martes, 17 de octubre de 2017

Es lo mismo pero no es igual.

Tacos de La Romita.

Para todo buen tacólico es causa de gran gozo el encontrar una nueva taquería. Va uno formando una larga lista de lugares con buenos tacos y nunca deja uno de ir muy atento al recorrer las calles para descubrir algún lugar inadvertido o nuevo. Las taquerías las hay por cientos, algunas muy grandes o conocidas, otras pequeños lugares sorprenden por la calidad de sus tacos y son atesorados descubrimientos. En días recientes otro colega tacólico Chava Muñiz, me llevó a una taquería que desconocía y me agradó lo que comí. Se llama La Romita y está en la ribera sur del río Queretaro, en avenida Universidad 56, a un par de cuadras antes de llegar a la Cruz. Lo que llamó mi atención fue que los tacos se ofrecen en combinaciones poco comunes. Sí, disfruto pastor, chorizo, suadero, tripa o bistec, pero son lo que se encuentra en casi todas las taquerías. En la Romita se ofrecen interesantes combinaciones como el taco Glotón con cecina, chicharrón, chorizo verde y rojo. Hay también tortas, tacos veganos, grandes chimichangas, tacos de bistec con aguacate, quesadillas, alambres, costras, gringas, frijoles charros y postres. Su variedad de salsas es también muy buena y diferente a las de otras taquerías. El lugar es moderno, limpio, agradable y los precios razonables. Si los tacos son tu pasión, visita este lugar y agrégalo a tu lista. 





lunes, 9 de octubre de 2017

No pareciera que eso sucedió aquí.

La Ciudadela
Uno de los placeres de estudiar la historia de los lugares comunes en nuestra vida, es visitarlos y pensar cómo fue ahí la vida en otros años, otros siglos.  Imaginar la gente, la presencia de personajes históricos, sus ropas, su forma de pensar y también cómo ha cambiado mucho o poco el uso o el sentir de ese espacio.  Lugares sagrados y solemnes como el centro ceremonial de México-Tenochtitlan están ahora llenos de paseantes y comerciantes en una ambiente y realidad muy distinta. La tenebroso Palacio Negro o cárcel de Lecumberri de cientos de historias de castigo, sufrimiento y abuso, es ahora tranquilo y silencioso espacio de investigación histórica como Archivo General de la Nación. El centro de la ciudad de México está lleno de ese tipo de lugares con sus casi siete siglos como capital mexica, novohispanal y de nuestro México. Un lugar lleno de historia y ahora definitivamente muy diferente a su rico pasado es La Ciudadela, localizada hasta el siglo XIX en lo que fue la orilla suroeste de la ciudad. El edificio se construyó a finales del siglo XVIII como una fábrica de puros y cigarros, fue parte de la modernización de imperio dentro de las llamadas Reformas Borbónicas. En los mismos años otro establecimiento del mismo tipo fue fundado en la ciudad de Querétaro. En la construcción de la fábrica de La Ciudadela participaron arquitectos de la Academia de San Carlos, otra institución creada dentro de la renovación imperial, por lo cual no es una fábrica común, sino una edificación neoclásica, bien proporcionada y de bellas formas. A fines de la época colonial, la fábrica se transformó en cuartel y empezó a ser conocida como la Ciudadela, termino del castellano para designar a una fortificación militar. En 1815 en este cuartel estuvo prisionero por unos días José María Morelos, antes de ser conducido a San Cristóbal Ecatepec para ser fusilado.





A principios del siglo XX y durante la Revolución, la Ciudadela mantuvo su carácter militar y ahí se refugiaron tropas rebeldes durante la Decena Trágica en febrero de 1913. Luego de intentar derrocar el gobierno del Presidente Madero con un ataque al Palacio Nacional en el que perdió la vida el líder de la insurrección Bernardo Reyes, los jefes sobrevivientes, Manuel Mondragón y Félix Díaz huyeron con sus tropas hacia La Ciudadela. Ahí estuvieron por diez días supuestamente defendiéndose de otros soldados dirigidos por el general de ejército maderista Victoriano Huerta, que también simulaba atacarlos, pero sin hacerse daño. Al mismo tiempo buscaban un acuerdo entre ambos grupos para derrocar al gobierno de Madero. Mientras dialogaban con la ayuda del embajador norteamericano Henry Lane Wilson, rebeldes y “leales”  bombardeaban y daban muerte a la población civil que encontraban, buscaban crear pánico y evitar que los habitantes de la ciudad salieran a las calles a ver que no había ataque alguno a los rebeldes. Los innumerables muertos civiles dieron su carácter trágico a estos diez días. También por esas fechas al pie de la escultura de Morelos, erigida apenas un año antes afuera del cuartel, fue asesinado Gustavo Madero, hermano del presidente. Se trató de una cruel venganza, pues fue Gustavo el que varias veces advirtió a su ingenuo hermano de la traición que se tramaba en su contra. El gobierno y vida de Francisco Madero pronto llegaron a su fin.


Manuel Mondrágón y Félix Díaz en La Ciudadela

El infausto cuartel se convirtió en biblioteca entre 1944 y 1946, fue curioso que un espacio militar se transformara en un lugar de conocimiento y cultura justo en los años en que México participaba en la Segunda Guerra Mundial. Por muchos años la Biblioteca México, luego nombrada José Vasconcelos, ha dado servicio a cientos de escolares e investigadores. Su amplio espacio también ha permitido organizar ahí exposiciones, artísticas o históricas e impartir cursos y otras actividades culturales. También fue en los jardines o espacios que rodean el edificio, que en julio de 1968 muchachos de dos instituciones de educación media superior cercanas, luego de un partido de “tochito”, protagonizaron una gran gresca. El cuerpo de granaderos fue llamado al lugar para terminar con el pleito, aplicando éstos todavía mayor violencia a los rijosos. Fue la protesta de los golpeados en contra de la brutalidad policíaca en su contra el génesis o inicio del Movimiento Estudiantil de 1968, mismo que terminaría con la matanza de cientos de estudiantes el 2 de octubre en Tlatelolco.







Hoy dentro La Ciudadela se respira un aire de tranquilidad y deseos de aprender muy diferente al de sus tiempos de fábrica o cuartel. La donación de la biblioteca personal de algunos personajes como Alí Chumacero o Carlos Monsiváis ha enriquecido el acervo. La antigua Biblioteca México considerada no especializada y de servicio primordialmente para escolares, es ahora repositorio de magníficas colecciones y libros únicos. No sólo el interior de la biblioteca es un lugar de estudio, aprendizaje y recreación, también los espacios periféricos albergan venta de libros usados, un gran mercado de artesanías, clases de danzón y un gran tianguis de juguetes. Los sábados por la mañana en el jardín norte de la biblioteca, cientos de personas se reúnen para bailar o aprender a bailar danzón, este elegante ritmo de origen cubano y que tiene décadas de arraigo entre los mexicanos. Las parejas en sofisticados atuendos y rítmicos movimientos son un magnífico espectáculo y un recordatorio del placer de entregarse a una actividad artística. En el jardín al sur de la biblioteca hay cada sábado un tianguis donde se ofrecen juguetes nuevos y usados de todo tipo. Predomina la venta de pequeños autos de metal, pues al parecer hay muchos coleccionistas de este tipo de juguetes. Hay miles de modelos, desde los sencillos autos para que jueguen los niños, hasta ediciones especiales de gran detalle y alto precio.












Así pues un lugar que en otros tiempos fue de monótono y exhaustivo trabajo o rigurosa obediencia y violencia se ha transformado en un muy hermoso y rico espacio cultural del centro de la ciudad de México. Cuando tengas la oportunidad visita La Ciudadela para aprender a bailar o jugar ajedrez, adquirir juguetes o artesanías, disfrutar la lectura y ante todo ver e imaginar este mudo testigo de otros tiempos y otro México.  

lunes, 19 de junio de 2017

¡Que no te tomen el pelo!

De peluquerías, estéticas y barberías.
Hace más de medio siglo mi padre nos llevaba algunos sábados por la mañana a mi hermano y a mí a la Peluquería Avenida, justo en la avenida Coyoacán en la ciudad de México. Recuerdo que pasábamos ahí dos horas o más, pues el lugar estaba lleno y había que esperar turno. No recuerdo que fuera algo desagradable o poco deseado, pues en un pequeño mueble del lugar había periódicos, revistas y decenas de comics o cuentos que nos encantaba leer o quizá solo ver, pues algunos años de seguro todavía no sabía leer. En casa de mis tías ya había conocido muchos de los cuentos que en esos años publicaba Editorial Novaro, como las Historietas de Walt Disney, Archi, Lorenzo y Pepita, El Pájaro Loco, La Zorra y el Cuervo, La Pequeña Lulú, Periquita y Tuco y Tico, las Urracas Parlanchinas. Pero en la peluquería conocí muchos de los comics que luego se convertirían en clásicos del género, como Superman, Batman, El Capitán América, La Familia Burrón, Kaliman, Chanoc, Fantomas, Las Aventuras de Capulina, Los Super Sabios, Memín Pingüin, Hermelinda Linda y el Lagrimas, Risas y Amor. La peluquería fue algo así como una biblioteca infantil que amplió mis horizontes. Además del mueble con publicaciones, a los hombres adultos les prestaban unas revistas ilustradas, pero solamente cuando ya se estaban sentados; revistas que no podían estar al alcance de niños.






Había cinco o seis sillones de peluquero y cerca de diez sillas o más para esperar. Los viejos sillones de peluquero eran de altura ajustable y también se podían reclinar para rasurar al cliente. Para cortar el pelo a los niños, colocaban sobre los descansabrazos del sillón unos pequeños asientos circulares. Recuerdo que había muchos clientes, los peluqueros, un bolero, a veces una manicurista y el ayudante de los peluqueros o chícharo, como se le conocía. Se ofrecían también bebidas no alcohólicas en lo que a uno le cortaban el cabello. Podíamos decir que se ofrecía servicio completo que ha de haber durado bastante y de ahí las largas esperas. Me gustaba ver el pequeño mueble metálico con toallas calientes para aquellos que se rasuraban y recuerdo que llamaba mi atención la manera que afilaban las navajas en largas tiras de cuero. Todavía pienso en la peluquería al oler loción de lavanda, que se usaban al final de cada rasurada. Yo creo que cuando tendría entre diez o doce años la peluquería cerró y aunque seguí viendo a algunos de los peluqueros que conocía en otros establecimientos de la colonia, esa gran peluquería, maravilloso lugar, se extinguió para siempre. En los años setenta aparecieron los establecimientos conocidos como estéticas, que no eran más que un lugar para cortarse el pelo, pero con pretensiones de hacerlo de forma muy artística, novedosa o profesional y cobrando mucho más que las peluquerías. El mobiliario de dichos lugares los hacía parecer más salones de belleza, pero para no alejar a los clientes que se sentían muy hombres, dejaban en claro que no había nada que temer, pues ponían un gran letrero que decía Estética Unisex. Las peluquerías no desaparecieron, pero disminuyeron en número y tamaño. En los últimos cinco o más años han reaparecido en México y el extranjero algunos establecimientos que me recuerdan a la antigua Peluquería Avenida, pero ahora las llaman barberías y cobran mucho más que las peluquería e incluso las estéticas. Volvieron los viejos sillones de peluquero, las rasuradas, la manicura, la aplicación de tónicos e incluso alguna bebida alcohólica. Cobran más del doble que algunas estéticas o peluquerías, pero son lugares muy hermosos y con un aire de nostalgia.




Yo prefiero seguir asistiendo a una verdadera peluquería y pagar poco, no por cuidar el gasto familiar, sino porque me queda muy poco pelo y gastar más es un desperdicio. Tengo ya algunos años de ir a la Peluquería Darf que se encuentra en la histórica calle de Invierno, justo a costado del Jardín de los Platitos (véase Romántico rinconcito queretano, febrero 2015). Esta calle, que es la continuación de Juárez, era la antigua salida de Querétaro hacía el norte y se dice que por ahí salió Ignacio Pérez a llevar el recado de la Corregidora al capitán Allende. También por ella se llegaba desde inicios del siglo XX a la estación del ferrocarril, atravesando el Puente Grande. La Peluquería Darf se encuentra en un local del hotel RJ y es atendida por don Fernando y don Arturo Matehuala, maestros peluqueros con más de treinta años de experiencia y miembros de una reconocida familia del queretanísimo barrio de La Cruz. Ofrecen cortes de pelo, de barba, de bigote, rasuradas y otros servicios que me hacen recordar un poco a las antiguas peluquerías. El precio es módico, menos de cien pesos, pero el servicio o atención es inmejorable, agradécelo con una buena propina. Ahí no hay muebles con un gran surtido de comics, ni dan revistas especiales a los caballeros ya sentados, pero no iría a ningún otro lugar. 





martes, 3 de enero de 2017

Chelas históricas.

La cervecería Hércules.
En Querétaro como en muchas otras ciudades los vestigios o restos de su pasado van desapareciendo día a día. Es por esto que me causa una gran alegría el hecho de que algunos espacios antiguos sean reutilizados y se mantengan. Cada que se destruye un edificio antiguo se pierde conocimiento e identidad.  Uno de los edificios más importantes de Querétaro en el último siglo y medio ha sido el de la fábrica textil del Hércules. Este establecimiento transformó a la ciudad tanto como la llegada del ferrocarril en 1882. Antes de crearse esta famosa fábrica textil en el lugar existía desde 1595 un molino que aprovechaba el caudal de agua del río Blanco, hoy río Querétaro, para mover las pesadas piedras que molían granos. Los dueños del Molino Colorado, como se le conocía, fueron descendientes de Conín, importante personaje dentro del proceso de conquista española de la región. Habría que recordar que hasta el siglo XIX este lugar estaba distante casi dos kilómetros y medio de la ciudad de Querétaro, para llegar al Molino Colorado había que cruzar desde el convento de la Cruz los extensos campos de la hacienda de Carretas. Fue en el año de 1838 cuando el emigrante español Cayetano Rubio decidió comprar el Molino Colorado para convertirlo en una moderna fábrica textil de las que ya había cientos en Europa. Querétaro se distinguió desde la época colonial por su gran producción textil, pero ésta se hacía en cientos de pequeños talleres familiares por toda la ciudad. Desde el siglo XVIII se había desarrollado en Inglaterra telares completamente mecanizados y para la época que Rubio llegó a Querétaro había ya cientos de miles de ellos en Europa. La producción no empezó de inmediato, pues tuvieron que hacer adaptaciones al viejo edificio y también obras hidráulicas que llevaran agua suficiente que se convertiría inicialmente en la fuerza motriz de la maquinaria. Fue necesario también mejorar a través de la Sierra Gorda un camino que permitiera traer desde el puerto de Tampico la moderna maquinaria textil inglesa. Fue hasta 1846 que por fin la nueva fábrica textil llamada Hércules inició su producción. Este gran paso en el desarrollo de Querétaro, también significó el cierre de prácticamente los pequeños telares en la ciudad y alrededor de la nueva fábrica empezó a aparecer un asentamiento donde vivían los cientos de obreros. Así surgió el pueblo del Hércules, que pronto tendría su propio templo, escuela y más adelante se comunicaría con la ciudad de Querétaro con un tranvía inicialmente de mulitas y luego de motor. Se considera el Porfiriato el inicio de la industrialización en México, pues he aquí que en Querétaro ese proceso dio inicio casi treinta años antes de que Díaz llegara al poder. El Hércules se convirtió en uno de los elementos más importantes de la economía de la ciudad, ahí inició el proletariado queretano, ahora tan grande. El antes apartado Hércules se convirtió en parte de la ciudad en la primera mitad del siglo XX (véase Hércules, junio 2011). La fábrica vio su mejor época ya hace muchas décadas, pero sigue produciendo, aunque hubo el rumor de su cierra definitivo allá por el año 2008.




No todas grandes naves de la fábrica se utilizan o siguen produciendo, algunos edificios se ven prácticamente abandonados, incluso alguna vez llegué a pensar que el lugar sería ideal para la nueva estación del veloz tren que planeaba conectar a Querétaro con la ciudad de México. Desde hace unos años parte de la fábrica recibió un nuevo uso, ahí se elabora y se consume cerveza artesanal.  La Compañía Cervecera Hércules se aloja en parte de este histórico lugar. Sin mayor restauración o remozamiento viejas naves y un gran patio alojan este poco común establecimiento. Abren de miércoles a domingo y en algunos días tienen funciones de cine, música en vivo o venta de discos. La primera vez que visité la cervecería fui a escuchar a un estimado exalumno Fernando Heftye y su grupo Fishlights.











Me gustaría describir las diferentes cervezas que ofrecen, pero sólo puedo escribir sus nombres, pues no soy un conocedor. Lo importante es que visiten el lugar, prueben las chelas y se hagan su propio juicio.  Encontrar la Cervecería Hércules no es fácil, pues pudiera uno pensar que aunque está en la fábrica, tendría salida hacia la calle y no es así. En el costado sur (avenida Hércules Oriente) hay un pequeño estacionamiento enrejado, ahí al fondo está la entrada y en auto hay que recorrer dentro de las instalaciones de la fábrica todavía unos doscientos metros para llegar al jardín donde se pueden probar sus productos, hay un amplio estacionamiento. Se ofrecen también algunos sencillos alimentos, pero los fines de semana que tienen evento invitan a food trucks para complementar su oferta de comida. El jardín es muy amplio, abierto y la atmósfera casi steampunk lo hace muy agradable. Es un lugar familiar, no sólo para ir con tus sedientos amigotes, puedes fácilmente llevar a esa muchacha con la que quieres quedar como muchacho bueno y sano.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Fantástico mercado.

¿Qué es lo más extraño que has comido?
Quizá el mejor lugar en todo México para conocer su cultura, sean los mercados. No puedo pensar en otro lugar que muestre de forma tan concentrada tanto de lo que los mexicanos somos (véase Riqueza cultural concentrada, diciembre 2014), es por eso que desde muy joven han sido uno de mis lugares favoritos, ya fuera en mi ciudad natal o en todos los lugares que he visitado en nuestro país. Cuando digo mercado, me refiero por supuesto a ese edificio que aloja innumerables pequeños comercios, pero también al área, las calles aledañas llenas de otros establecimientos mercantiles. El primero que conocí y recuerdo siendo apenas un infante es el de la Colonia del Valle y luego decenas de ellos: Merced, Sonora, Tlacoquemécatl, Mixcoac, Portales, San Juan, Coyoacán, Xochimilco, San Ángel, San Pedro de los Pinos, Medellín. También mercados pero quizá todavía más interesantes los mercados temporales o tianguis en los cientos de poblados que he visitado, sobre todo aquellos en comunidades indígenas en el sur del país.  Si se es observador, el mercado le muestra a uno la forma de ser de los habitantes del lugar, su vestido, calzado, comida, ornamentación, celebraciones, creencias, supersticiones, curas, arreglo personal, bebidas, utensilios de la vida diaria, mobiliario, mascotas, trato personal, manera de comunicarse, costo de la vida, niveles socioeconómicos e incluso prácticas políticas (véase Seguro lo encuentras en el Tepe, mayo 2009). Lamento mucho que estos ricos espacios culturales parecieran estar perdiendo la batalla frente a los higiénicos e insípidos supermercados o cadenas de tiendas. Compra a los pequeños productores nacionales y sumérgete en ese México que parece desaparecer ante el embate de la globalización.





Entre la pléyade de mercados en la ciudad de México hay uno que se distingue por aquello que expenden y por la manera que lo hacen. Puede que no sea el más mexicano de los mercados pero sin duda es único y merece la pena conocerlo. Se trata del mercado de San Juan o también conocido como el mercado de Pugibet, para distinguirlo de otro mercado del barrio de San Juan en la esquina de Arcos de Belén y Eje Central. Este particular lugar de comercio está casi oculto entre pequeñas calles, pero su entrada es por la calle Ernesto Pugibet, número 21, a unos cuantos metros de un tercer mercado de San Juan, el de artesanías y también en la misma cuadra de la iglesia del Buen Tono. Se especializa en alimentos poco comunes, ya sea por su alto precio o porque a pocas personas les gustan o los conocen. Hay tiendas que venden quesos de todo el mundo, charcutería importada y nacional, carnes de un gran número de animales, insectos y gran variedad de pescados y mariscos. En el frente del mercado hay una gran cantidad de motocicletas, pues de seguro surten con celeridad los pedidos de muchos de los restaurantes del centro y zonas aledañas.






En el mercado Pugibet hay también lugares en los que se puede comer o probar muchos de los extraños ingredientes del mercado. Hay puestos especializados en cocktelería de mariscos, otros donde se puede probar carne de cocodrilo, león, avestruz, pato, jabalí, venado, víbora, zorrillo, armadillo y más. Hay también puestos que venden quesos y embutidos, pero también puede uno sentarse en pequeñas mesas para probar estos ingredientes en tapas o montaditos al estilo de los bares españoles. Estos alimentos no son muy económicos, pero los establecimientos atraen a los clientes con algunas sencillas tapas y vino de cortesía. Hay también puestos que expenden una variedad de insectos de diferentes regiones del país, chinicuiles, gusanos de maguey, tantarrias, jumiles chapulines y hormigas chicatanas. A unos cuantos metros del mercado hay también algunos pequeños restaurantes que preparan todo tipo de platillos con los bizarros ingredientes de este lugar. En días recientes leí en las noticias que darán una nueva fachada y renovarán las instalaciones del mercado Pugibet, que bueno, pero lo importante seguirán siendo sus alimentos. Si estás por la zona poniente del centro de la ciudad de México, no pierdas la oportunidad de visitar este sitio y su comida tan especial.