martes, 29 de enero de 2008

San Joaquín









Comida serrana.
Ahora que mis hijas crecen a una velocidad inesperada, advierto algunas ventajas en su súbita entrada a la adolescencia. Ya nos es posible viajar sin tantos contratiempos; no es necesario llevarlas al baño cada hora (ni hablar de los años de pañales y mamilas), podemos alargar los paseos, pues resisten periodos mayores sin comer y también por suerte parecen disfrutar recorridos que quizá hace algunos años les hubieran parecido cansados y aburridos. No tengo que cargarlas sobre mis hombros (ya no podría hacerlo) como lo hacía hace unos ocho años, cuando agotadas se resistían a seguir caminando. Ahora incluso me ayudan a cargar la mochila donde llevamos la cámara fotográfica, agua y chamarras. ¿Será que en unos cuantos años sean ellas las que me tengan que cargar?

Durante las vacaciones del pasado mes de diciembre (2007) tuvimos la oportunidad de visitar una parte de Querétaro que había escapado a nuestros recorridos; la región serrana que rodea la población de San Joaquín, me imagino que es parte de la Sierra Gorda, pero está algo alejada de la zona de misiones. Temprano estábamos en camino, incluso pasamos a desayunar a Bernal, pues existen ahí infinidad de puestos de comida con gorditas, quesadillas y sopes que a todos nos gustan. Más allá de Cadereyta el panorama se torna extremadamente seco, un suelo de roca muy blanca y algunas cactáceas.

En el camino hacia la sierra se debe cruzar la población de Vizarrón, la carretera se convierte por cerca de un kilómetro en su calle principal. En las montañas cercanas a esta población hay grandes canteras de mármol y otras piedras metamórficas. El lugar está lleno de tiendas que expenden todo tipo de productos de estos materiales. Hay desde miniaturas de animales tallados en piedras de diversos colores; ceniceros, jaboneras, fruteros, esculturas de todos tamaños y motivos; cruces, floreros y tumbas; pisos y planchas para cocinas y baños. Hay piezas en todas las calidades y precios, pero me imagino que todo tiene ahí un valor menor al que se pagaría en otras ciudades. Algunas tallas son muy hermosas, Ana y Daniela tienen ya una colección de animales miniatura. Toda la calle principal de Vizarrón está empedrada con piezas irregulares de mármol sin pulir. En plena plaza principal, en un local muy pequeño que es en realidad la angosta entrada a una casa, un artesano local vende una original artesanía. Ahí elaboran con pieles de borrego, chivo y vaca unas muy hermosas y confortables pantuflas. El interior de estas piezas de calzado es de suave y abrigadora piel de borrego y el exterior de piel de chivo o vaca. La suela es sintética, pues me imagino que si las hicieran de grueso y duro cuero, el precio aumentaría y perderían su suavidad.

Ya llegando al municipio de Peñamiller hay que desviarse de la carretera que sigue hacia Landa de Matamoros y la Sierra Gorda, para dirigirse a San Joaquín que se encuentra a escasos 50 ó 60 kilómetros adelante. Se inicia ahí la subida hacia la sierra y en el paisaje va apareciendo paulatinamente más vegetación, hasta encontrarse en un hermoso bosque de coníferas. Algunas de estos árboles son piñones, creí reconocerlos y más tarde lo confirmé al ver pequeños puestos en el camino que venden ate de membrillo y piñones con cáscara. Estas coníferas son muy hermosas y compré algunas semillas, pues pienso plantar uno de estos árboles en casa. El camino es algo angosto y muy sinuoso, pero sin llevar prisa es perfecto y sólo es necesario que el conductor se concentre en el camino y no se distraiga con el atractivo paisaje.




















En las cercanías de San Joaquín están dos interesantes zonas arqueológicas, Ranas y Toluquilla; ambas son muestra de la expansión mesoamericana hacia tierras del norte durante el horizonte clásico. La región fue importante para ciudades como Teotihuacan, pues en esta serranía queretana extraían cinabrio, rojo mineral (sulfuro de mercurio) muy importante en los ritos funerarios mesoamericanos. Ambos sitios son modestos comparados con las conocidas zonas arqueológicas del sur, pero el lugar en el que se encuentran y su particular arquitectura los hace muy interesantes y atractivos. A un par de kilómetros de San Joaquín se encuentra Ranas, en lo alto de una montaña en una serie de plataformas artificiales. Sus basamentos piramidales, hechos de lajas de piedra caliza, no exceden los cuatro o cinco metros de altura. El recorrido es breve pero es necesario subir y bajar la parte superior de un cerro. Águilas o zopilotes vuelan muy cerca de la cima y desde ahí la vista hacia las tierras bajas es magnífica. Pocas personas han de visitar el lugar, pues durante nuestro recorrido de cerca de media hora, apenas encontramos a otra familia ya cuando salíamos. El silencio y el paisaje nos invitaban a quedarnos más tiempo en tan magnífico lugar, pero el hambre y el deseo de visitar otros sitios nos obligaron a partir. Cuando nos dirigíamos al estacionamiento vimos en un drenaje pluvial una serpiente café claro con manchas rojizas, de casi metro y medio de largo. La observamos a la distancia, le tomamos un par de fotografías y nos retiramos pensando en lo tranquilos que estuvimos sentados tomando el sol y contemplando el paisaje, sin saber de los peligros del entorno.

























Después de visitar Ranas nos detuvimos a comer en San Joaquín. La población no es tan pintoresca como lo esperaba, su arquitectura es casi toda moderna. Ocupa un pequeño valle entre montañas, pero el limitado espacio disponible lo hace perder belleza por la poca distancia entre sus construcciones. Hay escasos lugares en sus calles para estacionarse, pero encontramos uno muy cerca de un restaurante. La cecina de la zona serrana tiene fama y eso fue precisamente lo que ordenamos. El plato fue toda una sorpresa; la carne venía acompañada de varias enchiladas, rajas y frijoles refritos, pero lo que nos sorprendió fue la cecina misma; era extremadamente seca y dura (una especie de chito, pero sin enchilar ni ser carne de burro). El tasajo oaxaqueño, que debe ser seco, sería suave filete comparado con esta cecina. Me encantó, después de agregarle limón, la comí extasiado. Me recordó una carne que preparaba mi madre cuando salíamos de viaje; secaba carne de res al sol por varios días y le agregaba constantemente limón. La carne era dura, pero con mucho sabor y además acortaba los largos viajes mientras desafiábamos pacientemente su dureza. Las enchiladas estaban también exquisitas, tenían una salsa de brillante color, gran sabor y poco picante. Hicimos bromas sobre la cecina, pero la comimos toda, incluso le pedí a la cocinera que me vendiera otro gran pedazo para disfrutar en el camino de regreso y los siguientes días. Memorable comida, aún siento en la boca el salado e intenso sabor de esa dura carne.



Toluquilla, la otra zona arquelógica, debe estar a unos diez kilómetros de San Joaquín, pero no sentí la distancia, pues disfrutaba un pedazo de recia y deliciosa cecina. El área de estacionamiento es pequeña y desde ahí es necesario caminar cerca de un kilómetro de subida para alcanzar la entrada a la zona arqueológica. Aunque la ruta es pronunciada, se recorre sobre un magnífico sendero con rampas y escalones de mampostería. Nuestra visita fue el lunes 31 de diciembre a eso de las tres de la tarde, para nuestra fortuna estaba soleado, la temperatura era muy agradable y paseamos sin preocuparnos por la posibilidad de frío. Al día siguiente el clima cambió, la temperatura descendió drásticamente e hizo que el dos de enero cayera aguanieve en la región. Mientras ascendíamos nos cruzamos con otra familia que recién había visitado el lugar, no encontramos ya más personas que el encargado a la entrada. Toluquilla es un poco más grande que Ranas, además casi toda se encuentra en una larga y angosta meseta artificial en la cima de un cerro. De nuevo me sorprendió la calidad del trabajo en piedra, los edificios están lejos de ser rústicos, tiene una arquitectura homogénea y algunos elementos decorativos. Existen en Toluquilla cuatro canchas de juego de pelota, un par de pequeñas pirámides, pero la mayoría de las construcciones son habitacionales. Buena parte de lo construido son cuartos cuadrados con una entrada y sobre un pequeño basamento. Las canchas de juego de pelota son pequeñas pero confirman la influencia mesoamericana y destacan por encontrarse en la cima de un cerro. Al parecer estas construcciones tuvieron alguna vez un aplanado de estuco, pero aún sin éste resultan muy hermosas. El recorrido se hace a la sombra de árboles que cubren casi todo la zona arqueológica. Por lo regular no me molesta la gente, pero he de reconocer que el paseo se convirtió en algo muy especial por la ausencia de más personas. Sucedió algo muy curioso en nuestra visita; junto al estacionamiento hay un par de casas habitación, al pasar por ellas se nos unió un pequeño perro lanudo. Como si fuéramos su familia nos acompaño en el ascenso, nos dejó a la entrada de la zona arqueológica e hicimos el recorrido solos (seguramente ya conoce muy bien el lugar y su historia), pero a la salida nos esperaba para acompañarnos en el camino de regreso al estacionamiento. Este gracioso can no necesita que lo saquen a caminar, él consigue quien lo lleve de paseo. En la región hay también una grutas, un parque para acampar y una cascada, pero ya nada de esto visitamos, pues debíamos regresar a casa temprano para descansar un poco y luego recibir el año nuevo.

2 comentarios:

El Lutzzz... dijo...

Chingon!

Que buena iniciativa, mi querido Rivadeneira...

Todo un orgullo ser el primer comentarista del Block del viejo, ahora si, electronico.

Un abrazo a todos desde los Berlines...

El Lutzzz...

Roberto dijo...

Las crónicas del Viejo tienen que ser conocidas mundialmente.

Un abrazo!!