viernes, 22 de febrero de 2008

Dulce recuerdo











Oaxaca en Querétaro.
El pasado jueves 22 de junio (2006) asistí a una conferencia en el Museo de Arte sobre la historia de un antiguo edificio queretano que inició como molino de trigo y es hoy la Universidad Marista. La conferencia fue bastante interesante, pues además de conocer la historia de dicha construcción, se comentó también sobre el crecimiento urbano de la ciudad desde el siglo XVI hasta nuestros días. La conferencista explicó todo de forma muy amena y acompañó su plática de muchas ilustraciones. Al final del evento, hubo un vino de honor durante el cual pude platicar un momento con la historiadora y comprar un libro que escribió sobre el tema. El Museo se encuentra en una magnífica construcción que fue el convento de los agustinos en la ciudad. Este es uno de los museos que todavía no he recorrido, pero lo poco que pude ver en la breve visita me sorprendió por su belleza arquitectónica.
Estuve a punto de no ir a la conferencia, pues en camino al Museo pasé por la plaza principal o jardín Zenea, una de las muchas plazas en el centro histórico. Justo junto a su quiosco, hay (ahora lo sé) cada jueves un baile. Aunque soy un pésimo bailarín, me encanta ver bailar. Esperaba que diera la hora de la conferencia sentado muy feliz en una de las bancas del jardín (¿me estaré convirtiendo en provinciano o en viejito?) y vi como se preparaba el baile y a punto estuve de quedarme a gozar del espectáculo. He de volver un jueves para poder escribirles otra crónica queretana.
Al final de la conferencia, a la que finalmente sí asistí, llovía un poco. Esperé un momento y salí del museo cuando estaba a punto de anochecer. Caminé unas cuatro calles hasta la esquina donde pasa el autobús de la ruta siete, la que me lleva de casa al centro y de vuelta. La lluvia había quizá amedrentado a la gente, pues el autobús no llevaba muchos pasajeros. Me fui hasta los asientos del fondo y me senté junto a un señor que llevaba un gran cilindro metálico sobre las piernas. Era un vendedor de obleas. Todos los hemos visto caminando en las tardes por las calles de diversas ciudades de nuestro país. Van siempre tocando un triángulo metálico, cuyo sonido, además del bote de metal, los identifica ante sus clientes. Inicié una conversación con mi compañero de asiento preguntándole si la lluvia había arruinado su recorrido vespertino. Le comenté que yo sabía que el origen de la golosina que vendía era Oaxaca. Le dije que recordaba como en mi remota infancia me había tocado ver por primera vez a los vendedores de obleas en la ciudad de Oaxaca y que entendía ese era su origen. Pero que en esos años las obleas no eran como hoy, del tamaño de un plato dobladas por mitad, sino pequeñas obleas dobladas en barquillos o conos como del tamaño de un dedo índice. También le comenté que los botes en los que se acomodaban de forma radial cientos de estos barquillos, tenía en la tapa una flecha metálica sobre un eje que le permitía girar. En un círculo alrededor de la flecha giratoria había números en desorden, casi todos bajos, pero por ahí un anhelado 20. Los clientes, casi siempre niños, obtenían por, según recuerdo, 20 centavos el derecho a girar la flecha de la tapa. Obviamente se entregaba al cliente el número de barquillos que señalaba la ruleta. El señor del bote me contestó que efectivamente el origen de esta golosina era Oaxaca, que él era oaxaqueño. Me comentó que también recordaba los botes de ruleta y barquillos, pero que ya casi no los había hoy en día. Agregó que los barquillos se siguen haciendo y abriendo el bote me obsequió un pequeño barquillo de los que llevaba junto a obleas dobladas por mitad.
El vendedor de obleas me aclaró que había nacido en un lugar cercano a Huajuapan de León, Oaxaca, en la parte del estado que colinda con Puebla. Que su padre era quien lo había iniciado en el oficio, pues no se trata nada más de vender las obleas sino también de elaborarlas. Me explicó que no sólo las obleas son oaxaqueñas de origen, sino que también en todos los lugares de México donde se elaboran y venden, los que lo hacen son oaxaqueños. Le recordé el caso era muy parecido al de los habitantes de Tocumbo, Michoacán, que se han dedicado a la elaboración y venta de paletas, nieves y helado por todo el país en establecimientos casi siempre llamados La Michoacana. Incluso a la entrada del pueblo hay un monumento a la paleta. Me dijo que él había venido a Querétaro a estudiar pero que acabó dedicado a las obleas pues es un trabajo tranquilo y que deja para vivir. Explicó que en tres horas en las mañanas prepara obleas y barquillos para la venta del día y que luego por la tarde sale a caminar por diferentes rumbos de la ciudad y a veces en otras poblaciones. La ganancia debe ser grande, como en la venta de algodón de azúcar, pues los ingredientes son pocos, económicos y el producto se vende con bastante ganancia. No me dijo los ingredientes, pero deben de ser harina, agua y azúcar, lo que si aclaró es que el secreto era la vainilla que se agrega a la mezcla. Obtener la receta no debe ser difícil, la parte complicada es hacer los instrumentos necesarios. Me explicó que con un herrero se debe de mandar a hacer la plancha donde se preparan las obleas, debe calentar parejo y además la oblea se prensa sobre la plancha para que quede muy delgada. También es necesario mandar a hacer el bote en un lugar donde se hagan cazos y tamaleras. El bote lleva una correa de cuero para cargarlo. También hay que mandar a hacer con un buen herrero el triángulo metálico, pues es más grueso y sonoro que los triángulos musicales normales. Yo calculo que el costo de cada oblea no debe ser mayor a los 20 centavos y este señor vende cinco obleas por cinco pesos. Yo le compré un par de bolsitas, 10 obleas en total y su sabor era muy bueno además de ser mucho más delgadas que otras que había comprado antes, come uno menos pero la sensación de fragilidad es más agradable.
Le pregunté si era el único vendedor de obleas en la ciudad y me contestó que el creía que había como 25 personas dedicadas al oficio. Que también muchos padres ya están transmitiendo el negocio a sus hijos, pero que todos son oaxaqueños. Me comentó que un paisano suyo de la ciudad le hizo un pedido para un evento en el que iba a preparar 450 pesos de ingredientes, el equivalente a su venta de varios días y que en algún tiempo tuvo dos ayudantes en la parte de la venta. Me habló de una persona de Oaxaca que incluso puso una especie de fábrica de obleas en la ciudad de México, pero que cerró por la muerte del dueño. Me comentó con gran satisfacción que estaba muy contento con su oficio, pues le daba para vivir y que además era su propio patrón, que si necesitaba más dinero, hacía más obleas y salía más temprano a vender, que si estaba enfermo o cansado y sin gran necesidad económica, descansaba. El caminar o pasear por muy variados lugares por las tardes parece atractivo, más cuando el bote no pesa tanto, lo difícil ha de ser la elaboración de las obleas. Seguramente se necesita de una cierta destreza para manejar las obleas sobre la plancha caliente. Esta última parte puede ser hasta peligrosa, por trabajar bajo una prensa. No pregunté al respecto, pero advertí que al vendedor de obleas le faltaba parte del dedo anular en la mano derecha.
Ya no pudimos seguir platicando, pues el señor se tuvo que bajar del autobús antes que yo. Vive en la colonia España, muy cerca de la Arena Querétaro, el lugar donde he asistido a las luchas. Fue una muy buena tarde, aprendí sobre el Molino San Antonio, la historia de Querétaro y también sobre esta curiosa golosina mexicana.

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