricciones permiten mantener los monumentos como nunca antes, en mi reciente visita a Tajín, me sorprendió la simetría y casi perfecto alineamiento de muchas de sus piedras, misma que sería imposible mantener con cientos personas subiendo y bajando por ellas. Ahora que paseo de nuevo por estos apasionantes sitios no me queda más que comentar a mis hijas aquello que recorrí, vi y lo diferente que fueron mis primeras visitas, o todavía mejor como fue cuando las visitaron Charnay (visitó Palenque 1859-1860), Thompson, Mendoza o Stephens y Catherwood. Todo esto vale la pena, pues espero visitar algunos de estos lugares con mis nietos y encontrarlos casi igual o mejor que hoy.

martes, 29 de enero de 2008

San Joaquín







Panorama desde Ranas

Paisaje desde San Joaquín 1848




Comida serrana.
Ahora que mis hijas crecen a una velocidad inesperada, advierto algunas ventajas en su súbita entrada a la adolescencia. Ya nos es posible viajar sin tantos contratiempos; no es necesario llevarlas al baño cada hora (ni hablar de los años de pañales y mamilas), podemos alargar los paseos, pues resisten periodos mayores sin comer y también por suerte parecen disfrutar recorridos que quizá hace algunos años les hubieran parecido cansados y aburridos. No tengo que cargarlas sobre mis hombros (ya no podría hacerlo) como lo hacía hace unos ocho años, cuando agotadas se resistían a seguir caminando. Ahora incluso me ayudan a cargar la mochila donde llevamos la cámara fotográfica, agua y chamarras. ¿Será que en unos cuantos años sean ellas las que me tengan que cargar?

Durante las vacaciones del pasado mes de diciembre (2007) tuvimos la oportunidad de visitar una parte de Querétaro que había escapado a nuestros recorridos; la región serrana que rodea la población de San Joaquín, me imagino que es parte de la Sierra Gorda, pero está algo alejada de la zona de misiones. Temprano estábamos en camino, incluso pasamos a desayunar a Bernal, pues existen ahí infinidad de puestos de comida con gorditas, quesadillas y sopes que a todos nos gustan. Más allá de Cadereyta el panorama se torna extremadamente seco, un suelo de roca muy blanca y algunas cactáceas.

En el camino hacia la sierra se debe cruzar la población de Vizarrón, la carretera se convierte por cerca de un kilómetro en su calle principal. En las montañas cercanas a esta población hay grandes canteras de mármol y otras piedras metamórficas. El lugar está lleno de tiendas que expenden todo tipo de productos de estos materiales. Hay desde miniaturas de animales tallados en piedras de diversos colores; ceniceros, jaboneras, fruteros, esculturas de todos tamaños y motivos; cruces, floreros y tumbas; pisos y planchas para cocinas y baños. Hay piezas en todas las calidades y precios, pero me imagino que todo tiene ahí un valor menor al que se pagaría en otras ciudades. Algunas tallas son muy hermosas, Ana y Daniela tienen ya una colección de animales miniatura. Toda la calle principal de Vizarrón está empedrada con piezas irregulares de mármol sin pulir. En plena plaza principal, en un local muy pequeño que es en realidad la angosta entrada a una casa, un artesano local vende una original artesanía. Ahí elaboran con pieles de borrego, chivo y vaca unas muy hermosas y confortables pantuflas. El interior de estas piezas de calzado es de suave y abrigadora piel de borrego y el exterior de piel de chivo o vaca. La suela es sintética, pues me imagino que si las hicieran de grueso y duro cuero, el precio aumentaría y perderían su suavidad.

Ya llegando al municipio de Peñamiller hay que desviarse de la carretera que sigue hacia Landa de Matamoros y la Sierra Gorda, para dirigirse a San Joaquín que se encuentra a escasos 50 ó 60 kilómetros adelante. Se inicia ahí la subida hacia la sierra y en el paisaje va apareciendo paulatinamente más vegetación, hasta encontrarse en un hermoso bosque de coníferas. Algunas de estos árboles son piñones, creí reconocerlos y más tarde lo confirmé al ver pequeños puestos en el camino que venden ate de membrillo y piñones con cáscara. Estas coníferas son muy hermosas y compré algunas semillas, pues pienso plantar uno de estos árboles en casa. El camino es algo angosto y muy sinuoso, pero sin llevar prisa es perfecto y sólo es necesario que el conductor se concentre en el camino y no se distraiga con el atractivo paisaje.

Ranas


Ranas 1880



En las cercanías de San Joaquín están dos interesantes zonas arqueológicas, Ranas y Toluquilla; ambas son muestra de la expansión mesoamericana hacia tierras del norte durante el horizonte clásico. La región fue importante para ciudades como Teotihuacán, pues en esta serranía queretana extraían cinabrio, rojo mineral (sulfuro de mercurio) muy importante en los ritos funerarios mesoamericanos. Ambos sitios son modestos comparados con las conocidas zonas arqueológicas del sur, pero el lugar en el que se encuentran y su particular arquitectura los hace muy interesantes y atractivos. A un par de kilómetros de San Joaquín se encuentra Ranas, en lo alto de una montaña en una serie de plataformas artificiales. Sus basamentos piramidales, hechos de lajas de piedra caliza, no exceden los cuatro o cinco metros de altura. El recorrido es breve pero es necesario subir y bajar la parte superior de un cerro. Águilas o zopilotes vuelan muy cerca de la cima y desde ahí la vista hacia las tierras bajas es magnífica. Pocas personas han de visitar el lugar, pues durante nuestro recorrido de cerca de media hora, apenas encontramos a otra familia ya cuando salíamos. El silencio y el paisaje nos invitaban a quedarnos más tiempo en tan magnífico lugar, pero el hambre y el deseo de visitar otros sitios nos obligaron a partir. Cuando nos dirigíamos al estacionamiento vimos en un drenaje pluvial una serpiente café claro con manchas rojizas, de casi metro y medio de largo. La observamos a la distancia, le tomamos un par de fotografías y nos retiramos pensando en lo tranquilos que estuvimos sentados tomando el sol y contemplando el paisaje, sin saber de los peligros del entorno.

Cecina y enchiladas


Después de visitar Ranas nos detuvimos a comer en San Joaquín. La población no es tan pintoresca como lo esperaba, su arquitectura es casi toda moderna. Ocupa un pequeño valle entre montañas, pero el limitado espacio disponible lo hace perder belleza por la poca distancia entre sus construcciones. Hay escasos lugares en sus calles para estacionarse, pero encontramos uno muy cerca de un restaurante. La cecina de la zona serrana tiene fama y eso fue precisamente lo que ordenamos. El plato fue toda una sorpresa; la carne venía acompañada de varias enchiladas, rajas y frijoles refritos, pero lo que nos sorprendió fue la cecina misma; era extremadamente seca y dura (una especie de chito, pero sin enchilar ni ser carne de burro). El tasajo oaxaqueño, que debe ser seco, sería suave filete comparado con esta cecina. Me encantó, después de agregarle limón, la comí extasiado. Me recordó una carne que preparaba mi madre cuando salíamos de viaje; secaba carne de res al sol por varios días y le agregaba constantemente limón. La carne era dura, pero con mucho sabor y además acortaba los largos viajes mientras desafiábamos pacientemente su dureza. Las enchiladas estaban también exquisitas, tenían una salsa de brillante color, gran sabor y poco picante. Hicimos bromas sobre la cecina, pero la comimos toda, incluso le pedí a la cocinera que me vendiera otro gran pedazo para disfrutar en el camino de regreso y los siguientes días. Memorable comida, aún siento en la boca el salado e intenso sabor de esa dura carne.

Toluquilla

Toluquilla, la otra zona arquelógica, debe estar a unos diez kilómetros de San Joaquín, pero no sentí la distancia, pues disfrutaba un pedazo de recia y deliciosa cecina. El área de estacionamiento es pequeña y desde ahí es necesario caminar cerca de un kilómetro de subida para alcanzar la entrada a la zona arqueológica. Aunque la ruta es pronunciada, se recorre sobre un magnífico sendero con rampas y escalones de mampostería. Nuestra visita fue el lunes 31 de diciembre a eso de las tres de la tarde, para nuestra fortuna estaba soleado, la temperatura era muy agradable y paseamos sin preocuparnos por la posibilidad de frío. Al día siguiente el clima cambió, la temperatura descendió drásticamente e hizo que el dos de enero cayera aguanieve en la región. Mientras ascendíamos nos cruzamos con otra familia que recién había visitado el lugar, no encontramos ya más personas que el encargado a la entrada. Toluquilla es un poco más grande que Ranas, además casi toda se encuentra en una larga y angosta meseta artificial en la cima de un cerro. De nuevo me sorprendió la calidad del trabajo en piedra, los edificios están lejos de ser rústicos, tiene una arquitectura homogénea y algunos elementos decorativos. Existen en Toluquilla cuatro canchas de juego de pelota, un par de pequeñas pirámides, pero la mayoría de las construcciones son habitacionales. Buena parte de lo construido son cuartos cuadrados con una entrada y sobre un pequeño basamento. Las canchas de juego de pelota son pequeñas pero confirman la influencia mesoamericana y destacan por encontrarse en la cima de un cerro. Al parecer estas construcciones tuvieron alguna vez un aplanado de estuco, pero aún sin éste resultan muy hermosas. El recorrido se hace a la sombra de árboles que cubren casi todo la zona arqueológica. Por lo regular no me molesta la gente, pero he de reconocer que el paseo se convirtió en algo muy especial por la ausencia de más personas. Sucedió algo muy curioso en nuestra visita; junto al estacionamiento hay un par de casas habitación, al pasar por ellas se nos unió un pequeño perro lanudo. Como si fuéramos su familia nos acompaño en el ascenso, nos dejó a la entrada de la zona arqueológica e hicimos el recorrido solos (seguramente ya conoce muy bien el lugar y su historia), pero a la salida nos esperaba para acompañarnos en el camino de regreso al estacionamiento. Este gracioso can no necesita que lo saquen a caminar, él consigue quien lo lleve de paseo. En la región hay también una grutas, un parque para acampar y una cascada, pero ya nada de esto visitamos, pues debíamos regresar a casa temprano para descansar un poco y luego recibir el año nuevo.